La historia del violín.

Thursday 07 de May de 2009, 0:25

Luis Sepúlveda quería escribir un libro conjunto con su amigo, el fotógrafo Daniel Morzinski, así que se fueron de viaje por la pampa argentina.
Aquel desierto hacía que durante días ni el objetivo fotográfico de Daniel ni los caballos ni ellos mismos, encontraran nada más que un arbusto ocasional. De pronto, en el horizonte empezó a dibujarse la figura de un hombre. Caminaba solo, casi sin equipaje, únicamente una pequelña bolsita con algo de mate y pan. A la altura del hombre, pararon los caballos y le preguntaron qué hacía por allí. El hombre dijo buscar un violín.
Como estaban detrás de una historia, a Luis y Daniel les atrajo la búsqueda de aquel tipo y decidieron acompañarle, porque le advirtieron que no vería nada en kilómetros y aún así quiso seguir la ruta que se había marcado.
En una parada, mientras compartían mate, Luis se atrevió a preguntar.

- Amigo, y ese violín, ¿cómo es?

- Es un estupendo violín.

Después de una jornada en ruta, el hombre creyó encontrar algo.  Avanzó hasta lo que parecían unos leños abandonados y los cogió con una delicadeza que cautivó a los dos amigos.

- Ya encontré mi violín.

Como el tronco resultaba muy pesado, se ofrecieron a acompañarlo hasta casa. Llegaron después de dos jornadas de ruta, y al entrar descubrieron infinidad de instrumentos, porque aquel hombre era un  luthier, y trabajaba nada menos que para la Orquesta Sinfónica  de Viena.
Viviendo en una casa tan apartada, en la que el pueblo más cercano estaba  días  de viaje, resultaba sorprendente que aquel hombre pudiese estar en contacto con los músicos más importantes del mundo. Por supuesto, no siempre había sido así.

- Antes vivía en Buenos Aires, pero después de todo lo que ocurrió en mi país, cuando empezaron a matar a mis amigos, supe que no podría ir a los mismos cafés sin encontrarlos, caminar por las mismas calles sabiendo que jamás me  volvería a cruzar con ellos. Así que me vine a este lugar, lejos de todo. Pero, hay algo que no saben aquellos que mataron a mi gente -y señalaba  el reverso de un violín, que tenía un nombre escrito- y es que en cada instrumento que hago está el nombre de uno de esos amigos y ahora ellos viajan por todo el mundo.

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Aviso a Navegantes.

Monday 04 de May de 2009, 17:20

Cuando uno tiene un barco, se arriesga a ser abordado.

Son los peligros del marinero. Eso, los pulpos gigantes, los barcos fantasmas, los icebergs, los submarinos nucleares franceses, los submarinos nucleares ingleses y el triángulo de las bermudas.

Aunque, si de pequeño viste cientos de películas de piratería, siempre creiste que, desde luego, la vida pirata es la vida mejor, y además tienes amigas bucaneras con ganas de jugar, al final la idea de ser abordado llega a tener hasta cierto encanto.

Por eso comienza este inventado comunismo náutico. Acá todos los barcos son de todos.

O lo que es lo mismo. Mayo se presenta como el mes de las invasiones entre blogs, así que Los Ritos de Paso, vi230850, Mundo Iconoclasta, Este Jardín, El Cuaderno de Tigrida, Batman es Indio, Notas de Papel, Contemporáneos, Tres Pies del Gato y una servidora andaremos perdidos de barco en barco, abordándonos los unos a los otros.

Suerte.

Gen.

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Plácida como una vaca. Dulce como una ciruela.

Tuesday 14 de April de 2009, 18:04

Tengo que contar que, hace casi un par de semanas, me di un buen susto.

Cuando miré el calendario y taché el 28 de Marzo se me cayó el boli al suelo pensando que ya se había cumplido el mes. Fui corriendo a darme una ducha fría, para pensar mejor. Qué demonios hago, carajo, llevo un mes en Argentina y apenas lo conzco. Aún no fui a Boca a recorrer las míticas calles multicolores de Caminito, todavía no he probado el mate, no he comido alfajores. No he ido al teatro Colón, no he visto un buen espectáculo de tango en directo. ¡Ni siquiera he conocido gauchos a caballo! Qué angustia.

Por fortuna el duendecillo bueno de mi casa se metió en mi ducha y me dijo “dejate de boludeces”. Me dijo, “pasó un mes pero ya tenés un departamento espectacular, te mudaste, te adaptaste, te hiciste un hueco en un despacho de una universidad nueva y leiste cientos de artículos sobre todas esas historias en las que trabajás”.

Me dijo “dejate de estreses, ahora que vos estás bien adaptada, ahora es cuando toca empezar a moverse”.

Y así fue como el duendecillo hizo su tarea y, sin quererlo ni beberlo, se nos apareció la primera visita de la temporada.

Pedro y Paola son novios desde hace muchos años. Casi casi desde que ella y su familia decidieron abandonar su pueblo, un lugar llamado La Banda, y cruzar el charco para llegar a vivir en España. La Banda se quedó en Argentina, a unos 1200 kilómetros de Buenos Aires, en una provincia llamada Santiago del Estero. Allí se quedó también la casa donde todos se criaron, se quedaron Gladis la abuelita india, la blanca abuelita Clota, se quedaron tíos y tías, hermanos, primos, hijos, amigos, vecinos, muebles, alfombras, costumbres y la hora del mate, que es la que los reunía a todos.

En España Paola conoció a Pedro y la nostalgia por todas aquellas cosas hizo que, poco después, la pareja se convirtiera en viajante habitual del país.

Cuando Paola y Pedro se conocieron, él ya sufría la mayor locura de la carrera de Ingeniería Informática, las prácticas. Su compañero de prácticas, Jose, poco después de acabar la carrera, se echó una novia loca. Ella quería marchar a Argentina y Jose se fue con ella. Este cuento ya os lo sabéis.

Unos vienen y otros se van. Como siempre me dicen los taxistas porteños, “vos venís a Argentina, y por acá están todos re-locos por marchar para allá”.

La coincidencia, el mundo pequeño, el mundo pañuelo, hizo que todos acabáramos en este país durante la última semana. Les tocaba hacer la visita ritual a toda la gran porción de vida que se había dejado Paola por aquí y, de paso, nos ofrecieron unos días de adopción santiagueña.

Plácida como una vaca, dulce como una ciruela. Así era Santiago del Estero cuando Gombrowicz la describía en su Diario, en torno a los 50. Y así sigue siendo décadas después, la ciudad, sus pueblos, su gente, su viento, sus costumbres. Y plácidos como vacas vivimos nosotros durante tres días en los que comimos asado y degustamos tortas (o tartas) junto a nuestros tios, tías, primos, abuelas, vecinos y amigos adoptivos.

Si sólo pudiera describir el sosiego de cada uno de los minutos en las sillas de metal de la galería que da al jardín, de cada una de las vueltas que dan las hélices del ventilador de techo, de ese colibrí que aletea despacio, despacio… Los besos de la Negrita, las palabras argentinas de Ramón cuando habla de su juventud en la marina. Los ojos del joven indio cuando sueña con viajar a España, “sacáte el pasaporte, Indio, sacátelo ya, ché”, le dice su prima.

Después de esos tres días, el autobús nos devolvió a Capital en doce horas. De plácidas vacas pasamos a ser turistas en pleno furor. De tomar mate en el porche viendo circular constelaciones, pasamos a la locura del colectivo, a las miles de fotos en las calles de Caminito, al paseo por Costanera Sur, por Puerto Madero, la cerveza y el tango en la Plaza Dorrego, la visita nocturna a la Plaza de Mayo, el calor del Subte y los Bosques de Palermo.

Entonces se acabó la semana, Paola y Pedro se fueron, y nosotros nos volvimos a quedar solos en casa. Pero ahora el duendecillo, sentado esta noche a mi lado, en el sofá sobre el cojín naranja, me dice “¿viste?, para qué tanto agobio”.

Me dice “ché, empezaste re-bien el mes de Abril,

¿viste?”.

Gen.

Y mientras tanto:
Atahualpa Yupanqui – El Arriero, La Cruz del Sur

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Mi Casa.

Monday 23 de March de 2009, 6:07

Hace muchos años hice mía una muy mala costumbre. O buena, o regular, no sé. Digamos que me construí mi propio método de terapia para decepciones y depresiones varias. El método consistía en navegar por internet y buscar piso. Así de simple.

No importaba la ciudad, la intención o el grado de realidad que pudiera tener la búsqueda. Incluso a veces no importaba ni el precio. Sólo el piso, el barrio, el aspecto, el tejado. La posible vida que pudiera llevar yo allí. Me pasaba días mirando anuncios, mirando fotos, y me iba a la cama con mil sueños.

He de decir que a veces me arrepentía de pasar tantas horas en mi absurda búsqueda, viajando de nube en nube, tardes enteras. Un día se lo conté a una de las mujeres más apasionantes de mi vida. Ella conducía, miraba al frente y asentía. No le sorprendió, me dijo que ella hacía lo mismo.

- Bueno quizás no sea lo mismo, yo busco casa. Con jardín. Y luego además llamo. Y pregunto el precio.

Sea como sea, lo había hecho tantas veces, que cuando busqué piso de verdad, apenas noté la diferencia.

Hoy domingo cumplo dos semanas en mi piso. Son las siete de la tarde por aquí, el calor y la humedad son insoportables pero, por lo menos, ya empieza a refrescar. Es el momento perfecto para beber jugo de manzana, que no zumo, y tirarme en mi sitio a visitar mi fracción de internet.

Y es que ya tengo algo parecido a mi sitio plantado en cierto punto del sofá.

Ya hay cosas que podría decir que hago siempre. Las cosas empiezan a tener su función, empiezan a ser irremplazables. El cojín naranja es cómodo para la cabeza, el verdoso es perfecto para ir a dormir, el rojo pequeño es donde apoyo el portátil en momentos como este.

Por la mañana caliento agua, la tetera de aluminio pierde su contenido gota a gota. Cuando hierve, hago el café, medio litro, para desayunar y para el resto del día. El café es suave, así que a veces hasta lo tomo solo. Mi taza es naranja, la de Jose roja. Mi despertador lo oigo, el de Jose no suena nunca. La ducha es caliente o fría cuando quiere (normalmente fría con Jose y caliente conmigo).

En la puerta de la nevera un imán sujeta el teléfono y la carta de nuestro Chino de cabecera. Lo más rico, los arrolladitos primavera, los fideos de arroz saltados (que no salteados), la carne saltada con salsa Sa-Tza. Lo trae un chino en moto que habla poco español con un curioso y marcado acento argentino. Tengo en el barrio ciertos sitios frecuentes, como la parrilla donde el chorizo está exquisito y que se llena cuando hay partido del Boca. O la tienda de enfrente donde hornean empanadas de carne picante y la mejor pizza napolitana del mundo.

Tengo un balcón perfecto, grande, con unas vistas de las que ya he hablado demasiado. Pero no puedo evitar seguir hablando. Un balcón donde caben sillas y una mesa con unas copas y unos panchitos. Y unos amigos. Delante del balcón, tengo un suelo infinito lleno de edificios de mil ciudades, altos rascacielos rodeados de casas de muñecas, rodeadas de azoteas donde vuelan las sábanas, rodeadas de fachadas de ladrillo viejo, rodeadas de altos rascacielos. Encima tengo un cielo más infinito, con nubes de todos los colores, que cuando quieren son temibles. Con lo que a mí me gustan las nubes.

Tengo parques cerca, montones. Uno japonés, otro con lagos y cabezas de poetas, otro con árboles centenarios, otro plagado de hormigas y familias los fines de semana. Otro de jugadores de voley, otro de perros futbolistas, uno de ancianos jugadores de ajedrez.

Mi casa es mía. En el primero de estos catorce días conquisté la terraza, luego la tetera, más tarde la ducha, el sofá, el helado. Luego la tienda de empanadas y pizzas, el chino, las vistas, el café, un cojín naranja para la cabeza, naranja como mi taza. Después conquisté parrillas, parques, perros y alguna que otra calle.

Aún me queda mucho por conquistar pero, por ahora, lo que ya es mío, me gusta.

Y bueno, tengo también un calendario con fotos de todos los que me lo regalaron, donde apunto visitas, futuras visitas, anheladas visitas, visitas que echamos mucho (mucho) de menos.

Gen.

Y mientras tanto:
John Butler Trio – Peaches and Cream

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Primeras Impresiones.

Friday 13 de March de 2009, 5:11

Hay tantas canciones que hablan de Buenos Aires, que uno no sabe qué esperar. No sabe ni siquiera si debe esperar. ¿Por qué hay tanta gente enamorada de esta ciudad y a mí aún no me ha atrapado? fue una de las preguntas que me hice la primera noche, antes de dormir.

Al día siguiente nada era lo mismo, uno sale a la calle cada día dispuesto a rehacer sus primeras impresiones. Cada esquina es una ciudad distinta, cada cuadra tiene una frutería, cada cruce es el reino de un perro. Poco a poco voy sacando rasgos, como el que agarra un lapiz a distancia de un brazo, para ir pintando un boceto de ciudad. Es la ciudad cambiante, la ciudad universal.

Hace casi dos semanas que estoy aquí y no soy consciente ni de la velocidad a la que pasó el tiempo. Casi fue ayer cuando estábamos aterrizando, y me cuesta pensar que el contrato de mi hogar lo firmé hace tan solo cinco días.

Ahora tirada en el sofá, con la cocina repleta de las pruebas de una cena típica argentina, pienso. Estoy bien, contenta de haber venido. Vivo en una casa que dificilmente hubiera podido imaginar, un séptimo, naranja, que mira hacia el Oeste para no perderse ningún día los mejores atardeceres sobre el suelo más heterogéneo. Una casa preciosa donde sus paredes, naranjas, ya tienen las fotos de todos aquellos que nos faltan por aquí.

Y ya que estreno ciudad y casa, qué mejor que renovarse del todo y reestrenar esta segunda casa. Me tomé mi tiempo para plantar un nuevo árbol y pintarlo todo a juego con mi salón.

Ahora me voy a la cama, mañana toca conocer una ciudad desde cero, como cada día.

Saludos y besos a los que estáis lejos. Creedme que no me he equivocado, que estoy en mi sitio. Ya se ocupó de avisarme mi pequeño y gracioso dios cuando al llegar a mi piso, lo único que tenía era cortinas naranjas y una botella vacía de Bombay.

Gen.

Y mientras tanto:
Astor Piazzolla – Regreso al Sur

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Ciento cuarenta y cuatro.

Wednesday 01 de October de 2008, 1:27

- En guardia

Lo dice con el ceño fruncido, como segura, aunque es ella quien se adentra en el campo de minas.

Ha pasado tanto tiempo que ya ni se podría decir que está olvidado. Ya no entra en los “te acuerdas de aquello”, simplemente quedó escrito. Quizás en una servilleta, o en algún cuaderno color humo.

En aquel entonces él se había enamorado de Shangai. Quizás con alguna razón, probablemente por haber agotado ya las demás cosas de las que enamorarse. Me iré a Shangai, dijo. Y no lo prometió porque intuyó que aquello de las promesas no iba a ser su fuerte.

Ella tampoco prometió seguirle, aún así lo pensó.

Ni siquiera lo dijo. Tampoco lo pensó una segunda vez, para no convertirlo ya en una forma de promesa.

Lo pensó una
sola
vez.

Años después, igual que tantas otras promesas, todo quedó escrito, sólamente escrito y más que olvidado.

Él nunca volvió a recordar, ni siquiera cuando una carta de ella aterrizó, de sorpresa, en su buzón. (Buzón, por cierto, muy lejos de Shangai). Ella lo recordó tarde, mucho después de que la casualidad hiciera su parte, cuando un billete de avión lo mostró por escrito. Madrid Shangai.

Madrid Shangai dice algo más que cualquier otro destino. Ya solo con decirlo, Shangai empieza y termina volando, como las historias que se olvidan. Shangai tiene cien historias en siete letras, al menos una tiene que ser de ella.

Ah, cierto, ahora recuerdo.

Entonces ese recuerdo se convierte en una chispa y toda la cama de franela sobre la que parecían dormir las no promesas resulta estar cubierta de pólvora. Total, que prende.

- En guardia.
- ¿En guardia, dices? ¿No eres tú quien entra en campo de minas?

Y lo que prende se extiende al ritmo lento de la cuenta atrás más certera de su vida. Quedan ciento cuarenta y cuatro días.

Gen.

[Qué difícil es volver cuando no hay conflictos.]

Y mientras tanto:
Grails – Erosion Blues

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Horas de un Sábado.

Wednesday 28 de May de 2008, 0:41

16:34
Calma. El sol ha dejado de ser agresivo, tiembla, dibuja sombras como si de un juego impresionista se tratara. Despacio. Todo parece ir más despacio, aunque las hojas rayen el parque siguiendo el curso de un viento que cualquier otro día parecería agresivo. Pero hoy no.

17:09
Paz. Hablamos de momentos de paz. Ahora recuerdo ríos turquesa, siestas a la sombra de un árbol. Mañana escribiré sobre hoy, hablaré de que las nubes cambian demasiado para lo despacio que van. Sosiego.

18:52
Quietud. La que llega después de la tormenta. La respiración es demasiado pausada, mucho más de lo que cabría esperar para haber dejado de correr hace todavía pocos instantes. Qué importa, estoy respirando así que decido no pensar. Y respiro.

19:12
Tranquilidad. Tengo tiempo para contar todos esos tonos de azul. Cuando la mano se eleva para hacer de muro entre mis ojos y el sol, un contorno amarillo y rojizo se forma entre sus dedos. Me gusta este fotograma, ahora todo va más lento. Voy viajando por ese contorno, tuerce, se ensancha, corta. Pero es sencillo, todo va más lento.

20:31
Serenidad. Ahora tan sólo una farola me ancla a lo real.

Gen.

Y Mientras Tanto:
Ravi Shankar and Phillip Glass – Ragas In Minor Scale

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Por qué me voy.

Thursday 22 de May de 2008, 19:21

Learning agreement. Escriba en el siguiente espacio de doce por dieciocho unas líneas que expliquen su motivación académica y profesional para solicitar esta beca de estudios en Latinoamérica.

Veamos, hablo de números, de prestigio, de relaciones internacionales. Hablo de estudios, proyectos, de colaboración con empresas. Hablo, todo esto suena muy bien.

Student motivation, academic proposal.

Hablo, hablo, hablo. Relleno huecos de doce por dieciocho. Lo leerá una funcionaria que pondrá un sello, lo leerá otra que lo meterá en un sobre. Lo leerá el último que afirmará complacido con un leve movimiento de cabeza.

Cuéntenos, querido estudiante universitario, ¿por qué se va?.

Pregúntamelo, Burocracia, pregúntamelo una vez más, y entonces te diré la verdad.

Cuénteme, próspero y excelente alumno, por qué se va.

Pues mira, me voy por amor.

Me voy porque hace unos años me enamoré de una tierra en la que los colores eran diferentes. Porque sentir en aquella tierra era como si cada poro de tu piel fuera del tamaño de una aceituna. Me voy porque allí la música lo cubre todo y explica atardeceres, montañas, noches de fuego. Porque allí las aguas cantan, las gentes cantan, los ojos cantan.

Me voy allí porque el arte se convierte en un grito de socorro, un intento de expresar en voz todavía más alta. Porque allí las historias son más verdaderas, y las invenciones más inventadas, porque las creencias tienen sentido, las tradiciones son explicables, y los misticismos son necesarios. Me voy a esa tierra porque allí la historia es ineludible, te persigue, te inunda a cada paso que das. Emerge de cada baldosa, cada piedra, cada símbolo.

Porque las cosas buenas son mejores, porque las cosas malas son aún peores. Las fiestas son verdaderas, el trabajo vale más. Me voy porque estar allí es como estar en casa, y aún así es diferente a cualquier otro lugar que hayas conocido. Porque hay bosques de piedras, cuadros de tierra, carretera en el desierto, barcos en las montañas.

Allí puedes subir a un tejado y parar el tiempo mirando la Cruz del Sur. Me voy porque allí el tiempo no mide nada; es un habitante más. Porque allí no sólo los espejos te reflejan.

Por eso me enamoré. Por eso me voy.

Gen.

Y Mientras Tanto:
Victor Jara – Poema No 15 (Neruda)

El Dios de las Pequeñas Bromas.

Friday 16 de May de 2008, 2:13

Ultimamente pienso mucho en dios. No pienso en si existe o no, eso es aburrido, ya tuve los 11 años para darle suficientes vueltas a ese asunto. Hace tiempo me di cuenta de que un concepto tan amplio como el de dios daba espacio para imaginar muchas, muchísimas cosas, tantas que me resultó estúpido no hacerlo. Lo divertido fue empezar a enriquecer aquel concepto a mi manera, como cuando en aquellos años de preescolar te daban una hoja en la que sólo había una sencilla silueta negra. Y sobre la mesa, montones de ceras de colores.

Esto es divertido, pensé, cada uno puede tener el dios que quiera. Incluso el que hubiera querido ser.

Mi dios, para empezar, no se llamaría Dios, ni tendría forma. Quizás sólo pudiera tener la forma de un gigantesco calamar metafísico, únicamente porque una noche soñé con aquello y me pareció un bicho curioso. Mi dios no tendría de eso que llaman ira. No lanzaría rayos ni truenos ni centellas como castigo. No perseguiría a los malos ni premiaría a los buenos con la idea del cielo, sino que dejaría que la gente muriera al morir. No le importaría que la gente no creyera en él, no tendría hijos en la tierra sobre los que se escribieran novelas, no necesitaría de profetas y demás interlocutores.

No sería un dios del terror, y pasaría también de todo ese asunto del amor. Para todo eso ya están los humanos, diría. Simplemente sería muy listo. Y con sentido del humor.

Sería el dios de las casualidades, ese que te pone mensajitos ocultos por el mundo sólo para ver qué cara pones. Un dios que se divierte gastando ese tipo de bromas. Sería irónico, sarcástico, cínico y certero. Un cachondo mental.

Diría, vamos a ver a quién podemos tocar las narices hoy. ¿Quién necesita que le recuerden algunas verdades?.

Seguramente todo cobraría más sentido, y desde luego un sentido mucho más gracioso. Cualquier encontronazo curioso, cualquier situación casual, cualquier señal, cualquier mensaje captado, acabaría en un mirar al cielo con ojos de reprobación. O un leve movimiento de cabeza, un chasquido, un ¿ya estmaos?, un pillín, para llegar hasta una sonrisa, o incluso una carcajada. Este dios, siempre con sus bromitas.

El otro día no podía dormir. En cuanto conseguía conciliar el sueño, una suerte de razones absurdas hacía que volviera a abrir los ojos. Un mosquito escandaloso, un sueño raro, el movil vibrando, una bandera del Perú sobre mi cara. Lo que no esperaba encontrar era cristales entre mis sábanas. ¿Cómo carajo he llegado a meter cristales en mi cama? ¿Cuándo? ¿De qué manera?. Lamentablemente aún no creía en este dios, el dios de las pequeñas bromas, porque todo habría acabado con una risita, un guiño de complicidad. Ay, pillín, qué cabroncete te pones cuando quieres.

Está bien que te eches unas risas, muy gracioso el truco de los cristales. Muy gracioso eso de “¿viste, muchacha?, metiste en tu cama cosas que te perjudicaron”. Muy gracioso, dios, esta vez te has lucido. Pero hazme un favor, ¿quieres?, para la próxima hazlo con algo que no pinche. Me hiciste un arañazo.

Y te rezo un padrenuestro, anda.

Gen.

Y mientras tanto:
Nina Simone – Sinnerman

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Maletas y una Pista.

Tuesday 06 de May de 2008, 18:46

Cuando Ojos de Papel decidió marcharse, los años ya le habían convertido en un hombre capaz de llevar Maleta.

Parecía una tontería, pero él sabía que aquello no era tan sencillo, como llevar un macuto, ni siquiera como llevar un petate. Llevar maleta acarreaba una responsabilidad mayor. Evidentemente no se trataba de una maleta cualquiera. En aquel entonces las maletas eran de cuero marrón, con refuerzos en las esquinas. De esas maletas que alguna vez llegaron a convertirse en musas de ciertos artistas, maletas de viajante. Moverse acarreando una de aquellas maletas implicaba demasiadas cosas: uno no podía viajar con algo así si no tenía algo que contar.

La maleta de Ojos de Papel era vieja, heredada, posiblemente de su abuelo, después de su padre. La conocía desde muy pequeño, cuando desaparecía de su casa con su padre, repleta de rencores matrimoniales, promesas incumplidas, esperanzas en futuros ficticios y corbatas de seda. La volvió a conocer cuando regresó con camisas arrugadas, añoranzas y deudas. A partir de entonces la maleta se quedó en casa, siempre a la vista, apoyada en una pared cerca de la puerta de entrada. Ojos de Papel la dibujaba de forma obsesiva, le gustaba cómo su sombra la anclaba violentamente a cualquier lugar, como si ese fuera el definitivo. Una maleta así podía construir, allá donde fuera, hogares de decorado de lo más creíbles.

Cuando Ojos de Papel decidió marcharse, ya había vuelto muchas veces antes. Su madre sacó la maleta de su eterno hueco en la puerta de entrada y la vació por primera vez en quince años. Toma, llévatela en tu búsqueda, un hombre como tú ya empieza a necesitar un cacharro de estos.

Cuando Ojos de Árbol entró en el quinto anticuario del Rastro, vio lo que estaba buscando.

- Esa, necesitamos esa. Es preciosa, cuero marrón, antigua pero restaurada. Es la maleta que buscábamos para Jonathan Harker, ¿no te parece?. ¿Cuánto cuesta?
- ¿Esa? Podría dejártela en ciento cincuenta.
- ¿Qué?
- Verás bonita, una maleta de principios de siglo, auténtica, restaurada. ¿Tú sabes el trabajo que cuesta arreglar eso? Los refuerzos son fuertes, cosidos a mano, el cierre funciona perfectamente, el cuero no tiene manchas, el forro es nuevo y está limpio. Es una maravilla y cuesta lo que cuestan las maravillas.
- Pues yo no tengo tanto dinero.
- ¿Cuánto tienes?
- Veinte euros.

El dueño del anticuario soltó una sonora carcajada. Veinte euros, qué insulto. Aquella imbécil quería una maleta de cuero restaurada y ofrecía veinte miserables euros.

- Perdona, pero no tengo nada aquí para tí.

Cuando Ojos de Árbol salió del quinto anticuario, el dueño decidió probar con algo diferente.

- ¡Espera! Quizás esto te interese. Está demasiado vieja, destrozada, restaurarla no sale rentable. Los cierres están rotos, tendrás que arreglarlos con una cuerda, el cuero está estropeado por la humedad y el forro es feo y malo. Si te la llevas, te llevas también todos los trastos que tiene dentro; está llena de mierda. Es tuya por treinta euros.
- Tengo veinte.
- ¿Veinticinco?
- Me la llevo.

Cuando Ojos de Fuego leyó sobre maletas, pensó que aquello podría ser la pista que buscaba.

Recordó haber visto una vieja maleta marrón olvidada en lo alto de algún armario del almacen de su grupo de teatro. Había leído que las maletas así sólo podían contener historias, sólo podían escupir magia. Era curioso que nunca se le hubiera ocurrido abrirla para curiosear dentro, pero ahora que Ojos de Fuego buscaba una pista, era el momento de hacerlo.

Colocó una silla bajo el armario para alcanzarla, la bajó y la apoyó despacio sobre la mesa; había que tener cuidado, si era la del relato los cierres habrían de estar rotos.

Cuando Ojos de Fuego abrió la vieja maleta, entre polvo y decenas de objetos absurdos… encontró una historia.

Gen.

Y Mientras Tanto:
Johnny Cash – Hurt

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