www.genocation.com nació hace ya más de trece años, era una página de fondo negro, enmarcada en dibujos de fantasía. La segunda versión empezó a tener palabras. La tercera se tiñó de blanco, se volvió serena y empezó a viajar. La cuarta intentó adaptarse a un nuevo lugar, a un nuevo idioma. Esta versión 5.0 se adapta a mí.

Me llamo Gen, tengo distintos hogares, muy distantes entre ellos, y dedico mi vida a quererlos y odiarlos al mismo tiempo, a aprenderlos y a buscar territorio común. Me enfado con el mundo, a veces, busco cosas que rara vez encuentro, duermo poco y dibujo a ratos. También tengo trabajos, claro, pero esos van cambiando. Y por si a alguien se le ocurriera ofrecerme un cambio, aquí dejo todas mis formas de contacto. Bienvenidos

Entre vertederos

Cuando aterricé en Hyderabad, mi ántes socio y ahora “co-founder” RJ me esperaba en el aeropuerto, mismo sitio en el que nos habíamos visto por última vez casi dos años atrás. Tras los momentos de incredulidad, el hotel, la ducha y la ropa limpia, fuimos a ver el piso que una semana antes habíamos apalabrado, sin ni siquiera yo verlo. “Confío en tu criterio”, le había dicho yo a la persona más desastre de la tierra.

Me podía imaginar a lo que me enfrentaba: hay pocas sorpresas en esta ciudad con las que no me haya cruzado ya. He buscado piso, he visto zulos aterradores; sé que aquí no hay cocinas decentes, ni baños salubres. Sé que la fauna dentro de un piso es, por lo general, más prolífica que fuera. Lo sabía todo. O eso creía.

Llegamos esa tarde a mi nuevo barrio: no sólo aquel piso sería nuestra oficina, sino que se convertiría en mi casa durante los siguientes seis meses.

Desde la calle, por primera vez, miro hacia arriba y contemplo el edificio, esta vez rodeada de todas aquellas cosas que no salen en las fotos. Una ristra de sombras negras camina hacia nosotros por la cuesta empinadísima que llega hasta mi casa, veo sus ojos a través del niqab y adivino sus risas. Se agarran las unas a las otras mientras desaceleran el paso y comentan algo al verme sacar del bolso las llaves de mi nueva casa. Probablemente algo como “¡Mira, una firaangi!”. Luego se ríen, y pasan rápido por detrás de nosotros, derechas hacia el “basti”, que es como se le llama al barrio de chabolas que se extiende de mi edificio en adelante.

Es un barrio musulman, lo adivino viendo a la gente que me rodea, y me invade una extraña sensación de familiaridad. Me pregunto dónde estarán las mezquitas más cercanas, y si sonará bien su llamada a la oración.

La masa de ramas y hojas y verde que en las fotos enmarca la casa ahora tiene otra pinta. La parcela vacía sobre la cual se alza mi edificio es, en realidad, un vertedero. No es oficial, claro, pero en esta ciudad la gestión de los desechos es una tarea tan súmamente titánica que algunos barrios son simplemente ignorados. Los bastis entran en esa clasificación, aquí la gente humilde se gestiona su propia basura. Recién aterrizada, el hedor es evidente.

Subimos a la casa por unas escaleras de construcción. “¿Esto lo van a terminar algún día?” pregunto yo, y mi compañero se ríe: “Lo dudo”.

Llegamos al segundo piso, y la terraza es preciosa. Un jardín de tejados y áticos se extiende por el valle, más allá del basti: es una vista familiar de la que jamás me cansé.

La casa está abierta y vacía. Las paredes están amarillentas y sucias, la pintura se cae a cachos, el polvo marrón de la India lo invade todo. La cocina es un desastre, los armarios están rotos y la madera podre de la humedad. Todo está pegajoso. Los baños son impenetrables, los azulejos no se ven detrás de los churretes de suciedad.

Me asomo al balcón del que será mi cuarto desde donde veo la parte trasera del edificio. Otro vertedero adorna un terreno vacío. Es este segundo vertedero, humeante, el que impregna el barrio de ese inconfundible olor a basura quemada.

Cierro las ventanas y mis manos ya están marrones. Todos los grifos que pruebo escupen una suerte de lodo marrón rojizo.

– ¿Bueno? ¿Qué te parece?
– Tiene… potencial.

Siempre he sido una persona con una imaginación exepcional, vívida. En medio del amplio salón de mi nueva casa hago un esfuerzo inhumano para imaginarme las paredes pintadas, los muebles reconstruidos. Varias mesas de trabajo, una aquí, dos allá, esta balda para los trofeos, y en esa pared, quizás, un cuadro.

Lo confieso, no lo conseguí. Nos fuimos de allí rápido, con las manos en la cabeza, pensando que quizás tomamos la decisión demasiado rápido. Quizás este no es el sitio con el que hemos soñado tan intensamente. Quizás este no es mejor lugar para vivir. Quizás todo esto sea un error.

La inseguridad nos acompañó durante las dos semanas siguientes. Intentamos buscar otro piso que nos hiciera más felices, pero nada. Decidimos darle una oportunidad a éste y rápidamente comenzamos con las obras.

Esto funciona así: tal persona conoce a tal otra, que tiene un cuñado que vende botes de pintura en el basti de al lado. El cuñado le vende a un amigo que dice que pinta bien. El amigo tiene a su vez varios amigos, uno de ellos hace carpintería, otro es electricista. Su primo tiene varios chavales que se dedican a limpiar pisos en profundidad. Poco a poco y a golpe de teléfono, llenamos el piso de muchachos trabajadores, olor a pintura, y cajas, y plásticos, y herramientas. Y facturas, muchas facturas.

No vimos la magia hasta dos semanas después, cuando el último muchacho barría hacia fuera el agua sucia, despejando un brillante suelo de mármol.

En medio de una oficina de ensueño, RJ y yo nos abrazamos. Él tiene los ojos muy abiertos, mira a su alrededor y sonríe. A mí se me escapa una lágrima de emoción y me atrevo a pronunciar las palabras que ambos estamos pensando:

– Esto lo hemos creado nosotros.

Luego, claro está, vino la odisea de los muebles, y las sorpresas, los fuegos incontrolados, las inundaciones del tejado, las plagas de hormigas. Pero, oye, sin todo eso esto no sería la India.

Gen.

De la empresita a la start-up

Llevo toda la semana escribiendo. No recuerdo haber sido tan productiva en mi vida, y aún así no he podido sacar un rato para dejar huella por aquí.

Hoy, después de dos entrevistas, un artículo sobre start-ups y el guión para un loco video-blog, me traigo el portátil a la cama y recupero mi espacio.

Hace casi dos años que dejé mi ático de Hyderabad, vendí mis muebles, regalé mi ropa y embarqué tres grandes cajas de libros, regalos y recuerdos de vuelta a Madrid. Abandonar Hyderabad fue un alivio, aunque regresar a Madrid fue tremendamente dificil: Durante casi dos años trabajé como una condenada y me dejé la piel en la empresa que había creado y dejado en Hyderabad. Durante varios meses tuve la oportunidad de desafiarme más todavía y trabajar en un proyecto con el que jamás conseguí sentirme en plena comunión.

Y entonces, un día, todo cambió.

Yo la llamo mi empresita, aunque eso hoy en día está mal visto. Me adapté a la terminología rápido, y pasé de ser empresaria a ser emprendedora, de tener una empresita a ser co-fundadora de una start-up. De no tener ni un duro, a vivir del bolsillo del inversor.

Otra vez me vi en la embajada, rellenando los papeles que había rellenado tantas otras veces, pero con muchas más ganas. Luego me vi en el aeropuerto, tomando la tradicional caña de despedida, pero con unas ganas locas de aterrizar, de nuevo, en Hyderabad.

¡Aquí estoy! Tras un mes de trabajo intenso, ya puedo decir que estoy asentada. En el último mes he dejado en pausa mi vida en Madrid – ¿o en Europa? – y he volado al subcontinente para montar una oficina start-up en un piso e instalarme en una de sus habitaciones. Por fin mi empresita ha echado a andar.

Os lo cuento, pero por capítulos.

Porque hay demasiado. Tengo que hablar de pisos y vertederos, de inundaciones en los tejados, de empresarios apagando incendios. Os hablaré también de las sorpresas que me llegan por mensajería y de la luz que inunda mis noches. No me quedará más remedio que hablar también del trabajo intenso y de las entrevistas surreales. Del aislamiento voluntario y del tiempo valiosísimo.

De los que quizás se conviertan en los meses más intensa de mi vida.

Pero, por ahora, me despido. Me voy a redactar contratos inviolables, a calcular acciones y a pagarme, por fin, mi propio sueldo.

Gen.

Las señales que hacemos en los mapas.

En mis cuadernos de viaje no abundan las palabras, sí las imágenes.

Por suerte, hay compañeras de vida (y de viaje) que tienen palabras para todas nosotras. Desde hace ya más de diez años no hay camino, ni frontera, ni regreso, sin que los versos de Laura se abran paso entre el amasijo de imágenes encontradas y me acompañen de un modo tan sincero que acaban siendo fulminantes.

Este último regreso tan abrupto no podía ser menos. Volvía yo a Madrid al mismo tiempo que se publicaba el tercer poemario, maravilloso, de Laura Casielles: Las señales que hacemos en los mapas.

Aún no lo he soltado.

Aunque el libro nace de sus dos años viviendo en Marruecos, sus poemas hablan de todos los cuadernos de viaje. Incluso de aquellos que, como los míos, sólo pudieron hablar en imágenes.

KENITRA
Estación de Kenitra, un minuto de parada

Para seguir llamándonos extranjeros
tuvieron una gran idea:
entintar las ventanas de nuestros autobuses.

Podemos mirar
pero podemos permitirnos que no nos vean.
Cuando algo se parece al horror
podemos hacer un juego de luces y no verlo más.
Podemos llegar a creer
que en el fondo esto es solo otra película.

Pero, espera,
hay una consecuencia inesperada.

En una parada de apenas un minuto,
me estaba mirando distraída en el cristal-espejo
cuando mis ojos se alinearon con los de ella,
que desde afuera se miraba distraída en el cristal-espejo.

Ahora en este viaje ya no logro ver nada
sin confundirlo con mi propio cuerpo.

* * *

Las señales que hacemos en los mapas, Laura Casielles
2014, Sevilla, editorial Libros de la Herida

Las señales que hacemos en los mapas se queda en mi mesilla de noche, junto a la botella de agua, el ibuprofeno, y alguna foto que últimamente siempre duerme boca abajo. Aquí siempre hay un poema para una imágen, o unas palabras para curar la confusión:

Desde el punto de vista de los nómadas, regresar es una palabra que no existe.

Ni tú ni el viejo cerro sois el mismo

* * *

Gen.

Mi padre es un pirata.

Tras unas copas de vino y la alegría de una comida deliciosa, la sobremesa se relaja y el cielo sobre mi padre se llena de figuras borrosas mientras él habla. Todos escuchamos y mi madre ríe, mi padre viaja 35 años atrás y recuerda historias de las selvas del Congo. Cuenta historias de pirata, historias de mercenarios cubanos y rusos montando gresca en tabernas africanas, del asesinato de Marien Ngouabi. Historias de un cañón antiguo abandonado en una playa con el que su compañero – otro pirata – quiso jugar, historias de los militares que le interrogaron sobre la procedencia de aquel cañón. Cazas fallidas de elefantes, estados de sitio burlados a base de botellas de cerveza.

Mi padre es un pirata. Nunca tuvo barco, aunque siempre nos juró que en cuanto sus hijos nos fuéramos de casa, recorrería el mundo con mi madre en un velero. Nos reíamos sin saber que aquel barco tomaría más tarde la forma de cualquier cosa. La forma de unos ojos, o de una moto quizás. Forma de perro, de huerto con cebollas.

No hubo barcos, pero hubo motos. Motos restauradas, motos rugiendo en puertos de montaña con mi madre de paquete. Él con un casco naranja que lucía su bandera, el logotipo del Pura Vida Racing Team que Alberto García-Alix rescató de un tatuaje antiguo de Ben Corday: una niña pirata, los brazos cruzados y paz en los ojos. Una niña que, quizás apoyada en la proa de un barco, nunca recuerda historias que pasaron sino todas las que pasarán. Y bajo ella un himno de dos palabras: Pura Vida.

Cuando cumplí los veinte mi madre me hizo el regalo más bonito del mundo: un cuaderno lleno de poesías que ella asociaba a su vida y a la mía. Le hizo al cuaderno una cubierta de cuero con un arbol tallado en la portada, un árbol con ramas y raíces. A mitad del cuaderno, la Canción del Pirata de Espronceda, encabezada por las palabras de mi madre:

Lo que viene a continuación es la canción del pirata, en homenaje a papá. Él os la recitaba cuando érais pequeños, aunque fueran unos cuantos versos y le gustaba mucho. Yo creo que va mucho con él, con su carácter, pues es un poco pirata en estos tiempos, siempre luchando contra el “enemigo”

En aquella sobremesa llena de historias congoleñas tuve miedo: yo no conocía estas historias. ¿Cuántas más habrá? ¿Cuántos cientos de relatos me perderé? ¿Cuántos miles de personajes distintos recuerda él con total claridad? ¿Cómo lo hago?. Escuché atentamente, apunté los nombres para no olvidarlos nunca, y quise diseñar una estrategia para exprimir de mi padre todos los cuentos posibles.

Días después me tranquilicé. Sólo hay una historia que resuma todas las demás, es la historia escondida en los ojos de la niña pirata y su himno: Pura Vida. La historia es única, es la que mi padre me enseñó desde pequeña. Es la historia de nacer pirata, de vivir pirata, de respirar el viento, de navegar las tormentas.

Dibujo a color la niña de Alix y Corday como un guiño a mi padre. Digo, “me has enseñado a entender tu vida, tus historias no se pueden perder”. También digo, “Gracias. Yo también canto, sonriente, la canción del pirata”

Gen.

Lecciones que nos enseñaron a las mujeres.

En 2009 llegué a India creyéndome persona, en 2013 me fuí de allí sabiéndome mujer.

Lo aprendí poco a poco, lección tras lección. Cada día las calles, las historias, las noticias, ¡mis amigos! me mandaban el mismo mensaje: “Eres una mujer, vive como una mujer, comportate como se comportan las mujeres, no esperes más de lo que una mujer debe esperar”.

La primera lección se la debo a Sruthi, inocente, dulce, niña de pueblo. Llegó nueva a la empresa y – pobrecilla – fue asignada a trabajar conmigo sin tener ninguna experiencia o interés en el área. Su familia era humilde; de algún modo se las habían ingeniado para que ella estudiara una carrera. Sruthi, sin ser tampoco muy espabilada, había conseguido un puesto de trabajo que pretendía mantener hasta que encontrara un marido. Su problema, decía, es que todos los que su padre encontraba pedían más dinero por ella que lo que su padre se podía permitir. “Por eso, tener un buen trabajo cuenta bastante, quizás ahora alguno diga que sí, que vale”.

Llegó Sruthi a la oficina cargada con una mochila, decenas de recipientes de cocina hechos de aluminio, y embutida en un salwar kameez de manga larga pese a los 48 grados de Mayo. “Esta noche me voy al pueblo a visitar a mi familia”, me explicó, “con un poco de suerte podré hablar con mi padre”.

“Con un poco de suerte”, tuve la sospecha de que no debía preguntar pero, escondida tras la seguridad de la ignorancia extranjera, me importó un pimiento. Abrió mucho sus ojos almendra y me arrinconó mientras vigilaba que ningún compañero pudiera oirnos: “Mi periodo, está a punto de llegar, no puedo hablar con mi padre si estoy menstruando, soy impura”.

Sruthi. En su familia los puros comen primero, las impuras esperan y comen lo que sobre, nunca usando los mismos platos o cubiertos, sin entrar en las salas comunes ni en la cocina y, sobre todo, sin acercarse a los templos. Su padre quería hablar con ella, se lo había dicho por teléfono, así que Sruthi cogía el tren nocturno que en siete horas paraba en su pueblo. “No le puedo decir que no voy, le ofendería. Tampoco le puedo decir que pronto me vendrá la regla, y si me viene mañana, me tendré que pasar el fin de semana aislada y sin hablar con él”.

La solución me parecía muy fácil: “Bueno, pues si te viene, no se lo digas a nadie”. “No, no lo entiendes. Es que soy impura”

La primera lección me la dio Sruthi: soy impura por naturaleza.


Imagen de la maravillosa película de Nina Paley, Sita Sings the Blues

Hubo más lecciones.

La tercera me la dio el Ramayana. Considerado, junto con el Mahabharata, uno de las grandes poemas épicos hundúes, el Ramayana cuenta la historia del dios Rama. Era el hijo predilecto de su padre, el rey de Ayodhya, pero en el momento de heredar el trono fue condenado al exilio durante 14 años. Rama aceptó las órdenes de su padre y, obediente, se fue a vivir al bosque seguido por su esposa Sita, con la que llevaba 12 años casado. Rama y Sita, ejemplos de la virtud y del amor incondicional, vivieron alejados de su reino hasta que las cosas se pusieron feas. Un señor con muchas cabezas que resultó ser el Rey de Sri Lanka se encaprichó de Sita y decidió raptarla y llevársela a su isla. Meses más tarde, con la ayuda de Hanuman el Dios Mono, el virtuoso Rama encontró a su esposa, derrotó al malvado Rey de diez cabezas, y se la trajo de vuelta a casa.

El resto de la historia cuenta cómo Rama vuelve a su reino tras aquellos moviditos 14 años de exilio. El final es feliz: regresa el virtuoso Rama, se le corona Rey de Ayodhya, Sita tiene dos hijos, Rama es justo, Rama es bueno, Rama es el Rey perfecto. Rama es virtuoso: hoy se le reza con ahínco, al querido dios Rama, uno de los más venerados entre los 33 millones de dioses. Todavía, musulmanes e hindúes se pegan palizas por el derecho a venerar Ayodhya como lugar sagrado, porque claro, Rama nació allí – o eso dictaminó un tribunal supremo hace cuatro años después de un largo juicio.

No tardé mucho en enterarme de que los versos cuentan otra historia distinta a la de los rezos de la gente.

Los versos cuentan que Sita perdía el culo por su marido, y por mucho que el de las cabezas insistiera, a ella no le apetecía otro hombre. Se dedicó a rezar a Rama, Rama, Rama. Y entonces Rama viene, la rescata, se la lleva para casa, y la repudia. “Has vivido en la casa de otro hombre, eres tan guapa que no me puedo creer que ese señor no te haya tocado: ya no te mereces ser mi mujer”. Sita, desolada, le pedía clemencia, porque te amo, porque nunca amaré a nadie más. Rama se lo pensó y decidió comprobar que Sita era pura. ¿Cómo? Fácil: lanza tu mujer al fuego.

Sita salió intacta de la hoguera. Fue la prueba de su pureza. Años después, ya siendo reyes de Ayodhya, Rama escuchó los rumores de su pueblo: “Menudo Rey imbécil, tiene una mujer que vivió con otro hombre”. Así que el Rey justo y bueno la repudió de nuevo y, embarazada de gemelos, Sita fue desterrada.

En un bosque muy lejano, Sita crió a sus dos hijos, educándolos en las virtudes de su papá, Rey. Muchos años después su padre se encontró con ellos. “Se me parecen”, dijo, y descubrió que eran sus muchachos. Visto lo visto, Rama quiso volver a aceptar a Sita como su virtuosa esposa. “Pero antes”, dijo, “deberás pasar un test de pureza: Al fuego otra vez”

Habían pasado muchos años, muchos exilios, muchas hogueras, muchos repudios. “No”, dijo ella, “ahora vas a ver si soy pura”. “Si siempre te he sido fiel, si siempre te he querido y venerado” clamaba, “que se me trague la tierra”.

Y la tierra se la tragó.

La tercera lección me la dio el Ramayana: que se me trague la tierra.


Otra imagen de la película de Nina Paley, Sita Sings the Blues

Gen.

Me fui, y no me di cuenta.

Han pasado seis meses que parecieron seis días. El 23 de Diciembre él me acercaba, por primera vez, en su coche al aeropuerto. La lista de reproducción de siempre sonaba por los altavoces del coche, él con los ojos clavados en la carretera y la mandíbula apretada, yo eligiendo canciones que quería escuchar una última vez en ese coche.

“Es curioso”, le dije tras varios kilómetros de silencio, “no me siento nada extraña”. Y era verdad. Eran las mismas calles, las mismas aceras rotas, la misma polvareda que, al paso de los coches, entierra perros callejeros. Los mismos semáforos que no funcionan, las obras que nunca acaban. Era lo que había visto todos los días durante los últimos cuatro años, y todo permanecía inerte, con una hiriente seguridad de que volvería a ser visto al día siguiente.

Me daba cuenta de que, de alguna manera ingenua y estúpida, esperaba otra cosa para ese último viaje en coche. Un filtro sepia, un cámara lenta, que convirtiese las imágenes de la calle en nostalgia temprana, forzada.

“Quiero echarlo de menos”, pensaba, “y no se si voy a poder”.

Lo más difícil fue cruzar la calle y dejar el coche atrás, dejarle a él con las manos en los bolsillos e intentando sonreír y pasar la primera entrada al aeropuerto. Salían vuelos a Dubai y a Qatar. Se notaba porque la entrada estaba abarrotada de mujeres con burka y niños pequeños, mujeres que lloraban, que ya habían empezado a esperar a que quizás, dentro de un año o dos, quizás… Era una hora difícil para los de seguridad aeroportuaria. Revisaban los pasaportes de los que entraban mientras intentaban mantener fuera a todas esas mujeres, que empujaban hacia dentro.

El portátil lo cambio de maleta y ya pesan lo justo, su carta de embarque, que tenga un buen viaje. Gracias. El control de inmigración es lo mas complicado, en los últimos años se han puesto duros con el tema de los papeles, y yo no tengo visado de salida. Tengo que contar que simplemente me voy de vacaciones, y que volveré: se lo creen, pero no es verdad.

No, no volveré. “Quizás más adelante”, me decía mientras esperaba en la cola del control de seguridad. Pero no, no es verdad. Mi móvil sonó: era un último mensaje de despedida.

Allí me di cuenta de que todo se había acabado. La certeza me embistió como una ola gigante, la realidad me agarró por los hombros y me zarandeó con fuerza. “Tengo el estómago del revés”, les explicaba a los policías del control de seguridad, que se preguntaban qué le habría pasado a esa white girl para correr hasta la papelera y vomitar.

Han pasado seis meses tan rápido como seis días, y ya no me acuerdo de lo que cuesta una comida en rupias.

Me acuerdo, sin embargo, de todas las canciones escuchadas en ese coche, de mi terraza las noches de calor, de los ojos marrones cómplices (uno más grande que el otro), de las lluvias que inundan la terraza y nos dejan atrapados en casa. Y en ninguno de esos momentos estaba sola.

Qué cosas.

Gen.

A lo largo de cuatro Diwalis

Este es el cuarto Diwali que paso en la India.

El primero fue en el 2009. No había vivido más de tres semanas en este país y ya estaba preparada para sobrevivir el primer Festival de las Luces, mi primer Año Nuevo Hindú. Tenía 24 años y me embriagaba la idea de los Rangolis dibujados con mil colores en el suelo, los constantes petardazos y fuegos artificiales, las lámparas de fuego despegando lentamente, convirtiéndose en estrellas. En mi ignorancia, viajé a Goa, y lo único que me recordó a la idea del Diwali que la Wikipedia me había dado fue un grupo de niños corriendo por la playa con bengalas en las manos. En aquel entonces, la India era un lugar gigantesco, inimaginable. Hasta el mínimo detalle de la cultura despertaba mi curiosidad, mil preguntas, cien libros. El cine me interesaba, las canciones abundaban en mi reproductor de mp3. Eran tres meses en total los que planeaba pasar en Mysore, aquel encantador pueblo al sur de la India, así que no tuve ningún problema en dejarme llevar por esa sensación del recién llegado, esa excitación por lo nuevo. Al fin y al cabo, son sólo tres meses, me dije. Y todo me parecía estupendo.

El segundo Diwali fue inesperado, Octubre 2010 fue el mes con más cambios de mi vida. Con un contrato indefinido recién firmado en una gran empresa, un piso recién alquilado con sólo un colchón en el suelo y una nevera con bandejas de jamón envasadas al vacío, intactas, me acababa de plantar en Hyderabad, una ciudad que ni siquiera me gustaba. Tenía 25 años y muchas ganas de demostrar al primero que pasara que yo era la dueña de mi vida, que ninguna decepción ni ninguna lucha me podían hundir. Aquellos primeros meses en Hyderabad fueron un mosaico de personas con necesidades parecidas, personas que huían, personas que buscaban, personas que querían saltar fuera pero que no encontraban el impulso. Aquel Diwali fue un extraño intento de convertir seis mujeres de seis países distintos en una improvisada familia. Embutidas en saris y kurtas, disfrutamos de Biryiani casero, pintamos un precioso Rangoli rodeado de Diyas y pasamos la noche en la terraza estallando fuegos y petardos.

Sin embargo no tengo recuerdo alguno de Diwali 2011. No sé dónde lo pasé ni con quién, no recuerdo qué hice. Y no lo recuerdo porque lo odiaba. No entendía mi decisión de instalarme en este país, tenía 26 años y sentía que estaba tirando mi tiempo a la basura. La India era cruda realidad, era una sociedad enferma, llena de odio hacia el otro, hacia el de fuera, hacia el de abajo, hacia el del otro templo, hacia las mujeres. Ya había aprendido a ignorar las mentiras que maquillan las realidades cuando las percibe el extranjero. Cuando llegó aquel Diwali yo ya era una inmigrante.

Me quería largar, eso sí que lo recuerdo. Pocas cosas hubo que me ataron a Hyderabad, pero fueron fuertes: ya había conocido a los que habían empezado a ser mi pequeña familia en esta ciudad, los que me salvaban del odio y del rechazo, haciéndolo todo más sencillo. Había grandes momentos, estaba la sensación de no parar de aprender y de cambiar, y había un hombre con el que compartía mil sueños y algún que otro proyecto.

Pero durante este Diwali sentí paz. El año 2012 me había dado terribles momentos y una espantosa sensación de pérdida, pero el festival llegó durante la calma que siempre sucede a la tormenta. Hubo muchos cambios de planes, cambios de energía, siempre siguiendo un aleatorio movimiento Browniano, como una partícula flotando en el agua. Tengo 27 años y sigo en la misma ciudad, que aún sin cambiar demasiado ya ha sido tantos sitios distintos. Desde el tejado de un undécimo piso veo los fuegos artificiales y me siento bien, la ciudad, y el mundo por extensión, parecen convertirse en un océano de posibilidades en el que todos los caminos me pueden llevar a ser yo misma, sentirme libre, estar tranquila.

El Diwali de este año es, para mí, el verdadero Festival de las Luces, el Año Nuevo en el que he encontrado lo que buscaba cuando me planté en este lugar, exactamente cuatro Diwalis atrás.

Gen.

And I wish it wasn’t.

But it is.



Anger is what I feel when you ignore my words and make me born mute. Hate. I wish it was not disdain when I want to love and you dont let me.

When I knock down a few bricks of the wall you had built, and when your response is to make it stronger, deeper. I wish I could silence my rage.

I wish it wasn’t sorrow, when you don’t let me be.

But it is.

Gen.

[Against the gender violence, in All its ways; here, there and everywhere.]

¿Vivira Maulah en esas calles?

Os hable de Janeshvar, que iba dormido, hermoso, redondito.

Y estoy segura de que todos pensabais, mientras leiais, que Janeshvar era un niño. Y a no ser por el frondoso mostacho que le adorna el labio superior, podria serlo perfectamente. Pero no, Janeshvar trabaja en el Departamento de Inmigracion de mi empresa, tiene unos 35 años y me acompañaba, por tercera vez, a la Comisaria de Policia, Cuartel de Extranjeria, para que me dieran por fin mi permiso de residencia.

La Comisaria que me toca esta en la zona de Charminar – char es cuatro, minar viene de minaretes, y es el monumento mas caracteristico de la ciudad -, dominio musulman por excelencia. Meterse por estas calles es cambiarse de pais, viajar por una India que nunca hubiera pensando dentro de la India. Los carteles en arabe invaden las calles, ya no se ven caracteres del alfabeto Devanagari, ni siquiera los retorcidos y barrigudos caracteres del Telugu. A veces me detengo a pensarlo, y me parece increible que mucha gente de esta ciudad domine, no solo cuatro idiomas, sino cuatro alfabetos distintos. Los que lo lograron, aprendieron a leer cuatro veces, a escribir otras cuatro.

Por esas calles los rasgos de la gente son distintos, gorrito de croche blanco y barbas sin bigote, ellos vestidos de blanco, con la piel de ceniza amarilla en vez de negro rojizo, cara alargada y narices en gancho. No tienen ojos de estatua asiatica, pero sonrien igual.



[foto: Aijaz Rahi]

Son ellas las que mas asustan por su diferencia. Es simple, chador negro hasta los pies, completo; solo se ven unos ojos bien enmarcados.

Eso pensaba.

Unos pies oscuros asoman por debajo del chador, las sandalias doradas, la pedicura perfecta, pintadas de algun color bonito, algun rosa brillante con purpurina. Los tobillos bien adornados con cascabeles dorados y ahi asomando, bien apretaditos, unos churidar de colores – los pantalones mas ceñidos, mas presumidos -. Tan colorida, por dentro, tan India, que la diferencia se evapora.

Aqui la gente sabe cuando decir Namaste y cuando Salam Alaikum. Y aun sabiendo cuando hablar de Allah y cuando referirse a Sri Rama, aqui muchos piensan que lo mismo da.

Hace casi un mes hubo un juicio. No cualquier juicio. El juicio.

Un caso que lleva complicando la relacion entre hindues y musulmanes durante los ultimos 60 anios.

Empezo la cosa hace 500 años, cuando durante el reinado de Babar se construyo una mezquita sobre las ruinas de un templo hindu donde curiosamente, habia nacido el dios Sri Ram. Siglos despues los hindues se sintieron ofendidos, en 1949 aparecio milagrosamente un idolo de Ram y empezo la disputa. Desde entonces ha habido, entre unos y otros, protestas, derrumbamientos de mezquita, atentados, motines, matanzas y mil historias horribles de violencia e incomprension.

En un pais donde la media de edad es de 25 años, despues de 60 monzones dandole vueltas al asunto, varias generaciones ya pasadas, la gente esta harta del tema, pocos tienen ya algo que ver con eso. Toda la esperanza estaba puesta en un veredicto que, un 30 de Septiembre, 2010, pusiera un punto y final en esta historia.

Muchas empresas de IT declararon el dia libre, se preveian conflictos, la policia en alerta roja, dispositivos preparados para cualquier cosa, especialmente en ciudades mayoritariamente musulmanes, como esta. No salgas a la calle hoy, me decian mis amigos. Asi que me trague, en la tele, el veredicto completo.

Y vi algo que nunca pense que veria. Un juicio en el cual se decide que, efectivamente, tal dios nacio en tal lugar.

El veredicto final fue la reparticion del templo en tres partes, dos de ellas para comunidades hindues, la tercera para una institucion musulmana. Y como a los partidos politicos religiosos no les importa demasiado cumplir las expectativas de la gente, el veredicto no fue aceptado por la parte musulmana.

Yo preguntaba y preguntaba. Queria saber que opinaban mis compañeros de trabajo, gente de mi edad, gente musulmana o hindu o de lo que sea.

Y entonces Suryakalyan me dijo:

“Mandhir to ban jaayega par Ram kahase laaoge?
Us masjid ki deewaron ko kya pak kabhi kar paaoge?
Jis chaukhat par log jale Ram waha naa jayenge,
Jin galiyon me khoon gira, kya Maulah wahan reh paayenge?”

Un templo sera construido, pero ¿como hacer que Lord Ram lo habite?
¿Como limpiar las paredes de la Mezquita?
Ram no vivira en el lugar donde gente fue quemada.
¿Vivira acaso Maulah (Allah) en las calles donde la sangre fue derramada?

Curiosamente mi nueva casa esta en dominio musulman. Las voces entonando poojas (rezos hindues) me despiertan por la mañana, y la llamada al rezo desde la mezquita me recibe al llegar a casa.

Y aun me quedan tantas cosas por entender.

Gen.

Fotografias (I)

Mi casa aun esta en obras.

Faltan las barras de los armarios, las baldas del salon, colgadores en los baños y la ventana de uno de ellos. Un trozo de marmol negro en la cocina y, por ultimo – para cerrar – el pomo de la entrada.

Entonces todas las llaves seran mis llaves, comprare, amueblare y decorare, pero lo mas importante, deshare, por fin, la maleta – llevo casi tres semanas viviendo en un receptaculo de 80x40x30. Hasta entonces, mis cosas son mas mis que cosas. Habitan encerradas, poseidas bajo llave – porque nunca se sabe -, mas poseidas que usadas.

Por eso, hasta ahora, mi camara no ha capturado ninguna imagen. Y no precisamente por falta de imagenes, porque en mi cabeza se van guardando a miles.



Amanece pronto y atardece tambien pronto. Pero el atardecer es increible. Se puede mirar de frente al Sol, rojo como un tomate, gracias a la nube densa de polvo que envuelve los tejados y que, como una tela, se tiñe con la luz. A esta hora – pronto – el cielo toma el color de todas las cosas. De las rocas, de los saris, de la piel rojiza y antigua.

Janeshvar duerme en el asiento de alante. Es hermoso, con esos ojos asiaticos como de estatua ancestral, y un tilak rojo – color cielo – entre sus cejas, marcando un punto de luz en su cara oscura. Es tan pequeño, redondito, y con una sonrisa tan sincera, tan bonita, con esos dientes tan blancos. Pero ahora Janeshvar no sonrie, duerme en el asiento de alante mientras que, a su derecha, el taxista hace maniobras suicidas entre acelerones y frenazos. Lo mejor es que mientras conduce a lo cafre, tararea una melodia lenta, como tranquila. Como una nana.

Fotografia.

A base de pitidos, mi taxista advierte que adelanta. Una moto con tres ocupantes se echa a un lado. Tan normales, tres, bien apretaditos. Al pasar a su lado los observo: Tres muchachos jovenes, con bigote los tres, se dirigen a la comisaria. El conductor, seriecisimo, firme, lleva como una percha un traje de policia. Parece que no viviera en una ciudad tan caotica, sucia y contaminada como esta, de lo blanca y planchada que luce su camisa. Tambien, planchado y limpito, en la cola de la moto va sentado otro policia.

Su muñeca izquierda va esposada a la muñeca del muchacho que se sienta entre los dos polis. Con los pantalones llenos de barro y una sucia camisa de cuadros que al principio fue blanca y ahora es de aquel color rojizo – el de todas las cosas -, apoya su cara llena de polvo en el omoplato del policia conductor. Como un niño, indefenso, el caco llora mientras se lo llevan.

Fotografia…

Gen.