El viento mueve una bolsa
Monday 25 de May de 2009, 23:16
Sí, lo sé, la dignidad no se pisa… pero vaya, “los faunos se ocultan en la maleza”:
Sí, lo sé, la dignidad no se pisa… pero vaya, “los faunos se ocultan en la maleza”:
Empieza de manera casi imperceptible. Un sutil endurecimiento de la piel en algunas zonas como el que causa una alergia, o una exposición imprudente al calor o al frío. Poco a poco se extiende. Lo notas un día que no puedes dormir. No encuentras postura. Te pongas como te pongas, hay algo que se te clava. Pero no como si estuviera en la cama. Más bien como si estuviera en ti.
Luego, a medida que se extiende, va cobrando además características diferenciables. Según el caso. Puede revelarse visible, compacto, geométrico, como el de una tortuga anciana. Hogareño y espiralizado como el de un cangrejo ermitaño. Negro y llamando a la huida como el de ciertas arañas. Casi transparente, una gamba bebé. Puede tener estrías o color de coral. Puede ser que lo lleves a la espalda como una mochila llena de libros o que sólo te asomen por debajo los pies. Puede ser que siga siempre impidiéndote dormir, espetado en tu cuerpo como en el de esos moluscos de patas largas que corren por las playas sin que nadie conozca su nombre; o puede que sea, caracol, el refugio insonorizado perfecto para un sueño que dure toda la temporada de sol. Con los años puede hacerse hermético, dejarte atrapado entre sus dos tapas como un dibujo de sirena. Y hay no poca gente que desarrolla los pinchos de un erizo de mar.
Hace poco aprendí que los calamares también tienen una especie de caparazón. Lo observo y el mío parece ser de esos. Es mi diagnóstico. Un caparazón que nadie diría, un caparazón esqueleto que ondea como si no estuviera. Pero que está.
Una página web dice:
La concha de las sepia, llamada jibión, se usa para que los pájaros de jaula afilen sus picos mientras la picotean. Las conchas de la sepias pueden aparecer esparcidas por las playas, traídas por la corriente marina.
Me parece peligroso. Entre todos los caparazones posibles, justo este. Por qué a mí.
En fin, uno acaba por admitir. No le queda más remedio, cuando las durezas empiezan a inmiscuirse en las rutinas. La vida, solidaria con la piel, empieza a cambiar de color. Los amigos comentan.
Uno quiere quitárselo. En realidad no le duele nada, no tiene miedo. No lo cree necesitar, no sabe por qué ha tenido que salirle. No lo pidió. Uno quiere quitárselo como quien se quita una coraza, desvestírselo también y dejarlo arrugado a los pies de la cama. Poder estar desnudo otra vez.
Pero no. Uno no elige los caparazones. Nacen y no son como las corazas. No puede uno desnudarse así. Ellos tienen anclas en la piel.
Cuando regreses, da tres golpes secos en el mío. Intentaré salir y explicarte lo que me pasó.
Y mientras tanto:
Chris Isaak – Wicked game
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Luis Sepúlveda quería escribir un libro conjunto con su amigo, el fotógrafo Daniel Morzinski, así que se fueron de viaje por la pampa argentina.
Aquel desierto hacía que durante días ni el objetivo fotográfico de Daniel ni los caballos ni ellos mismos, encontraran nada más que un arbusto ocasional. De pronto, en el horizonte empezó a dibujarse la figura de un hombre. Caminaba solo, casi sin equipaje, únicamente una pequelña bolsita con algo de mate y pan. A la altura del hombre, pararon los caballos y le preguntaron qué hacía por allí. El hombre dijo buscar un violín.
Como estaban detrás de una historia, a Luis y Daniel les atrajo la búsqueda de aquel tipo y decidieron acompañarle, porque le advirtieron que no vería nada en kilómetros y aún así quiso seguir la ruta que se había marcado.
En una parada, mientras compartían mate, Luis se atrevió a preguntar.
- Amigo, y ese violín, ¿cómo es?
- Es un estupendo violín.
Después de una jornada en ruta, el hombre creyó encontrar algo. Avanzó hasta lo que parecían unos leños abandonados y los cogió con una delicadeza que cautivó a los dos amigos.
- Ya encontré mi violín.
Como el tronco resultaba muy pesado, se ofrecieron a acompañarlo hasta casa. Llegaron después de dos jornadas de ruta, y al entrar descubrieron infinidad de instrumentos, porque aquel hombre era un luthier, y trabajaba nada menos que para la Orquesta Sinfónica de Viena.
Viviendo en una casa tan apartada, en la que el pueblo más cercano estaba días de viaje, resultaba sorprendente que aquel hombre pudiese estar en contacto con los músicos más importantes del mundo. Por supuesto, no siempre había sido así.
- Antes vivía en Buenos Aires, pero después de todo lo que ocurrió en mi país, cuando empezaron a matar a mis amigos, supe que no podría ir a los mismos cafés sin encontrarlos, caminar por las mismas calles sabiendo que jamás me volvería a cruzar con ellos. Así que me vine a este lugar, lejos de todo. Pero, hay algo que no saben aquellos que mataron a mi gente -y señalaba el reverso de un violín, que tenía un nombre escrito- y es que en cada instrumento que hago está el nombre de uno de esos amigos y ahora ellos viajan por todo el mundo.
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Cuando uno tiene un barco, se arriesga a ser abordado.
Son los peligros del marinero. Eso, los pulpos gigantes, los barcos fantasmas, los icebergs, los submarinos nucleares franceses, los submarinos nucleares ingleses y el triángulo de las bermudas.
Aunque, si de pequeño viste cientos de películas de piratería, siempre creiste que, desde luego, la vida pirata es la vida mejor, y además tienes amigas bucaneras con ganas de jugar, al final la idea de ser abordado llega a tener hasta cierto encanto.
Por eso comienza este inventado comunismo náutico. Acá todos los barcos son de todos.
O lo que es lo mismo. Mayo se presenta como el mes de las invasiones entre blogs, así que Los Ritos de Paso, vi230850, Mundo Iconoclasta, Este Jardín, El Cuaderno de Tigrida, Batman es Indio, Notas de Papel, Contemporáneos, Tres Pies del Gato y una servidora andaremos perdidos de barco en barco, abordándonos los unos a los otros.

Suerte.
Gen.
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