www.genocation.com nació hace ya más de trece años, era una página de fondo negro, enmarcada en dibujos de fantasía. La segunda versión empezó a tener palabras. La tercera se tiñó de blanco, se volvió serena y empezó a viajar. La cuarta intentó adaptarse a un nuevo lugar, a un nuevo idioma. Esta versión 5.0 se adapta a mí.

Me llamo Gen, tengo distintos hogares, muy distantes entre ellos, y dedico mi vida a quererlos y odiarlos al mismo tiempo, a aprenderlos y a buscar territorio común. Me enfado con el mundo, a veces, busco cosas que rara vez encuentro, duermo poco y dibujo a ratos. También tengo trabajos, claro, pero esos van cambiando. Y por si a alguien se le ocurriera ofrecerme un cambio, aquí dejo todas mis formas de contacto. Bienvenidos

El silencio infinito.

Hay un silencio infinito que empieza en mi ventana y llega hasta la India.

Creí que era el frío gélido del invierno recién llegado, que se cuela por las rajas de las puertas y tira las fotografías al suelo. Pero no es el invierno lo que se me mete en la espina dorsal, es la certeza del amor que se va esfumando tan poquito a poco que no nos damos cuenta.

Es hoy, sentada en la ventana, con dos jerseys, una bufanda y un gorro – y aún encogida de frío -, cuando el tiempo se detiene de repente, y ahora las nubes están quietas, y no pasan coches por la calle ni se oyen sirenas ni el viento entre las hojas. Es hoy en la quietud, cuando me doy cuenta de lo cruel que es el calendario, lo violento el tiempo, la impasibilidad con la que los meses nos han dejado sin amor ni fe.

Todos los abrigos son muy finos y el sol no dura lo suficiente. La casa parece mucho más grande. El silencio retumba al mismo ritmo que las calles. Es el silencio de las máquinas, el silencio que no otorga y con el que compramos la duda. Es el silencio infinito en el que las palabras dejan de oírse según van brotando.

El calendario no nos dio tregua. Falta un mes para llegar al año desde que decidí que la solución estaba en poner tierra – y océano – de por medio. Me dijeron que un año era más que suficiente para aprender a caminar. Faltan treinta días para conseguir que el silencio se calle, llenarlo de voces. Llenar el silencio de ideas.

Queda poco y el calendario no da tregua. Que la música ayude. Que la sopa de pollo ayude.

Gen.

Cortes de pelo, billetes de avión.

No soy supersticiosa, sí un poco maniática.

Y con maniática no quiero decir que camine por la calle evitando pisar las líneas que forman los adoquines, o que cierre, abra, cierre con llave tres veces ántes de un exámen. No. Pero sí es verdad que he ido creando ritos, costumbres, que – a veces sin querer, otras queriendo – tienden a repetirse en ciertos episodios de mi vida.

Fue de adolescente cuando empecé a cortarme el pelo yo misma: antes lo solía hacer mi madre, con algunas – pocas – excepciones de peluquería. Años más tarde, ya de guapa y feliz universitaria, solía llevar el pelo muy largo, rizado, caótico.

En algún momento igual de caótico – algún punto de inflexión, probablemente, uno de esos momentos decisivos, un “ya está bien” -, me metí en el baño, tijera en mano, y empecé a cortar. Al principio con control, cortes bien pensados, esto más corto que esto, misma medida aquí que allá. Pero se me fue calentando la mano. Ahora era yo frente al espejo, agarrando mechón por mechón – uno, ¡zas!, otro, ¡zis! ¡zas! – y cortando sin compasión. Qué más da si meto la pata: teniendo el pelo rizado los trasquilones no se notan.

Recuerdo aquella primera vez como algo extático – mejillas sonrosadas y el cigarrito de después. Recuerdo pensar “pues ya está, fue un buen comienzo, ahora podemos cambiar todo lo demás”. Recuerdo saberme con fuerzas para todo, como si yo fuera el anti-Sansón. “Cortarme el pelo me da el poder”. Como una purga necesaria, como si fueran las dudas y las inseguridades las que se deslizan por cada pelo hasta las puntas, abriéndolas y clareándolas, puntas que pesan y me enmarañan la cabeza.

Sé que soy maniática con el simbolismo. Pero sirvió de mucho aquella vez, y siempre sirve. Desde entonces hubo muchos cortes. Algunos más radicales – de melena que cubre la espalda a melena que muestra la nuca – y otros menos.

Y luego, el algún momento, empezaron los viajes. El billete de avión se convirtió en el símbolo de una intención encubierta de cambiar las cosas y alejarme por un tiempo de todas esas dudas que me crecían en las puntas.

Reviso el historial de viajes y cambios de look. Veo el patrón: uno siempre viene después del otro.

Ayer, pasaba por el baño y me lavaba las manos. Pensaba en mis cosas, me quedé mirando al espejo y entonces, una certeza inmediata, como un vuelco al corazón: Tengo que cortarme el pelo. Muy corto. ¿Quizás por encima de los hombros? Voy. Las tijeras. Voy.

Es fácil reconocer esos momentos, declararme maniática me ha ayudado a descifrarlos. Y no es por no cortar; cortar siempre es bueno. Pero está bien saber que algo más tenemos que hacer. Esta vez pasó, dejé las tijeras en su sitio y volví al puesto de trabajo con varias incógnitas en la cabeza:

¿Cuándo será necesario el corte?
¿Pronto viajaré?

Gen.

El fin del mantra.

Hace varias semanas decidí reformular mi modus operandi para la vida. Necesito cosas fáciles, me dije, pero claro, sin comprometer la belleza de las cosas, eligiendo solo aquello que pueda ser bueno para mí.

Me impuse un nuevo objetivo: buscar siempre lo bueno, bonito y fácil. Bueno, bonito y fácil. Buenobonitoyfácil, me repetía como un mantra al levantarme cada día y enfrentarme a nuevas decisiones.

Fue bien. Por unos días.

Ahora veo cómo, de nuevo, caigo en la trampa de complicarme la vida. Y es que no lo puedo evitar. Es un agujero negro, lo veo de lejos, me atrae. Qué curioso, pienso, y me acerco. La gravedad aumenta pero apenas me doy cuenta, me acompaña mientras me aproximo. Qué bonito, se traga la luz, mira, ahí hay un planeta que se convierte, despacio, en algo parecido a una cuchara. Se lo traga, y yo sigo pensando que aquello, que es precioso, no puede no ser bueno.

No tardo mucho en llegar al Horizonte de Sucesos. Solo un instante ántes me doy cuenta de lo que está pasando.

¡Ahhh!

Ya está. La cagué. He pasado el punto de no retorno: el agujero me traga y no hay vuelta atrás. Parecía estupendo, todo eso de la luz y la cuchara, cuando aún había salida, y ahora el agujero me traga a mí. Y no, no es fácil.

Un momento, espera. Pero ¿qué estoy diciendo? No es la primera vez que me pasa. Esto lo he sentido muchas más veces. Me tragó el agujero cuando agarré mochila y cambié una Navidad en casa por perderme en el Himalaya. Me tragó cada vez que conocí a las personas más importantes de mi vida. Me traga cada vez que escribo una línea de código más, durante 9 horas cada día. El agujero negro se me traga todas las veces que repaso, una por una, las razones que me hacen sentir que, por fin, vivo en Madrid.

Un momento, espera. Este agujero está lleno de todas las aventuras de mi vida, de todos los amores – sobre todo, los amores -, está lleno de color.

Un momento. El agujero no es oscuro ni infinito, es una fuente de luz. Es lo que me permite dibujar cada día, escribir palabras de esperanza cada dos.

Espera, este lugar que tanto vértigo da es el lugar donde más me gusta estar. Es el lugar que yo elijo.

Quizás es que todavía no me he estirado lo suficiente, pero hoy por hoy puedo decir que, con todas las ganas del mundo, pienso mandar mi mantra a tomar vientos.

Bueno y bonito, sí, claro, pero si no es fácil pues que no lo sea.

Gen.

This wicked little town.

La primera vez que vi Hedwig and the Angry Inch estaba acompañada. Él, rockero transgresor, artista empedernido y mi novio en aquel entonces, ya la conocía. Palomitas, cerveza, un sofá cómodo, play.

Recuerdo que no dejé de mirar a mi acompañante, como buscando una explicación – Pero-Qué-Coño me has puesto. Él no apartaba la mirada de la pantalla y en silencio sus labios seguían las letras de todas las canciones. Salí de allí maravillada, pero ahora sé que aquel día en realidad no entendí mucho.

Ahora la pongo y soy yo la que no puede apartar la vista, la que canta en voz alta, una tras otra, todas las canciones de Hedwig. Parece difícil identificarse con una transexual de Berlín del Este cuya operación de cambio de sexo no salió del todo bien y que recorre los Estados Unidos contando su historia mientras respira Rock’n Roll. Y sin embargo, el viaje de Hedwig es el de todos nosotros, el de la búsqueda, el del amor, el de la aceptación de uno mismo. Hedwig y su pulgada enfada, su banda de inmigrantes, siempre – ¡Siempre! – me hablan desde dentro.

Por eso hoy le hago un homenaje a esta película, sus creadores, su música, sus maravillosas canciones, y digo gracias: Gracias por acompañarme todos estos años.

Gen.

Ombligo Santo.

Me despierto esta mañana – más bien tarde – y lo primero que hago es buscar los pinceles y abrir el cuaderno, buscar hojas limpias que no hayan traspasado – tanto rollo con el Moleskine, pero luego…

Ya sabemos que yo siempre empiezo mis dibujos por los ojos, pero esta vez tuve que empezar por el ombligo. Anoche lo vi bailar, en el centro del cuerpo de Marina. Bailaba con la respiración y con el silencio, bailaba con la quietud, con la tensión de lo que está a punto de estallar. Bailaba con los ojos, bailaba a gritos.

Anoche me quedé clavada en mi butaca mientras la frase “bailando con todo su cuerpo” cobraba un nuevo significado para mí.

Solo diré que fue emocionante, y que deseé tener un cuaderno y todo el tiempo del mundo para pintar todo lo que vi.

Gen.

[Álzate, oh día, álzate alto, más alto,
que la luz del sol deshaga el gris de la noche.

Allá lejos está mi madre.
Aquella que me llevó en su vientre yace ahora sobre el musgo,
sobre el regazo de los árboles tenues y lejanos,
al borde de una larga nube.

Oh, hogar del inframundo,
el cielo es mi abuelo,
y mi abuela es la tierra.
Oh, cielo, oh, tierra.
Oh, tierra.

Álzate, oh día, álzate alto, más alto,
que la luz del sol deshaga el gris de la noche.]

Relaciones de Mentat.

A Mentat is a human in Frank Herbert’s fictional Dune universe who has been specially trained to mimic the cognitive and analytical ability of electronic computers. […] Mentats cultivate “the naïve mind”, the mind without preconception or prejudice, so as to extract essential patterns or logic from data and deliver useful conclusions with varying degrees of certainty.

Porque a veces resulta más sencillo pensar que no llevamos el mismo estándar ISO, o que no estoy actualizada y no soporto tu protocolo. Discutimos, y pienso que es un problema de variables, quizás sean de un tipo distinto. Uno es entero de 32 bits, la otra es de coma flotante: en la conversión perdemos datos. O si no, ¿es el mapa de caracteres lo que falla?

Los días malos se los achaco a la arquitectura. Soy un MVC mal implementado, me digo. Mi Controlador se intenta saltar el protocolo de la Vista. No quiero la distorsión de una interfaz de usuario contigo, pienso, e intento comunicarme con tu backend. Pero claro, no hay manera, no tienes API, ni documentación que me ayude.

Luego intento figurar tus funciones por mi cuenta, pero tu código es ofuscado y no hay comentarios. Maldigo a tus programadores por un rato. Pero al final, ¡Eureka!, encuentro tus funciones – son casi iguales que las mías. Eso sí, privadas, todas privadas, inaccesibles, no responden a mi llamada. Unexpected Error, me dices, la función no existe.

¿Por qué no habrá ningún entorno de desarrollo especial para nosotros?

Todo esfuerzo es inútil. Cierro mi Vim (:q!) y me siento a esperar a que algún día decidas migrar tu código. Y yo, mientras tanto, me vuelvo recursiva.

Gen.

No se me olvida tu cara.

Bajo con cuidado el bordillo de la acera: en esta ciudad son altísimos y están rotos, y yo llevo tacones (una de las tres veces que me los he puesto). Camino varios pasos por la calzada, bordeando el aparcamiento de motos hasta donde tú estás, parado, con tu moto en marcha, mirándome con esa sonrisa guasona. Tu moto es una Royal Enfield, la nueva Thunderbird, y yo sé que esa moto pesa un quintal. No haces nada. Apoyo el pie en el lateral de la moto, flexiono la rodilla. Y entonces empujo, de un golpe, FUERTE.

Vuelcas, la moto te atrapa una pierna. Vuelcas y te haces daño. Te hago daño, pero no tanto como me gustaría. El guardia de seguridad no habla mi idioma (o más bien yo no hablo el suyo), me mira sorprendido, plantado ahí sin hacer nada. Es bajito y escuálido: eso es lo que hace la vida con uno cuando se crece en un slum. Ahora es cuando me toca correr. La fiesta está al lado, mis amigos están dentro. Hay seguratas grandes en la puerta del garito: en un instante lo he pensado todo, todas las posibilidades.

Sé que una ofensa así, a una mujer no se le perdona, sobre todo si la mujer es extranjera y tú eres un político adinerado (o eso dice de ti tu vestimenta y tu facha, traje de camisa y pantalón blancos, enorme mostacho, piel no muy oscura, una buena barriga a tus 45 años). ¿Qué harás? ¿Esperar a que acabe la fiesta? ¿Llamar a tus amiguitos y entrar? Pienso que mi moto está a salvo mientras el de seguridad siga guardando el aparcamiento.

Pero no. No hago nada de eso, porque las posibilidades son incalculables, y porque llevas persiguiéndome desde mi misma calle. Pienso que no es difícil encontrarme, en mi barrio todo el mundo me conoce: soy la única blanca que camina por el barro, que desde hace tres años compra su propio agua en la tienda de la esquina. Soy la única blanca del barrio que lleva a casa la bombona de gas en su moto.

No hago nada de eso. Me quedo congelada mientras me miras, ahí parado en tu moto, la sonrisa burlona. La sonrisa burlona de impunidad. Sólo te grito “Get out! GO! Leave me alone”. No te altera, al revés, te hace sonreír más y repites otra vez ese gesto asqueroso que llevas haciendo los últimos cinco kilómetros mientras conducías en paralelo con mi moto. Y entonces es cuando me doy la vuelta, y desearía no haberme pasado media hora poniéndome guapa para la fiesta, con mi vestido nuevo y mis tacones, y mi pelo bien peinado, y los ojos pintados. Me doy la vuelta y camino intentando hacerme chiquitita (imposible midiendo 1’90 con esos zapatos), lo más rápido posible, hasta la puerta del local. Desde la seguridad de los dos inmensos gorilas, vuelvo a mirar, y entre los árboles te veo en el mismo sitio, los mismos ojos.

No fue una buena fiesta y después me fui sola a casa, en mi moto, con los brazos en tensión, el espray de pimienta en el bolsillo y mirando, constantemente, por los retrovisores en busca de la luz frontal, familiar, de la Royal Enfield Thunderbird.

Esto es lo que pienso cuando no me puedo dormir: no se me olvida tu cara, hijo de la gran puta.

Gen.

Y mientras tanto:
No hay música.

Los primeros colonos espaciales.

La paradoja de los primeros colonos espaciales es un relato típico en la literatura de ciencia ficción. No recuerdo dónde la leí por primera vez, pero siempre me causó una cierta sensación de iquietud.

La historia cuenta que, tras décadas de investigación, los científicos de la Agencia Espacial Antártica (porque ya estamos todos muy hartos de que en todos los relatos futuristas los Americanos tengan un papel tan protagonista así que, ya que escribo yo la historia, pongamos que son los científicos mundiales, los más soñadores, esos que, por no estar atados, resbalaron por los meridianos hasta juntarse todos en el polo Sur) encuentran por fin un sistema planetario orbitando en torno a una estrella lejana de nuestra querida Vía Láctea. Hay planetas de gas, planetas de hielo, rebaños de asteroides, lunas enormes, pero también hay un planeta especial. Isabella, lo llaman, y es de roca y océano. Hay montañas, viento, arena, erosión. Hay ríos y mares, cúmulos y nimbos. Hay un 31% de oxígeno, y lo mejor de todo: no hay pobladores.

Así que los científicos Antárticos deciden mandar una primera partida de colonos hacia Isabella. Para ello diseñan una nave que viajará a una velocidad espeluznante y llegará a su destino en nada menos que 72 años, tiempo en el que sus tripulantes permacerán criogenizados.

Tras meses de construcción, selección de colonos – nada de ladrones y asesinos -, entrenamiento y demás preparativos, la nave, a la que bautizaron como Atahualpa, inicia su viaje.

En ese momento, los colonos despegaban de la tierra, de sus vidas, y para ellos todo se congelaba. El tiempo dejaba de existir y, allí abajo, a cámara rápida, la gente envejecía, moría, nacía. Las guerras terminaban, otras empezaban, las lenguas morían y, por supuesto, la ciencia avanzaba.

72 años después, los jóvenes colonos despertaban – cuando ya hubieran muerto sus hijos – y la nave Atahualpa aterrizaba en un puerto espacial construído en hormigón. Ellos miraban incrédulos por los cristales. Veían una grada repleta de gente que ondeaba cientos de banderitas de la Antártida. También un grupo de políticos con traje que sostenían ramos de flores rodeados de fotógrafos. A su lado, una gigantesca tela cubría lo que parecía ser una estatua.

“Hemos vuelto a la tierra”, pensaban los colonos, “algo ha sucedido y la nave ha dado media vuelta. Pero este no es mi Sol, aquellas no eran mis lunas”

Se oían aplausos mientras bajaban aterrorizados de la nave. Vitoreos. “¡Viva!” gritaban desde las gradas en su mismo idioma. “Bienvenidos a Isabella”, decía una de las políticas por un micrófono, “Llevamos cincuenta años esperándoos”.

“Diez años después de que Atahualpa partiera, la ciencia ya había avanzado lo suficiente para viajar aquí en siete años. Vinimos, construímos ciudades, puertos, minas. Pero la civilización Isabelliana os recuerda como los verdaderos héroes.”

“Salisteis los primeros y fuisteis los últimos en llegar”, y la tela dejó al descubierto una estatua de los tripulantes de la vieja y obsoleta nave.

La paradoja me inquieta, pero no sé muy bien por qué. ¿Quizás por la pérdida de propósito? ¿Qué hicieron cuando llegaron a una ciudad totalmente construída, 72 años por delante de su tiempo?

Su misión era llegar a un planeta vacío, su privilegio, poder poner el reloj a cero, pero llegaron a un mundo ya existente, un mundo en el que sus nietos eran adultos desconocidos en alguna parte de la galaxia. Los primeros colonos espaciales aterrizaron en ninguna parte, murieron el día en que su nave despegó de la tierra. Quizás decidieron viajar por el nuevo planeta, como los antiguos exploradores del planeta orígen. O quizás decidieron, simplemente, envejecer.

Hace un par de días soñé que una voz de nube me contaba esta misma historia por las ondas radiofónicas, pero con una ligera variación. Los primeros colonos espaciales, decía, tuvieron muy claro qué llevar en su equipaje: semillas y poemas.

¿Cómo cambia así la historia?

La verdad, no lo se. Pero ahora me causa mucha menos inquietud.

Gen.

El beso de la mala suerte.

‘I have this natural immunity against poisons, toxins, the pain and suffering of others. Go figure.’
Poison Ivy

Este dibujo se lo dedico a Milo Manara: gracias, machote, tu portada “alternativa” para Spider Woman es inspiradora.

Gen.

Nunca nos faltará la sed.

Los que vivimos en esta ciudad del regreso, que no se llama Madrid sino otro nombre distinto, los hijos pródigos, las hijas valientes, todos conocimos al monstruo de las aguas. Es inmenso, nos acecha en nuestros sueños y hace que nos despertemos con sed.

Nos dicen que suenan los ríos, que vienen las lluvias, que arrasan las olas, pero nos engañan. Este monstruo no existe pero pisotea todo lo construído, el ladrillo, el asfalto, arrastra los coches Gran Vía abajo. A nosotros nos moja los calcetines, nos deja en pie de guerra.

Líate el dupatta a la cabeza, me aconsejan desde el espejo, se acerca la sequía. Conviértete en zahorí, escarba con los dedos, ensúciate las uñas, encuentra tierra mojada. La piel se nos fue, hace ya muchos años, ahora se nos queman las mejillas.

No hay descanso, caigo en la cama derrotada y las sábanas son un desierto que suena como el papel. Me difumino como un borrón para dibujarme en mis sueños, de color azul y espuma blanca. Esta noche arrasa ciudades, levanta árboles de cuajo, los animales ya salieron corriendo hace trece horas. El monstruo de las aguas se hace más grande a cada noche, y más pequeño a cada día.

Dicen que la sed nos hace volvernos locos, que vemos gotas condensadas al otro lado de los cristales, en las yemas de los dedos. Dicen que hay trajes en Arrakis que nos permiten bebernos la humedad de nuestros cuerpos.

Pero eso a nosotros no nos sirve, a nosotros sólo se nos sacia cuando se nos lleva la ola.

A nosotros, que nunca nos faltó el agua, ya nunca nos faltará la sed.

Gen.