www.genocation.com nació hace ya más de trece años, era una página de fondo negro, enmarcada en dibujos de fantasía. La segunda versión empezó a tener palabras. La tercera se tiñó de blanco, se volvió serena y empezó a viajar. La cuarta intentó adaptarse a un nuevo lugar, a un nuevo idioma. Esta versión 5.0 se adapta a mí.

Me llamo Gen, tengo distintos hogares, muy distantes entre ellos, y dedico mi vida a quererlos y odiarlos al mismo tiempo, a aprenderlos y a buscar territorio común. Me enfado con el mundo, a veces, busco cosas que rara vez encuentro, duermo poco y dibujo a ratos. También tengo trabajos, claro, pero esos van cambiando. Y por si a alguien se le ocurriera ofrecerme un cambio, aquí dejo todas mis formas de contacto. Bienvenidos

De Vez en Cuando, Mundos Nuevos.

Esto no es un cuento, es un anuncio. Es quizás el post más normal que habrá nunca en Genocation, pero sin duda, de los más alegres. Después de semanas de no salir de mi casa, ahora sí puedo asegurar que, de vez en cuando, ser informática sirve para hacer cosas grandes y bonitas.

Desde Genocation os presento la web, o quizás plataforma digital, de Hesperya, un colectivo cultural con tremenda energía, no para hacer cosas, sino para hacerlo todo. Y además hacerlo en bonito.


Hesperya nació en mayo de 2006 como revista de filología de los alumnos de la Universidad de Oviedo. Un grupo de ellos, convencidos de que no vale sólo clases y arrastrarse por un campus, juntamos esfuerzos para concretar nuestras buenas intenciones en cuarenta páginas monográficas de 22 x 22 centímetros.

Liamos a familiares y amigos en el camino, recogiendo el anterior pliego poético, Versativa, e innovando con un concepto de revista totalmente diferente, en el que tuvieran cabida pasión y profesión: la creación literaria y la investigación filológica. Todo ello, bajo la mano hábil de Inés Peón para maquetar con estilo personal cada número y con las aportaciones inestimables de escritores, fotógrafos, dibujantes y poetas, dispuestos a dejarnos un poquito de ellos a través de sus obras.

Un año después, nos hemos regalado por nuestro cumpleaños un nuevo espacio virtual, una imagen corporativa propia y unos estatutos. Nos hemos convertido en colectivo cultural, con la intención de arropar la edición de la revista y desarrollar otras actividades artísticas y culturales paralelas.

Lo dicho, si queréis ver lo que son capaces de hacer un grupo de estudiantitos con ideas, pasaos por esta nueva ciudad:

www.hesperya.com

Y disfrutad.

Gen.

El cuarto pie del gato.

A París que me voy, con tres pies de gato que me esperan por allí.

Gen.

Vértices.

13:15
Tengo cincuenta euros y voy a cometer una locura.

16:07
Tengo cincuenta euros y podría cometer una locura.

19:52
Tengo cincuenta euros y no sé si cometer una locura.

Este ha sido exactamente mi día de hoy.

Gen.

Despedida a un rincón.

Es un lugar pequeño, sucio, con una pobre iluminación de oficina que se enciende las veces impares. No hay ventilación, sólo una rejilla de la parte superior de la puerta, pero que siempre está tapada por una cartulina negra. Los olores de químicos fuertes, o de tabaco las veces que fumo allí dentro, los camuflo con incienso. Por mucho que barra y friegue, el suelo siempre está sucio, siempre hay polvo de carboncillo y pastel, o telas de araña, polvo del de siempre, pelusas, restos de goma de borrar. Hay fotos colgadas por las paredes, decenas, algunas bonitas y otras horrorosas, todas de diferentes estilos, tamaños diferentes, enmarcados diferentes, de todos los miembros que pasaron por allí.

En la estantería, un radiocasette roto con reverso automático y veinte o treinta casettes para elegir. Al lado descansa mi más fiel compañera, una cafetera eléctrica, un bote de café, un bote de azucar morena, y una caja con infusiones varias y preservativos de fresa ácida. Que nunca se sabe. En el estante superior hay bolsas con cámaras y objetivos; una Canon maravillosa y una Minolta que nunca funcionó del todo bien. Al lado, carpetas de fotos y negativos, y algunos libros de fotografía analógica publicados en la década de los 60. Y en lo más alto, botellas kodak, botellas ilford, todas las botellas del mundo.

El sofá polvoriento está justo al lado. Está sucio, pero es cómodo cuando averiguas la postura. Por allí, apoyado en la pared, un caballete con un cuadro que pintó alguien hace muchos años. También hay otro cuadro, que pinté yo hace muchos años también, y que nunca acabé. Al lado, en una estantería, maletines con óleos, estuches con pastel, cajas con carbones.

Luego un cuarto oscuro, tapado con una cortina opaca que tuve que parchear cientos de veces. La pared que cobija las dos ampliadoras está forrada de cartulina negra, porque nunca nos lo dejaron pintar. Todo lleno de mis copias, mis pruebas, mis contactos, mis negativos. Unas tijeras, los cartones que uso para hacer tapados, mis filtros. Todo. Ahí en la pared colgué un reloj de pared que compré en Ikea. Las agujas eran rojas, así que las tuve que pintar de negro con esmalte de uñas para que se vieran a la luz del cuarto oscuro. No recuerdo a quién provoqué tremendo ataque de risa cuando, al preguntarme la hora, respondí sacando del bolso mi reloj de pared recien comprado. Arriba una gotera de las grandes, un verdadero agujero en el techo con media bayeta asomando. Y luego, al fondo del cuarto oscuro, la zona húmeda, que hace reir tanto a Tomás.

Es pequeño e inmundo. Es complicado permanecer más de 2 horas seguidas allí dentro, pero es mi laboratorio de fotografía. Y ahora el nuevo emplazamiento de un equipo de ATS.

Ha sido mi refugio, mi rincón, mi alivio, mi descanso, mi burbuja, mi mundo. Lo ha sido durante cuatro años. Allí he estado sumergida horas, sola en una atmósfera de rojo, dando a luz mil imágenes. Allí he enseñado a revelar a siete enamorados más. Allí he pasado horas pintando, horas leyendo, horas durmiendo, horas hablando. Allí hemos hecho el amor, también, tantas, tantas veces. Se ha convertido en estudio fotográfico, en cafetería o centro de reuniones, en almacén, en escondite o en sorpresa.

Ahora no puedo hacer nada para evitarlo, acabaron contigo, te borraron del mapa. Esto es una despedida, mi querido, pequeño laboratorio. Gracias por ser el más importante de mis rincones de Madrid.

Te echaré de menos.

Gen.

Momentos de Debod.

Vuelvo de madrugada de uno de esos largos paseos por la ciudad de viernes a medianoche. Se me ocurrió, bajando ya a casa, que por qué no pasar por el Templo de Debod, que no recordaba haber estado allí de madrugada. Se podría decir que este ha sido el verano de Debod. Contigo allí, llorando allí, peleando allí, emociones allí, momentos allí, personajes allí, respirar sólo allí. Muchas horas allí, allí siempre el final de tantas horas caminando sin rumbo, o el principio. Pero nunca de madrugada.

Subía las escaleras del parque pensando si dejarán iluminado el templo durante toda la noche. No creo, qué derroche. Cuando llegué a la cima lo vi en rojo. Dos torres de focos se lo pasaban de madre haciendo pruebas con el templo. El templo pasaba a lila, el templo en azul, no ese azul, el otro. Luego rosa, rojo de nuevo, el templo en naranja, el templo en amarillo, el templo en blanco. Ahora azul por aquí, rojo por allá. Así que, sin importarme la palabrería que intercambiaban los técnicos a base de altavoz entre torre y torre, allí me senté, como quien mira fuegos artificiales, a ver el templo de todos los colores.

Este lugar es increíble, pensaba, jamás conocí un sitio que almacenara para sí, en exclusividad, tantos momentos. Acabadas las pruebas, me tuve que quedar allí. Este es el mejor lugar para estar a las tres de la madrugada en Madrid, decidí.

Allí por las tardes se junta la gente, sin quererlo, para ver el atardecer más bonito. A las ocho y media todo el mundo mira en la misma dirección. Yo prefiero sentarme más atras, donde sólo veo siluetas de gente recortadas sobre un fondo rojo: todos ellos mirando al cielo forman parte de mi paisaje favorito. Ese es uno de los momentos.

El otro es cuando, una hora después, se enciende la iluminación del templo. Aún no ha oscurecido del todo, pero no hay luz del sol que devore la piedra. La gente ya empieza a retirarse, y aparece milagrosamente, a pie de templo, un ejército de fotógrafos aprovechando el momento del disparo perfecto.

De madrugada no se ve nada. No hay nadie. Sólo hay un templo ligeramente iluminado reflejado en lo que parece un charco, y un segurata que hace sombras contra la pared del templo cuando se asoma a comprobar que, en efecto, sigue estando solo. Al fondo, infinitas luces pequeñitas y una luna enorme y amarilla sobre lo que parece un recortable de muchos lugares mezclados. Y precisamente hoy, un templo que iba cambiando de color. Ese fue el tercer momento.

Primero rojo, luego lila, luego azul.

Anteriores.

Cambio de cara, cambio de formato. ¿Cambio de vida?…

Ha pasado mucho tiempo desde que este espacio de Wonderland comenzó. Muchas cosas pasaron por allá: palíndromos, papel pintado, folios, mentiras, una cruz del sur, la cercanía de meta. Ahora todo queda atrás, surge una nueva época.

Bienvenido al nuevo Wonderland.
Ahora bien, si eres un nostálgico, un investigador, un curioso, retrocede al antiguo Wonderland.

Gen.