www.genocation.com nació hace ya más de trece años, era una página de fondo negro, enmarcada en dibujos de fantasía. La segunda versión empezó a tener palabras. La tercera se tiñó de blanco, se volvió serena y empezó a viajar. La cuarta intentó adaptarse a un nuevo lugar, a un nuevo idioma. Esta versión 5.0 se adapta a mí.

Me llamo Gen, tengo distintos hogares, muy distantes entre ellos, y dedico mi vida a quererlos y odiarlos al mismo tiempo, a aprenderlos y a buscar territorio común. Me enfado con el mundo, a veces, busco cosas que rara vez encuentro, duermo poco y dibujo a ratos. También tengo trabajos, claro, pero esos van cambiando. Y por si a alguien se le ocurriera ofrecerme un cambio, aquí dejo todas mis formas de contacto. Bienvenidos

Las señales que hacemos en los mapas.

En mis cuadernos de viaje no abundan las palabras, sí las imágenes.

Por suerte, hay compañeras de vida (y de viaje) que tienen palabras para todas nosotras. Desde hace ya más de diez años no hay camino, ni frontera, ni regreso, sin que los versos de Laura se abran paso entre el amasijo de imágenes encontradas y me acompañen de un modo tan sincero que acaban siendo fulminantes.

Este último regreso tan abrupto no podía ser menos. Volvía yo a Madrid al mismo tiempo que se publicaba el tercer poemario, maravilloso, de Laura Casielles: Las señales que hacemos en los mapas.

Aún no lo he soltado.

Aunque el libro nace de sus dos años viviendo en Marruecos, sus poemas hablan de todos los cuadernos de viaje. Incluso de aquellos que, como los míos, sólo pudieron hablar en imágenes.

KENITRA
Estación de Kenitra, un minuto de parada

Para seguir llamándonos extranjeros
tuvieron una gran idea:
entintar las ventanas de nuestros autobuses.

Podemos mirar
pero podemos permitirnos que no nos vean.
Cuando algo se parece al horror
podemos hacer un juego de luces y no verlo más.
Podemos llegar a creer
que en el fondo esto es solo otra película.

Pero, espera,
hay una consecuencia inesperada.

En una parada de apenas un minuto,
me estaba mirando distraída en el cristal-espejo
cuando mis ojos se alinearon con los de ella,
que desde afuera se miraba distraída en el cristal-espejo.

Ahora en este viaje ya no logro ver nada
sin confundirlo con mi propio cuerpo.

* * *

Las señales que hacemos en los mapas, Laura Casielles
2014, Sevilla, editorial Libros de la Herida

Las señales que hacemos en los mapas se queda en mi mesilla de noche, junto a la botella de agua, el ibuprofeno, y alguna foto que últimamente siempre duerme boca abajo. Aquí siempre hay un poema para una imágen, o unas palabras para curar la confusión:

Desde el punto de vista de los nómadas, regresar es una palabra que no existe.

Ni tú ni el viejo cerro sois el mismo

* * *

Gen.

Lista de errores que cometo en los días malos.

Pensar en los intentos como fracasos.
Pensar en las huídas como fracasos.
Pensar en las experiencias como fracasos.
Pensar en los fracasos como fracasos.

Que rodearme de gente increíble sólo sirva para hacerme pequeña.
Que no ser pequeña sólo sirva para tener sueños grandes.

Mirarme al espejo y no sonreír.
Empujarme a sonreír y sólo ver dientes torcidos.
Que mis ojos, que son grandes y están llenos, no puedan más que arrastrar ojeras secas.
Que me crezcan esas arrugas que sólo lucen bien en otras personas.

Ver en mi espalda un árbol borroso.
Que la madera sea porosa, que las ramas y raíces no se inviertan, que los versos de Tagore dejen de tener sentido, que lo relativo no lo sea tanto.
Que todo lo aprendido sólo parezcan excusas.
Que ese desierto negro me aterrorice sólo a mí.

Poner en fila india los recuerdos de abandonos.
Recordar los ataques y amenazas, las miradas repulsivas.
Recordar los besos sucios que vuelan desde el chai wallah.
Pensar en el deseo como algo trágico.
Revivir las frases que rompen en pedazos, los “estás sucia”, “te lo has ganado”, “yo, así, no te quiero”.
Pensar que una vez todos tuvieron razón.

Buscar en Google, con nombres y apellidos, los tiempos en los que sólo había grandes opciones.
(Y encontrarlos, nada desaparece de Internet)
Recordar a una niña que era distinta, que pintaba con letras y jugaba con fuego.
Darme cuenta de que ya me hice mayor y ahora tengo la edad que hace 5 años me dijeron que aparentaba.
Pensar que todo esto es inevitable.

Hacer una lista de errores.

Buscar trabajo.

(Por lo menos, siempre hay música que acompaña, siempre hay lápices con punta, no se acaban las hojas en blanco)

Gen.

Mi padre es un pirata.

Tras unas copas de vino y la alegría de una comida deliciosa, la sobremesa se relaja y el cielo sobre mi padre se llena de figuras borrosas mientras él habla. Todos escuchamos y mi madre ríe, mi padre viaja 35 años atrás y recuerda historias de las selvas del Congo. Cuenta historias de pirata, historias de mercenarios cubanos y rusos montando gresca en tabernas africanas, del asesinato de Marien Ngouabi. Historias de un cañón antiguo abandonado en una playa con el que su compañero – otro pirata – quiso jugar, historias de los militares que le interrogaron sobre la procedencia de aquel cañón. Cazas fallidas de elefantes, estados de sitio burlados a base de botellas de cerveza.

Mi padre es un pirata. Nunca tuvo barco, aunque siempre nos juró que en cuanto sus hijos nos fuéramos de casa, recorrería el mundo con mi madre en un velero. Nos reíamos sin saber que aquel barco tomaría más tarde la forma de cualquier cosa. La forma de unos ojos, o de una moto quizás. Forma de perro, de huerto con cebollas.

No hubo barcos, pero hubo motos. Motos restauradas, motos rugiendo en puertos de montaña con mi madre de paquete. Él con un casco naranja que lucía su bandera, el logotipo del Pura Vida Racing Team que Alberto García-Alix rescató de un tatuaje antiguo de Ben Corday: una niña pirata, los brazos cruzados y paz en los ojos. Una niña que, quizás apoyada en la proa de un barco, nunca recuerda historias que pasaron sino todas las que pasarán. Y bajo ella un himno de dos palabras: Pura Vida.

Cuando cumplí los veinte mi madre me hizo el regalo más bonito del mundo: un cuaderno lleno de poesías que ella asociaba a su vida y a la mía. Le hizo al cuaderno una cubierta de cuero con un arbol tallado en la portada, un árbol con ramas y raíces. A mitad del cuaderno, la Canción del Pirata de Espronceda, encabezada por las palabras de mi madre:

Lo que viene a continuación es la canción del pirata, en homenaje a papá. Él os la recitaba cuando érais pequeños, aunque fueran unos cuantos versos y le gustaba mucho. Yo creo que va mucho con él, con su carácter, pues es un poco pirata en estos tiempos, siempre luchando contra el “enemigo”

En aquella sobremesa llena de historias congoleñas tuve miedo: yo no conocía estas historias. ¿Cuántas más habrá? ¿Cuántos cientos de relatos me perderé? ¿Cuántos miles de personajes distintos recuerda él con total claridad? ¿Cómo lo hago?. Escuché atentamente, apunté los nombres para no olvidarlos nunca, y quise diseñar una estrategia para exprimir de mi padre todos los cuentos posibles.

Días después me tranquilicé. Sólo hay una historia que resuma todas las demás, es la historia escondida en los ojos de la niña pirata y su himno: Pura Vida. La historia es única, es la que mi padre me enseñó desde pequeña. Es la historia de nacer pirata, de vivir pirata, de respirar el viento, de navegar las tormentas.

Dibujo a color la niña de Alix y Corday como un guiño a mi padre. Digo, “me has enseñado a entender tu vida, tus historias no se pueden perder”. También digo, “Gracias. Yo también canto, sonriente, la canción del pirata”

Gen.

Mecanismo esencial para encontrar tu retrato.

Pintar un retrato como si estuviera conociéndote despacio.
La inquietud de la hoja en blanco, la ansiedad de aún no saber. Y entonces, la sorpresa del primer trazo.

Primero un esbozo, un contorno a lápiz duro. Luego, con un lápiz más blando, acariciar el papel con sombras, borrar, correr el grafito con los dedos. Desdibujar.

Después los pinceles: colores, matices, agua. Mucho agua. Encontrar más azules, naranjas, verdes casi transparentes. Mojar el papel, mordisquear la madera del pincel de pelo fino, entornar los ojos y descubrir tantos – tantos – tonos de fondo.

Y luego un pincel preciso – si me dejas – diluyendo apenas los colores, encontrar tonos exactos y pintar, pintar, pintar. Pintar labios, y lunares, y pezones: encontrar por fin el preciso color carne.

Aunque yo suelo acabar antes de tiempo: suelo conformarme con caras de ojos blancos. Firmo con fecha, cuelgo la hoja, guardo colores, seco pinceles, cierro los botes y miro el retrato: es suficiente.

Pero siempre al comienzo lo pienso:
“Quizás esta vez, con tinta, pueda pintar tus pupilas”

Gen.

Turn up the volume, turn down the noise.

(Me llamaste “puta” cuando pasé por tu lado y te rechacé. No miré hacia atrás, ¿no pudiste dejarlo estar? Me llamaste “puta”, y te ignoré en vez de dejarme llevar por este huracán de asco y odio. Hice un esfuerzo, me controlé, no miré hacia atrás.

No me di cuenta: no mirar fue mayor insulto que el rechazo. Me llamaste “puta” y, aunque mis manos se transformaron – pegadas a mis muslos te mostraban el dedo medio – no te hice caso, y entonces fui peor: una puta altiva.

El insulto te hizo cambiar de rumbo y el “puta” no bastó. “Te vas a enterar”, quizás pensabas, “ahora verás”. Y con mis manos escondidas, la mirada fija en el suelo, yo aceleraba el paso. Hubiera mirado atrás te habría visto seguirme, ofendido, dañado, víctima de un eco – insuficiente – de “puta” en los ojos. Pero no miré por un buen rato, por miedo, por no querer salir corriendo, por no querer saber. Pero sabiendo.

Sólo miré hacia atrás minutos después, cuando mi llave estaba, por fin, entrando en la cerradura del portal.

Te vi a 10 metros.

Ahora entro en casa y escribo esto y me iré a la cama sin encender las luces – mi casa es un octavo exterior.

Pero me voy a la cama pensando “Mierda, nada cambia”.)

Gen.

Casi Alcanzando.

Lecciones que nos enseñaron a las mujeres.

En 2009 llegué a India creyéndome persona, en 2013 me fuí de allí sabiéndome mujer.

Lo aprendí poco a poco, lección tras lección. Cada día las calles, las historias, las noticias, ¡mis amigos! me mandaban el mismo mensaje: “Eres una mujer, vive como una mujer, comportate como se comportan las mujeres, no esperes más de lo que una mujer debe esperar”.

La primera lección se la debo a Sruthi, inocente, dulce, niña de pueblo. Llegó nueva a la empresa y – pobrecilla – fue asignada a trabajar conmigo sin tener ninguna experiencia o interés en el área. Su familia era humilde; de algún modo se las habían ingeniado para que ella estudiara una carrera. Sruthi, sin ser tampoco muy espabilada, había conseguido un puesto de trabajo que pretendía mantener hasta que encontrara un marido. Su problema, decía, es que todos los que su padre encontraba pedían más dinero por ella que lo que su padre se podía permitir. “Por eso, tener un buen trabajo cuenta bastante, quizás ahora alguno diga que sí, que vale”.

Llegó Sruthi a la oficina cargada con una mochila, decenas de recipientes de cocina hechos de aluminio, y embutida en un salwar kameez de manga larga pese a los 48 grados de Mayo. “Esta noche me voy al pueblo a visitar a mi familia”, me explicó, “con un poco de suerte podré hablar con mi padre”.

“Con un poco de suerte”, tuve la sospecha de que no debía preguntar pero, escondida tras la seguridad de la ignorancia extranjera, me importó un pimiento. Abrió mucho sus ojos almendra y me arrinconó mientras vigilaba que ningún compañero pudiera oirnos: “Mi periodo, está a punto de llegar, no puedo hablar con mi padre si estoy menstruando, soy impura”.

Sruthi. En su familia los puros comen primero, las impuras esperan y comen lo que sobre, nunca usando los mismos platos o cubiertos, sin entrar en las salas comunes ni en la cocina y, sobre todo, sin acercarse a los templos. Su padre quería hablar con ella, se lo había dicho por teléfono, así que Sruthi cogía el tren nocturno que en siete horas paraba en su pueblo. “No le puedo decir que no voy, le ofendería. Tampoco le puedo decir que pronto me vendrá la regla, y si me viene mañana, me tendré que pasar el fin de semana aislada y sin hablar con él”.

La solución me parecía muy fácil: “Bueno, pues si te viene, no se lo digas a nadie”. “No, no lo entiendes. Es que soy impura”

La primera lección me la dio Sruthi: soy impura por naturaleza.


Imagen de la maravillosa película de Nina Paley, Sita Sings the Blues

Hubo más lecciones.

La tercera me la dio el Ramayana. Considerado, junto con el Mahabharata, uno de las grandes poemas épicos hundúes, el Ramayana cuenta la historia del dios Rama. Era el hijo predilecto de su padre, el rey de Ayodhya, pero en el momento de heredar el trono fue condenado al exilio durante 14 años. Rama aceptó las órdenes de su padre y, obediente, se fue a vivir al bosque seguido por su esposa Sita, con la que llevaba 12 años casado. Rama y Sita, ejemplos de la virtud y del amor incondicional, vivieron alejados de su reino hasta que las cosas se pusieron feas. Un señor con muchas cabezas que resultó ser el Rey de Sri Lanka se encaprichó de Sita y decidió raptarla y llevársela a su isla. Meses más tarde, con la ayuda de Hanuman el Dios Mono, el virtuoso Rama encontró a su esposa, derrotó al malvado Rey de diez cabezas, y se la trajo de vuelta a casa.

El resto de la historia cuenta cómo Rama vuelve a su reino tras aquellos moviditos 14 años de exilio. El final es feliz: regresa el virtuoso Rama, se le corona Rey de Ayodhya, Sita tiene dos hijos, Rama es justo, Rama es bueno, Rama es el Rey perfecto. Rama es virtuoso: hoy se le reza con ahínco, al querido dios Rama, uno de los más venerados entre los 33 millones de dioses. Todavía, musulmanes e hindúes se pegan palizas por el derecho a venerar Ayodhya como lugar sagrado, porque claro, Rama nació allí – o eso dictaminó un tribunal supremo hace cuatro años después de un largo juicio.

No tardé mucho en enterarme de que los versos cuentan otra historia distinta a la de los rezos de la gente.

Los versos cuentan que Sita perdía el culo por su marido, y por mucho que el de las cabezas insistiera, a ella no le apetecía otro hombre. Se dedicó a rezar a Rama, Rama, Rama. Y entonces Rama viene, la rescata, se la lleva para casa, y la repudia. “Has vivido en la casa de otro hombre, eres tan guapa que no me puedo creer que ese señor no te haya tocado: ya no te mereces ser mi mujer”. Sita, desolada, le pedía clemencia, porque te amo, porque nunca amaré a nadie más. Rama se lo pensó y decidió comprobar que Sita era pura. ¿Cómo? Fácil: lanza tu mujer al fuego.

Sita salió intacta de la hoguera. Fue la prueba de su pureza. Años después, ya siendo reyes de Ayodhya, Rama escuchó los rumores de su pueblo: “Menudo Rey imbécil, tiene una mujer que vivió con otro hombre”. Así que el Rey justo y bueno la repudió de nuevo y, embarazada de gemelos, Sita fue desterrada.

En un bosque muy lejano, Sita crió a sus dos hijos, educándolos en las virtudes de su papá, Rey. Muchos años después su padre se encontró con ellos. “Se me parecen”, dijo, y descubrió que eran sus muchachos. Visto lo visto, Rama quiso volver a aceptar a Sita como su virtuosa esposa. “Pero antes”, dijo, “deberás pasar un test de pureza: Al fuego otra vez”

Habían pasado muchos años, muchos exilios, muchas hogueras, muchos repudios. “No”, dijo ella, “ahora vas a ver si soy pura”. “Si siempre te he sido fiel, si siempre te he querido y venerado” clamaba, “que se me trague la tierra”.

Y la tierra se la tragó.

La tercera lección me la dio el Ramayana: que se me trague la tierra.


Otra imagen de la película de Nina Paley, Sita Sings the Blues

Gen.

Dos mitades no hacen uno.

quizás algún día resultaré ser algo?

Dos mitades no hacen uno.

En el mundo lógico

—mundo de paper a doble columna, mundo que entienden las que sólo somos poetas de palabras reservadas, if, switch, break, repleto de colocados que se reían de los falsos adalides que reinventan diccionarios, mundo que ha vuelto a ser plano, mundo de mapas invertidos, proyecciones en cilindros, mundo threshold

En el que las palabras son tan sencillas como números
Los reales: las ideas, incontables—no se cuentan ni se cuentan—Los discretos.

Las personas como yo, al igual que las palabras, nos redondeamos hacia abajo.

No, dos mitades no hacen uno.

Pues yo, aquí en este cruce por el que paso un poco tarde—this crossroad without its devil—no me conformo con ser cero.

Gen.

La Parálisis del Sueño.

En una de mis muchas excursiones online en el tema del sueño y sus anomalías, llegué a leer sobre la parálisis del sueño.

La parálisis del sueño es una incapacidad transitoria para realizar cualquier tipo de movimiento voluntario que tiene lugar durante el periodo de transición entre el estado de sueño y el de vigilia […] Durante el episodio, la persona está totalmente consciente.
Aunque puede abrir los ojos, no es capaz de emitir sonido ni mover músculo alguno, lo cual le genera una considerable sensación de angustia […] Por si fuera poco, la persona suele padecer alucinaciones auditivas y visuales que generalmente coinciden en una intensa sensación de presencia y de movimiento en torno a su cuerpo indolente.

Un video lo explica de forma menos aburrida:

Tuve la suerte de haber visto esto ántes de que me pasara por primera vez.

Era Septiembre de 2013. Soñaba, aunque no recuerdo qué. Me desperté de golpe y abrí los ojos. Dormía en posición fetal, de cara a la ventana, vi las cortinas moverse con la brisa. De repente, un zumbido. Algo se movía: eran serpientes dentro del colchón. Las notaba bajo todo mi cuerpo, escuchaba cómo raspaban a su paso la superficie sobre la que dormía. Quise moverme, dar un brinco e incorporarme, gritar, volverme loca, tirarme de los pelos… y no pude. Estaba totalmente despierta, mis sentidos me mandaban señales claras, peligro, terror, y yo allí estaba, inmóvil. Una presión en mi pecho no me dejaba respirar.

Y a los pocos segundos, pude. Tomé una bocanada de aire y las serpientes dejaron de moverse y hacer ruido. Lo comprendí al instante y deseé que nunca jamás me volviera a pasar. Tardé en dormirme de nuevo.

Anoche volvió a suceder.

Soñaba también: una sirena enfadada, tumbada en una mesa redonda de madera maciza, me miraba. Quise pedirle perdón alargando mis brazos hacia ella. Al sentir la presión de sus manos en mis muñecas me desperté de repente.

Abrí los ojos.

Estaba tumbada boca arriba, con los brazos extendidos a ambos lados de mi cuerpo. Un zumbido creció fuerte en mis oídos, terrorífico, mientra algo tiraba de mis brazos hacia abajo. Sobre mi cuerpo vi cómo flotaba una figura gris y azulada: buceaba en el aire. Su cabeza calva y redonda miraba hacia otro lado y sus brazos, extendidos, agarraban mis muñecas. Agarraban fuerte y tiraban, tiraban, tiraban hacia abajo.

Y no me podía mover.

Pensaba: sé lo que está pasando. Tranquila. Tranquila. Si tratas de respirar te ahogarás. Supe que si aquella figura giraba su cara para mirarme sería mucho peor. Quise decirle “No Eres Nadie”. Lo intenté una vez, pero mis cuerdas vocales no respondían. Sigue intentándolo, me dije. Traté de decirlo una vez más. Y otra vez. Y nada.

Al quinto intento logré emitir sonidos quebrados de aire y miedo. Hicieron falta otros tres o cuatro “No Eres Nadie” para que, poco a poco, el zumbido se suavizara y la figura lentamente dejara de apretar mis muñecas. Se desvaneció mientras yo, por fin, pude enunciar perfectamente las palabras con las que me defendí de la angustia. “No Eres Nadie”

Tardé en dormirme.

Menuda putada de noche.

Gen.

El Grito del Índigo