Horas de un Sábado.

Wednesday 28 de May de 2008, 0:41

16:34
Calma. El sol ha dejado de ser agresivo, tiembla, dibuja sombras como si de un juego impresionista se tratara. Despacio. Todo parece ir más despacio, aunque las hojas rayen el parque siguiendo el curso de un viento que cualquier otro día parecería agresivo. Pero hoy no.

17:09
Paz. Hablamos de momentos de paz. Ahora recuerdo ríos turquesa, siestas a la sombra de un árbol. Mañana escribiré sobre hoy, hablaré de que las nubes cambian demasiado para lo despacio que van. Sosiego.

18:52
Quietud. La que llega después de la tormenta. La respiración es demasiado pausada, mucho más de lo que cabría esperar para haber dejado de correr hace todavía pocos instantes. Qué importa, estoy respirando así que decido no pensar. Y respiro.

19:12
Tranquilidad. Tengo tiempo para contar todos esos tonos de azul. Cuando la mano se eleva para hacer de muro entre mis ojos y el sol, un contorno amarillo y rojizo se forma entre sus dedos. Me gusta este fotograma, ahora todo va más lento. Voy viajando por ese contorno, tuerce, se ensancha, corta. Pero es sencillo, todo va más lento.

20:31
Serenidad. Ahora tan sólo una farola me ancla a lo real.

Gen.

Y Mientras Tanto:
Ravi Shankar and Phillip Glass – Ragas In Minor Scale

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Por qué me voy.

Thursday 22 de May de 2008, 19:21

Learning agreement. Escriba en el siguiente espacio de doce por dieciocho unas líneas que expliquen su motivación académica y profesional para solicitar esta beca de estudios en Latinoamérica.

Veamos, hablo de números, de prestigio, de relaciones internacionales. Hablo de estudios, proyectos, de colaboración con empresas. Hablo, todo esto suena muy bien.

Student motivation, academic proposal.

Hablo, hablo, hablo. Relleno huecos de doce por dieciocho. Lo leerá una funcionaria que pondrá un sello, lo leerá otra que lo meterá en un sobre. Lo leerá el último que afirmará complacido con un leve movimiento de cabeza.

Cuéntenos, querido estudiante universitario, ¿por qué se va?.

Pregúntamelo, Burocracia, pregúntamelo una vez más, y entonces te diré la verdad.

Cuénteme, próspero y excelente alumno, por qué se va.

Pues mira, me voy por amor.

Me voy porque hace unos años me enamoré de una tierra en la que los colores eran diferentes. Porque sentir en aquella tierra era como si cada poro de tu piel fuera del tamaño de una aceituna. Me voy porque allí la música lo cubre todo y explica atardeceres, montañas, noches de fuego. Porque allí las aguas cantan, las gentes cantan, los ojos cantan.

Me voy allí porque el arte se convierte en un grito de socorro, un intento de expresar en voz todavía más alta. Porque allí las historias son más verdaderas, y las invenciones más inventadas, porque las creencias tienen sentido, las tradiciones son explicables, y los misticismos son necesarios. Me voy a esa tierra porque allí la historia es ineludible, te persigue, te inunda a cada paso que das. Emerge de cada baldosa, cada piedra, cada símbolo.

Porque las cosas buenas son mejores, porque las cosas malas son aún peores. Las fiestas son verdaderas, el trabajo vale más. Me voy porque estar allí es como estar en casa, y aún así es diferente a cualquier otro lugar que hayas conocido. Porque hay bosques de piedras, cuadros de tierra, carretera en el desierto, barcos en las montañas.

Allí puedes subir a un tejado y parar el tiempo mirando la Cruz del Sur. Me voy porque allí el tiempo no mide nada; es un habitante más. Porque allí no sólo los espejos te reflejan.

Por eso me enamoré. Por eso me voy.

Gen.

Y Mientras Tanto:
Victor Jara – Poema No 15 (Neruda)

El Dios de las Pequeñas Bromas.

Friday 16 de May de 2008, 2:13

Ultimamente pienso mucho en dios. No pienso en si existe o no, eso es aburrido, ya tuve los 11 años para darle suficientes vueltas a ese asunto. Hace tiempo me di cuenta de que un concepto tan amplio como el de dios daba espacio para imaginar muchas, muchísimas cosas, tantas que me resultó estúpido no hacerlo. Lo divertido fue empezar a enriquecer aquel concepto a mi manera, como cuando en aquellos años de preescolar te daban una hoja en la que sólo había una sencilla silueta negra. Y sobre la mesa, montones de ceras de colores.

Esto es divertido, pensé, cada uno puede tener el dios que quiera. Incluso el que hubiera querido ser.

Mi dios, para empezar, no se llamaría Dios, ni tendría forma. Quizás sólo pudiera tener la forma de un gigantesco calamar metafísico, únicamente porque una noche soñé con aquello y me pareció un bicho curioso. Mi dios no tendría de eso que llaman ira. No lanzaría rayos ni truenos ni centellas como castigo. No perseguiría a los malos ni premiaría a los buenos con la idea del cielo, sino que dejaría que la gente muriera al morir. No le importaría que la gente no creyera en él, no tendría hijos en la tierra sobre los que se escribieran novelas, no necesitaría de profetas y demás interlocutores.

No sería un dios del terror, y pasaría también de todo ese asunto del amor. Para todo eso ya están los humanos, diría. Simplemente sería muy listo. Y con sentido del humor.

Sería el dios de las casualidades, ese que te pone mensajitos ocultos por el mundo sólo para ver qué cara pones. Un dios que se divierte gastando ese tipo de bromas. Sería irónico, sarcástico, cínico y certero. Un cachondo mental.

Diría, vamos a ver a quién podemos tocar las narices hoy. ¿Quién necesita que le recuerden algunas verdades?.

Seguramente todo cobraría más sentido, y desde luego un sentido mucho más gracioso. Cualquier encontronazo curioso, cualquier situación casual, cualquier señal, cualquier mensaje captado, acabaría en un mirar al cielo con ojos de reprobación. O un leve movimiento de cabeza, un chasquido, un ¿ya estmaos?, un pillín, para llegar hasta una sonrisa, o incluso una carcajada. Este dios, siempre con sus bromitas.

El otro día no podía dormir. En cuanto conseguía conciliar el sueño, una suerte de razones absurdas hacía que volviera a abrir los ojos. Un mosquito escandaloso, un sueño raro, el movil vibrando, una bandera del Perú sobre mi cara. Lo que no esperaba encontrar era cristales entre mis sábanas. ¿Cómo carajo he llegado a meter cristales en mi cama? ¿Cuándo? ¿De qué manera?. Lamentablemente aún no creía en este dios, el dios de las pequeñas bromas, porque todo habría acabado con una risita, un guiño de complicidad. Ay, pillín, qué cabroncete te pones cuando quieres.

Está bien que te eches unas risas, muy gracioso el truco de los cristales. Muy gracioso eso de “¿viste, muchacha?, metiste en tu cama cosas que te perjudicaron”. Muy gracioso, dios, esta vez te has lucido. Pero hazme un favor, ¿quieres?, para la próxima hazlo con algo que no pinche. Me hiciste un arañazo.

Y te rezo un padrenuestro, anda.

Gen.

Y mientras tanto:
Nina Simone – Sinnerman

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Maletas y una Pista.

Tuesday 06 de May de 2008, 18:46

Cuando Ojos de Papel decidió marcharse, los años ya le habían convertido en un hombre capaz de llevar Maleta.

Parecía una tontería, pero él sabía que aquello no era tan sencillo, como llevar un macuto, ni siquiera como llevar un petate. Llevar maleta acarreaba una responsabilidad mayor. Evidentemente no se trataba de una maleta cualquiera. En aquel entonces las maletas eran de cuero marrón, con refuerzos en las esquinas. De esas maletas que alguna vez llegaron a convertirse en musas de ciertos artistas, maletas de viajante. Moverse acarreando una de aquellas maletas implicaba demasiadas cosas: uno no podía viajar con algo así si no tenía algo que contar.

La maleta de Ojos de Papel era vieja, heredada, posiblemente de su abuelo, después de su padre. La conocía desde muy pequeño, cuando desaparecía de su casa con su padre, repleta de rencores matrimoniales, promesas incumplidas, esperanzas en futuros ficticios y corbatas de seda. La volvió a conocer cuando regresó con camisas arrugadas, añoranzas y deudas. A partir de entonces la maleta se quedó en casa, siempre a la vista, apoyada en una pared cerca de la puerta de entrada. Ojos de Papel la dibujaba de forma obsesiva, le gustaba cómo su sombra la anclaba violentamente a cualquier lugar, como si ese fuera el definitivo. Una maleta así podía construir, allá donde fuera, hogares de decorado de lo más creíbles.

Cuando Ojos de Papel decidió marcharse, ya había vuelto muchas veces antes. Su madre sacó la maleta de su eterno hueco en la puerta de entrada y la vació por primera vez en quince años. Toma, llévatela en tu búsqueda, un hombre como tú ya empieza a necesitar un cacharro de estos.

Cuando Ojos de Árbol entró en el quinto anticuario del Rastro, vio lo que estaba buscando.

- Esa, necesitamos esa. Es preciosa, cuero marrón, antigua pero restaurada. Es la maleta que buscábamos para Jonathan Harker, ¿no te parece?. ¿Cuánto cuesta?
- ¿Esa? Podría dejártela en ciento cincuenta.
- ¿Qué?
- Verás bonita, una maleta de principios de siglo, auténtica, restaurada. ¿Tú sabes el trabajo que cuesta arreglar eso? Los refuerzos son fuertes, cosidos a mano, el cierre funciona perfectamente, el cuero no tiene manchas, el forro es nuevo y está limpio. Es una maravilla y cuesta lo que cuestan las maravillas.
- Pues yo no tengo tanto dinero.
- ¿Cuánto tienes?
- Veinte euros.

El dueño del anticuario soltó una sonora carcajada. Veinte euros, qué insulto. Aquella imbécil quería una maleta de cuero restaurada y ofrecía veinte miserables euros.

- Perdona, pero no tengo nada aquí para tí.

Cuando Ojos de Árbol salió del quinto anticuario, el dueño decidió probar con algo diferente.

- ¡Espera! Quizás esto te interese. Está demasiado vieja, destrozada, restaurarla no sale rentable. Los cierres están rotos, tendrás que arreglarlos con una cuerda, el cuero está estropeado por la humedad y el forro es feo y malo. Si te la llevas, te llevas también todos los trastos que tiene dentro; está llena de mierda. Es tuya por treinta euros.
- Tengo veinte.
- ¿Veinticinco?
- Me la llevo.

Cuando Ojos de Fuego leyó sobre maletas, pensó que aquello podría ser la pista que buscaba.

Recordó haber visto una vieja maleta marrón olvidada en lo alto de algún armario del almacen de su grupo de teatro. Había leído que las maletas así sólo podían contener historias, sólo podían escupir magia. Era curioso que nunca se le hubiera ocurrido abrirla para curiosear dentro, pero ahora que Ojos de Fuego buscaba una pista, era el momento de hacerlo.

Colocó una silla bajo el armario para alcanzarla, la bajó y la apoyó despacio sobre la mesa; había que tener cuidado, si era la del relato los cierres habrían de estar rotos.

Cuando Ojos de Fuego abrió la vieja maleta, entre polvo y decenas de objetos absurdos… encontró una historia.

Gen.

Y Mientras Tanto:
Johnny Cash – Hurt

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