www.genocation.com nació hace ya más de trece años, era una página de fondo negro, enmarcada en dibujos de fantasía. La segunda versión empezó a tener palabras. La tercera se tiñó de blanco, se volvió serena y empezó a viajar. La cuarta intentó adaptarse a un nuevo lugar, a un nuevo idioma. Esta versión 5.0 se adapta a mí.

Me llamo Gen, tengo distintos hogares, muy distantes entre ellos, y dedico mi vida a quererlos y odiarlos al mismo tiempo, a aprenderlos y a buscar territorio común. Me enfado con el mundo, a veces, busco cosas que rara vez encuentro, duermo poco y dibujo a ratos. También tengo trabajos, claro, pero esos van cambiando. Y por si a alguien se le ocurriera ofrecerme un cambio, aquí dejo todas mis formas de contacto. Bienvenidos

El Filtro.

Al principio decia, esta lluvia no me deja ver. De tan espesa.

Pero hoy me he percatado de que, en realidad, es al reves. Esta lluvia actua como un filtro contra lo mentido, lo inventado y lo soñado, limpia la realidad y te la deja ver, como recien salida de un lavacoches, impoluta. Reluciente.

Las cosas se ven mucho mejor tras una cortina de lluvia monzonica. Estos tres meses son, por lo tanto, una epoca delatadora, les deja expuestos. Los colores se convierten en gris y marron, el sol se oculta rapido y los contrastes son menores. Todos estamos, a la vez, manchados de barro el mismo tramo de pierna. Todos caminamos descalzos por las riadas.

La espiritualidad hace ya mucho tiempo que deje de verla, y ahora lo exotico se difumina. Me sorprende darme cuenta de que, detras de esa loca secuencia de fonemas nasales con los que el conductor habla Telugu por telefono, en realidad se esconde la conversacion mas trivial y previsible de las que se escucharon hoy en la linea 6 de metro, Principe Pio-Moncloa.

Quizas es la epoca del año pero, maldita sea, somos todos tan iguales.

Mientras disfruto de la lluvia, me desespero buscando piso. Y desde el unico internet que tengo, escribo aqui, por primera vez, sin musica y con una foto sacada de Internet. Hasta pronto.

Gen.

Hindustan Times.

Supongo que me gustó, que se quedaron demasiadas cosas allí por hacer – igual que se quedaron en Buenos Aires, igual que se quedarán cuando vuelva, igual que se quedarán en cada sitio – que la música se metió dentro de mí. O que quizas pertenezca, por el momento, a la tierra donde todo viene escrito en un cuento (Saraswati vigilando a su esposo desde las alturas).

Supongo que me gustó, que no pude soportar la idea de darle un final tan pronto. Así que mañana a estas horas estaré sobrevolando el Mar Arábigo, mirando desde arriba cómo se recorta la costa Oeste del país que será mi casa durante los próximos meses.

Quién sabe. Me voy con alas en la maleta, con un cuaderno en blanco y una varilla de incienso para decirle a Ganesha: “Namaste. Qué tal. Volví antes de lo previsto”.

Gen.

El Tercer Continente.

Como en un trampolín, desde Sudamérica ya vislumbro el siguiente viaje. Este es el año de los tres continentes, vivo en Argentina siendo europea, y en escasos dos meses estaré haciendo la maleta para marchar a mi siguiente cruz en el mapa.

Me voy al sur de Asia, al sur de mi idolatrada India, a una pequeña ciudad tranquila y apacible a trabajar, o estudiar, o ambas, bajo el yugo de una novísima y enorme empresa de Tecnología de la Información y la Comunicación.

Lo bueno es que nos juntamos muchos en la misión de explorar el universo. Aún nadie salió del planeta, pero por el momento ya somos dos en Asia, dos en África y otros dos en América, norte y centro.

Mientras tanto, los peces vuelven a flotar sobre mi cabeza. Les estaba extrañando, chicos.

Gen.

Plácida como una vaca. Dulce como una ciruela.

Tengo que contar que, hace casi un par de semanas, me di un buen susto.

Cuando miré el calendario y taché el 28 de Marzo se me cayó el boli al suelo pensando que ya se había cumplido el mes. Fui corriendo a darme una ducha fría, para pensar mejor. Qué demonios hago, carajo, llevo un mes en Argentina y apenas lo conzco. Aún no fui a Boca a recorrer las míticas calles multicolores de Caminito, todavía no he probado el mate, no he comido alfajores. No he ido al teatro Colón, no he visto un buen espectáculo de tango en directo. ¡Ni siquiera he conocido gauchos a caballo! Qué angustia.

Por fortuna el duendecillo bueno de mi casa se metió en mi ducha y me dijo “dejate de boludeces”. Me dijo, “pasó un mes pero ya tenés un departamento espectacular, te mudaste, te adaptaste, te hiciste un hueco en un despacho de una universidad nueva y leiste cientos de artículos sobre todas esas historias en las que trabajás”.

Me dijo “dejate de estreses, ahora que vos estás bien adaptada, ahora es cuando toca empezar a moverse”.

Y así fue como el duendecillo hizo su tarea y, sin quererlo ni beberlo, se nos apareció la primera visita de la temporada.

Pedro y Paola son novios desde hace muchos años. Casi casi desde que ella y su familia decidieron abandonar su pueblo, un lugar llamado La Banda, y cruzar el charco para llegar a vivir en España. La Banda se quedó en Argentina, a unos 1200 kilómetros de Buenos Aires, en una provincia llamada Santiago del Estero. Allí se quedó también la casa donde todos se criaron, se quedaron Gladis la abuelita india, la blanca abuelita Clota, se quedaron tíos y tías, hermanos, primos, hijos, amigos, vecinos, muebles, alfombras, costumbres y la hora del mate, que es la que los reunía a todos.

En España Paola conoció a Pedro y la nostalgia por todas aquellas cosas hizo que, poco después, la pareja se convirtiera en viajante habitual del país.

Cuando Paola y Pedro se conocieron, él ya sufría la mayor locura de la carrera de Ingeniería Informática, las prácticas. Su compañero de prácticas, Jose, poco después de acabar la carrera, se echó una novia loca. Ella quería marchar a Argentina y Jose se fue con ella. Este cuento ya os lo sabéis.

Unos vienen y otros se van. Como siempre me dicen los taxistas porteños, “vos venís a Argentina, y por acá están todos re-locos por marchar para allá”.

La coincidencia, el mundo pequeño, el mundo pañuelo, hizo que todos acabáramos en este país durante la última semana. Les tocaba hacer la visita ritual a toda la gran porción de vida que se había dejado Paola por aquí y, de paso, nos ofrecieron unos días de adopción santiagueña.

Plácida como una vaca, dulce como una ciruela. Así era Santiago del Estero cuando Gombrowicz la describía en su Diario, en torno a los 50. Y así sigue siendo décadas después, la ciudad, sus pueblos, su gente, su viento, sus costumbres. Y plácidos como vacas vivimos nosotros durante tres días en los que comimos asado y degustamos tortas (o tartas) junto a nuestros tios, tías, primos, abuelas, vecinos y amigos adoptivos.

Si sólo pudiera describir el sosiego de cada uno de los minutos en las sillas de metal de la galería que da al jardín, de cada una de las vueltas que dan las hélices del ventilador de techo, de ese colibrí que aletea despacio, despacio… Los besos de la Negrita, las palabras argentinas de Ramón cuando habla de su juventud en la marina. Los ojos del joven indio cuando sueña con viajar a España, “sacáte el pasaporte, Indio, sacátelo ya, ché”, le dice su prima.

Después de esos tres días, el autobús nos devolvió a Capital en doce horas. De plácidas vacas pasamos a ser turistas en pleno furor. De tomar mate en el porche viendo circular constelaciones, pasamos a la locura del colectivo, a las miles de fotos en las calles de Caminito, al paseo por Costanera Sur, por Puerto Madero, la cerveza y el tango en la Plaza Dorrego, la visita nocturna a la Plaza de Mayo, el calor del Subte y los Bosques de Palermo.

Entonces se acabó la semana, Paola y Pedro se fueron, y nosotros nos volvimos a quedar solos en casa. Pero ahora el duendecillo, sentado esta noche a mi lado, en el sofá sobre el cojín naranja, me dice “¿viste?, para qué tanto agobio”.

Me dice “ché, empezaste re-bien el mes de Abril,

¿viste?”.

Gen.

Mi Casa.

Hace muchos años hice mía una muy mala costumbre. O buena, o regular, no sé. Digamos que me construí mi propio método de terapia para decepciones y depresiones varias. El método consistía en navegar por internet y buscar piso. Así de simple.

No importaba la ciudad, la intención o el grado de realidad que pudiera tener la búsqueda. Incluso a veces no importaba ni el precio. Sólo el piso, el barrio, el aspecto, el tejado. La posible vida que pudiera llevar yo allí. Me pasaba días mirando anuncios, mirando fotos, y me iba a la cama con mil sueños.

He de decir que a veces me arrepentía de pasar tantas horas en mi absurda búsqueda, viajando de nube en nube, tardes enteras. Un día se lo conté a una de las mujeres más apasionantes de mi vida. Ella conducía, miraba al frente y asentía. No le sorprendió, me dijo que ella hacía lo mismo.

– Bueno quizás no sea lo mismo, yo busco casa. Con jardín. Y luego además llamo. Y pregunto el precio.

Sea como sea, lo había hecho tantas veces, que cuando busqué piso de verdad, apenas noté la diferencia.

Hoy domingo cumplo dos semanas en mi piso. Son las siete de la tarde por aquí, el calor y la humedad son insoportables pero, por lo menos, ya empieza a refrescar. Es el momento perfecto para beber jugo de manzana, que no zumo, y tirarme en mi sitio a visitar mi fracción de internet.

Y es que ya tengo algo parecido a mi sitio plantado en cierto punto del sofá.

Ya hay cosas que podría decir que hago siempre. Las cosas empiezan a tener su función, empiezan a ser irremplazables. El cojín naranja es cómodo para la cabeza, el verdoso es perfecto para ir a dormir, el rojo pequeño es donde apoyo el portátil en momentos como este.

Por la mañana caliento agua, la tetera de aluminio pierde su contenido gota a gota. Cuando hierve, hago el café, medio litro, para desayunar y para el resto del día. El café es suave, así que a veces hasta lo tomo solo. Mi taza es naranja, la de Jose roja. Mi despertador lo oigo, el de Jose no suena nunca. La ducha es caliente o fría cuando quiere (normalmente fría con Jose y caliente conmigo).

En la puerta de la nevera un imán sujeta el teléfono y la carta de nuestro Chino de cabecera. Lo más rico, los arrolladitos primavera, los fideos de arroz saltados (que no salteados), la carne saltada con salsa Sa-Tza. Lo trae un chino en moto que habla poco español con un curioso y marcado acento argentino. Tengo en el barrio ciertos sitios frecuentes, como la parrilla donde el chorizo está exquisito y que se llena cuando hay partido del Boca. O la tienda de enfrente donde hornean empanadas de carne picante y la mejor pizza napolitana del mundo.

Tengo un balcón perfecto, grande, con unas vistas de las que ya he hablado demasiado. Pero no puedo evitar seguir hablando. Un balcón donde caben sillas y una mesa con unas copas y unos panchitos. Y unos amigos. Delante del balcón, tengo un suelo infinito lleno de edificios de mil ciudades, altos rascacielos rodeados de casas de muñecas, rodeadas de azoteas donde vuelan las sábanas, rodeadas de fachadas de ladrillo viejo, rodeadas de altos rascacielos. Encima tengo un cielo más infinito, con nubes de todos los colores, que cuando quieren son temibles. Con lo que a mí me gustan las nubes.

Tengo parques cerca, montones. Uno japonés, otro con lagos y cabezas de poetas, otro con árboles centenarios, otro plagado de hormigas y familias los fines de semana. Otro de jugadores de voley, otro de perros futbolistas, uno de ancianos jugadores de ajedrez.

Mi casa es mía. En el primero de estos catorce días conquisté la terraza, luego la tetera, más tarde la ducha, el sofá, el helado. Luego la tienda de empanadas y pizzas, el chino, las vistas, el café, un cojín naranja para la cabeza, naranja como mi taza. Después conquisté parrillas, parques, perros y alguna que otra calle.

Aún me queda mucho por conquistar pero, por ahora, lo que ya es mío, me gusta.

Y bueno, tengo también un calendario con fotos de todos los que me lo regalaron, donde apunto visitas, futuras visitas, anheladas visitas, visitas que echamos mucho (mucho) de menos.

Gen.

Primeras Impresiones.

Hay tantas canciones que hablan de Buenos Aires, que uno no sabe qué esperar. No sabe ni siquiera si debe esperar. ¿Por qué hay tanta gente enamorada de esta ciudad y a mí aún no me ha atrapado? fue una de las preguntas que me hice la primera noche, antes de dormir.

Al día siguiente nada era lo mismo, uno sale a la calle cada día dispuesto a rehacer sus primeras impresiones. Cada esquina es una ciudad distinta, cada cuadra tiene una frutería, cada cruce es el reino de un perro. Poco a poco voy sacando rasgos, como el que agarra un lapiz a distancia de un brazo, para ir pintando un boceto de ciudad. Es la ciudad cambiante, la ciudad universal.

Hace casi dos semanas que estoy aquí y no soy consciente ni de la velocidad a la que pasó el tiempo. Casi fue ayer cuando estábamos aterrizando, y me cuesta pensar que el contrato de mi hogar lo firmé hace tan solo cinco días.

Ahora tirada en el sofá, con la cocina repleta de las pruebas de una cena típica argentina, pienso. Estoy bien, contenta de haber venido. Vivo en una casa que dificilmente hubiera podido imaginar, un séptimo, naranja, que mira hacia el Oeste para no perderse ningún día los mejores atardeceres sobre el suelo más heterogéneo. Una casa preciosa donde sus paredes, naranjas, ya tienen las fotos de todos aquellos que nos faltan por aquí.

Y ya que estreno ciudad y casa, qué mejor que renovarse del todo y reestrenar esta segunda casa. Me tomé mi tiempo para plantar un nuevo árbol y pintarlo todo a juego con mi salón.

Ahora me voy a la cama, mañana toca conocer una ciudad desde cero, como cada día.

Saludos y besos a los que estáis lejos. Creedme que no me he equivocado, que estoy en mi sitio. Ya se ocupó de avisarme mi pequeño y gracioso dios cuando al llegar a mi piso, lo único que tenía era cortinas naranjas y una botella vacía de Bombay.

Gen.

Por qué me voy.

Learning agreement. Escriba en el siguiente espacio de doce por dieciocho unas líneas que expliquen su motivación académica y profesional para solicitar esta beca de estudios en Latinoamérica.

Veamos, hablo de números, de prestigio, de relaciones internacionales. Hablo de estudios, proyectos, de colaboración con empresas. Hablo, todo esto suena muy bien.

Student motivation, academic proposal.

Hablo, hablo, hablo. Relleno huecos de doce por dieciocho. Lo leerá una funcionaria que pondrá un sello, lo leerá otra que lo meterá en un sobre. Lo leerá el último que afirmará complacido con un leve movimiento de cabeza.

Cuéntenos, querido estudiante universitario, ¿por qué se va?.

Pregúntamelo, Burocracia, pregúntamelo una vez más, y entonces te diré la verdad.

Cuénteme, próspero y excelente alumno, por qué se va.

Pues mira, me voy por amor.

Me voy porque hace unos años me enamoré de una tierra en la que los colores eran diferentes. Porque sentir en aquella tierra era como si cada poro de tu piel fuera del tamaño de una aceituna. Me voy porque allí la música lo cubre todo y explica atardeceres, montañas, noches de fuego. Porque allí las aguas cantan, las gentes cantan, los ojos cantan.

Me voy allí porque el arte se convierte en un grito de socorro, un intento de expresar en voz todavía más alta. Porque allí las historias son más verdaderas, y las invenciones más inventadas, porque las creencias tienen sentido, las tradiciones son explicables, y los misticismos son necesarios. Me voy a esa tierra porque allí la historia es ineludible, te persigue, te inunda a cada paso que das. Emerge de cada baldosa, cada piedra, cada símbolo.

Porque las cosas buenas son mejores, porque las cosas malas son aún peores. Las fiestas son verdaderas, el trabajo vale más. Me voy porque estar allí es como estar en casa, y aún así es diferente a cualquier otro lugar que hayas conocido. Porque hay bosques de piedras, cuadros de tierra, carretera en el desierto, barcos en las montañas.

Allí puedes subir a un tejado y parar el tiempo mirando la Cruz del Sur. Me voy porque allí el tiempo no mide nada; es un habitante más. Porque allí no sólo los espejos te reflejan.

Por eso me enamoré. Por eso me voy.

Gen.