www.genocation.com nació hace ya más de trece años, era una página de fondo negro, enmarcada en dibujos de fantasía. La segunda versión empezó a tener palabras. La tercera se tiñó de blanco, se volvió serena y empezó a viajar. La cuarta intentó adaptarse a un nuevo lugar, a un nuevo idioma. Esta versión 5.0 se adapta a mí.

Me llamo Gen, tengo distintos hogares, muy distantes entre ellos, y dedico mi vida a quererlos y odiarlos al mismo tiempo, a aprenderlos y a buscar territorio común. Me enfado con el mundo, a veces, busco cosas que rara vez encuentro, duermo poco y dibujo a ratos. También tengo trabajos, claro, pero esos van cambiando. Y por si a alguien se le ocurriera ofrecerme un cambio, aquí dejo todas mis formas de contacto. Bienvenidos

Entre vertederos

Cuando aterricé en Hyderabad, mi ántes socio y ahora “co-founder” RJ me esperaba en el aeropuerto, mismo sitio en el que nos habíamos visto por última vez casi dos años atrás. Tras los momentos de incredulidad, el hotel, la ducha y la ropa limpia, fuimos a ver el piso que una semana antes habíamos apalabrado, sin ni siquiera yo verlo. “Confío en tu criterio”, le había dicho yo a la persona más desastre de la tierra.

Me podía imaginar a lo que me enfrentaba: hay pocas sorpresas en esta ciudad con las que no me haya cruzado ya. He buscado piso, he visto zulos aterradores; sé que aquí no hay cocinas decentes, ni baños salubres. Sé que la fauna dentro de un piso es, por lo general, más prolífica que fuera. Lo sabía todo. O eso creía.

Llegamos esa tarde a mi nuevo barrio: no sólo aquel piso sería nuestra oficina, sino que se convertiría en mi casa durante los siguientes seis meses.

Desde la calle, por primera vez, miro hacia arriba y contemplo el edificio, esta vez rodeada de todas aquellas cosas que no salen en las fotos. Una ristra de sombras negras camina hacia nosotros por la cuesta empinadísima que llega hasta mi casa, veo sus ojos a través del niqab y adivino sus risas. Se agarran las unas a las otras mientras desaceleran el paso y comentan algo al verme sacar del bolso las llaves de mi nueva casa. Probablemente algo como “¡Mira, una firaangi!”. Luego se ríen, y pasan rápido por detrás de nosotros, derechas hacia el “basti”, que es como se le llama al barrio de chabolas que se extiende de mi edificio en adelante.

Es un barrio musulman, lo adivino viendo a la gente que me rodea, y me invade una extraña sensación de familiaridad. Me pregunto dónde estarán las mezquitas más cercanas, y si sonará bien su llamada a la oración.

La masa de ramas y hojas y verde que en las fotos enmarca la casa ahora tiene otra pinta. La parcela vacía sobre la cual se alza mi edificio es, en realidad, un vertedero. No es oficial, claro, pero en esta ciudad la gestión de los desechos es una tarea tan súmamente titánica que algunos barrios son simplemente ignorados. Los bastis entran en esa clasificación, aquí la gente humilde se gestiona su propia basura. Recién aterrizada, el hedor es evidente.

Subimos a la casa por unas escaleras de construcción. “¿Esto lo van a terminar algún día?” pregunto yo, y mi compañero se ríe: “Lo dudo”.

Llegamos al segundo piso, y la terraza es preciosa. Un jardín de tejados y áticos se extiende por el valle, más allá del basti: es una vista familiar de la que jamás me cansé.

La casa está abierta y vacía. Las paredes están amarillentas y sucias, la pintura se cae a cachos, el polvo marrón de la India lo invade todo. La cocina es un desastre, los armarios están rotos y la madera podre de la humedad. Todo está pegajoso. Los baños son impenetrables, los azulejos no se ven detrás de los churretes de suciedad.

Me asomo al balcón del que será mi cuarto desde donde veo la parte trasera del edificio. Otro vertedero adorna un terreno vacío. Es este segundo vertedero, humeante, el que impregna el barrio de ese inconfundible olor a basura quemada.

Cierro las ventanas y mis manos ya están marrones. Todos los grifos que pruebo escupen una suerte de lodo marrón rojizo.

– ¿Bueno? ¿Qué te parece?
– Tiene… potencial.

Siempre he sido una persona con una imaginación exepcional, vívida. En medio del amplio salón de mi nueva casa hago un esfuerzo inhumano para imaginarme las paredes pintadas, los muebles reconstruidos. Varias mesas de trabajo, una aquí, dos allá, esta balda para los trofeos, y en esa pared, quizás, un cuadro.

Lo confieso, no lo conseguí. Nos fuimos de allí rápido, con las manos en la cabeza, pensando que quizás tomamos la decisión demasiado rápido. Quizás este no es el sitio con el que hemos soñado tan intensamente. Quizás este no es mejor lugar para vivir. Quizás todo esto sea un error.

La inseguridad nos acompañó durante las dos semanas siguientes. Intentamos buscar otro piso que nos hiciera más felices, pero nada. Decidimos darle una oportunidad a éste y rápidamente comenzamos con las obras.

Esto funciona así: tal persona conoce a tal otra, que tiene un cuñado que vende botes de pintura en el basti de al lado. El cuñado le vende a un amigo que dice que pinta bien. El amigo tiene a su vez varios amigos, uno de ellos hace carpintería, otro es electricista. Su primo tiene varios chavales que se dedican a limpiar pisos en profundidad. Poco a poco y a golpe de teléfono, llenamos el piso de muchachos trabajadores, olor a pintura, y cajas, y plásticos, y herramientas. Y facturas, muchas facturas.

No vimos la magia hasta dos semanas después, cuando el último muchacho barría hacia fuera el agua sucia, despejando un brillante suelo de mármol.

En medio de una oficina de ensueño, RJ y yo nos abrazamos. Él tiene los ojos muy abiertos, mira a su alrededor y sonríe. A mí se me escapa una lágrima de emoción y me atrevo a pronunciar las palabras que ambos estamos pensando:

– Esto lo hemos creado nosotros.

Luego, claro está, vino la odisea de los muebles, y las sorpresas, los fuegos incontrolados, las inundaciones del tejado, las plagas de hormigas. Pero, oye, sin todo eso esto no sería la India.

Gen.

Haciendo balance de 2015

A finales de 2014 mi buen amigo P me habló de un experimento muy interesante que él había seguido estrictamente durante casi tres años. Inmediatamente decidí ponerlo en práctica durante el año 2015.

El 1 de Enero de 2015 me hice con un calendario para garabatear – el precioso calendario ilustrado que publica Pikara Magazine -, lo colgué en mi lugar de trabajo, y me compré dos rotuladores que mantendría siempre a mano. Uno azul, con el que colorear los días buenos o tolerables, y uno amarillo con el que colorear los días malos u horribles. La idea consiste en hacer balance de cada día, antes de irme a la cama, y colorear el día en el calendario de un color u otro según la sensación con la que me acuesto.

He mantenido este propósito de forma estricta, este calendario y sus rotuladores me han acompañado siempre, incluso se han venido de viaje conmigo en múltiples ocasiones.

Ya se ha pasado el 2015 y ya, por fin, es tiempo de hacer balance.

El 2015 ha sido un año extremadamente complicado, lleno de retos y lleno de cambios. Aquí va el resumen de mi año, día por día:

Y ahora las conclusiones:

  • Este año he tenido un total de 49 días malos o terroríficos, lo cual hace una media de 4.08 días malos al mes o 0.94 días malos a la semana.
  • El peor mes del año fue Junio, con un total de 12 días malos, el 40% del mes.
  • El mes de Octubre ha sido absolutamente impecable, no ha habido ningún día negativo.
  • El año 2015 visto en términos de media no tiene mala pinta. Sin embargo la varianza – la medida de dispersión de los datos – es extremadamente elevada (12.91)
  • La desviación típica (3.59) nos cuenta que tres meses se han salido de lo normal: Abril y Junio siendo anormalmente malos, y el mes de Octubre siendo anormalmente positivo.
  • El peor día de la semana ha sido el miércoles, con un total de 12 miércoles malos, mientras que el mejor día de la semana es – indudablemente – el sábado.
  • El 2015 ha sido un año de constantes altibajos, donde los meses buenos han sido muy buenos y los malos han sido horribles. La tendencia hacia final de año es extremadamente positiva.

Y ya que estamos, una última frikada casi rozando lo obsesivo compulsivo del análisis: ¡Una gráfica! En ella se puede apreciar la tendencia de días positivos en cada mes, así como la tendencia del ratio de días negativos sobre los positivos o neutros.

Este ha sido un experimento muy interesante que sin duda repetiré durante el 2016. He aprendido muchas cosas, pero la más importante es que el año ha sido mucho más difícil subjetivamente de lo que se refleja en los números. La principal causa de esto es la inestabilidad, los altibajos, el pasar de un mes penoso a uno fantástico. Esto me ha llevado a una nueva y sorprendente resolución de año nuevo: dejarme de tanta montaña rusa y buscar algún tipo de estabilidad.

Ha sido un año repleto de cambios y decisiones, pero los mayores cambios de este año sucedieron en Octubre. El mayor de los cambios fue volver a tomar las riendas de mi start-up, venir a la India, montar mi oficina. El mejor de los cambios del año, conocer y enamorarme de T, y llenar este último trimestre de corazones dibujados.

Bienvenido, 2016. Ya tengo mi calendario preparado.

Gen.

De la empresita a la start-up

Llevo toda la semana escribiendo. No recuerdo haber sido tan productiva en mi vida, y aún así no he podido sacar un rato para dejar huella por aquí.

Hoy, después de dos entrevistas, un artículo sobre start-ups y el guión para un loco video-blog, me traigo el portátil a la cama y recupero mi espacio.

Hace casi dos años que dejé mi ático de Hyderabad, vendí mis muebles, regalé mi ropa y embarqué tres grandes cajas de libros, regalos y recuerdos de vuelta a Madrid. Abandonar Hyderabad fue un alivio, aunque regresar a Madrid fue tremendamente dificil: Durante casi dos años trabajé como una condenada y me dejé la piel en la empresa que había creado y dejado en Hyderabad. Durante varios meses tuve la oportunidad de desafiarme más todavía y trabajar en un proyecto con el que jamás conseguí sentirme en plena comunión.

Y entonces, un día, todo cambió.

Yo la llamo mi empresita, aunque eso hoy en día está mal visto. Me adapté a la terminología rápido, y pasé de ser empresaria a ser emprendedora, de tener una empresita a ser co-fundadora de una start-up. De no tener ni un duro, a vivir del bolsillo del inversor.

Otra vez me vi en la embajada, rellenando los papeles que había rellenado tantas otras veces, pero con muchas más ganas. Luego me vi en el aeropuerto, tomando la tradicional caña de despedida, pero con unas ganas locas de aterrizar, de nuevo, en Hyderabad.

¡Aquí estoy! Tras un mes de trabajo intenso, ya puedo decir que estoy asentada. En el último mes he dejado en pausa mi vida en Madrid – ¿o en Europa? – y he volado al subcontinente para montar una oficina start-up en un piso e instalarme en una de sus habitaciones. Por fin mi empresita ha echado a andar.

Os lo cuento, pero por capítulos.

Porque hay demasiado. Tengo que hablar de pisos y vertederos, de inundaciones en los tejados, de empresarios apagando incendios. Os hablaré también de las sorpresas que me llegan por mensajería y de la luz que inunda mis noches. No me quedará más remedio que hablar también del trabajo intenso y de las entrevistas surreales. Del aislamiento voluntario y del tiempo valiosísimo.

De los que quizás se conviertan en los meses más intensa de mi vida.

Pero, por ahora, me despido. Me voy a redactar contratos inviolables, a calcular acciones y a pagarme, por fin, mi propio sueldo.

Gen.

Se me olvidó el Tiempo.

Hace cuatro semanas coticé en la Seguridad Social por primera vez en mi vida. Inmediatamente me pillé una amigdalitis después de más de un año sin ponerme mala.

Hace tres semanas y media recibí mi primer sueldo en euros.

Empecé a pensar en todas aquellas cosas que, a lo largo del último año, había pospuesto para cuando tuviera ingresos y me abrumé: Invitar a todos mis amigos a tomar cervezas, ir a contarle mi vida a un psicólogo, apuntarme al gimnasio, volver a hacer parapente, ir a trabajar a un espacio de coworking. Comprarme una tableta gráfica y dibujar con ella.

Decidí empezar a tachar cosas y me compré la tableta. Es maravillosa, aunque he tardado tres semanas en poder terminar el primer dibujo.

Parece mentira que se me olvidara que, además de dinero, para todo eso hace falta tiempo. ¡Ay, el tiempo!

Gen.

No Hay Dolor.

Meses de mantra.

¿Qué digo, meses? ¡Muchos meses! ¡Un año de mantra!

Dejé de trabajar para una gigantesca empresa en diciembre de 2013. El 2 de diciembre de 2013, para ser exactos. Esa es, por cierto, la fecha que yo celebro – y celebraré – como un aniversario. Como el día de mi revolución, o el día del pie en la luna. Aquel dos-de abandoné una empresa gigantesca y dije que jamás volvería a pasar por ahí.

Y me hice entrepreneur: empresaria, o emprendedora, o aventurera. O loca de la vida.

También me hice otras muchas cosas que vienen en el paquete del pequeño emprendedor. Me hice estricta, ahorradora al extremo, me hice depresiva, obsesivo-compulsiva, absolutamente bipolar, pasé de la alegría extrema a la desesperación absoluta. Me hice sociópata, ermitaña.

No hay dolor, me repetí una y otra vez como si fuera un mantra. No hay dolor, todo el esfuerzo de hoy traerá recompensa mañana. No hay dolor, esto merece la pena. No hay dolor, estoy haciendo lo que quiero.

Empezar una empresa es lo más dificil que he hecho en mi vida: sostenerla a base de jornadas laborales de 15 horas, semanas sin fines. Pasar un año con apenas días de vacaciones. Y sin embargo, ha sido la mejor decisión de mi vida.

Hoy en la comida, mi madre me contaba:

– Un día hace muchos años llegaste a casa y me dijiste, “mamá, quiero ser mi propia jefa… y quiero ser rica.” Nunca se me olvidará.
– Porque te jartaste a reír, supongo…
– No. Porque por la forma en la que lo dijiste supe que lo ibas a hacer.

Lo siento, lectores y amigos, no soy rica. El año pasado me gasté en mi empresa y mi supervivencia todo lo que había ahorrado durante los cuatro años anteriores, pero a decir verdad, me importa un pimiento. Quizás es eso, quizás necesitar menos sea, al final, una forma de tener más.

Vuelvo a habitar este espacio después de largos meses de abandono, espero que sepáis perdonar mis ausencias.

Gen.

Lista de errores que cometo en los días malos.

Pensar en los intentos como fracasos.
Pensar en las huídas como fracasos.
Pensar en las experiencias como fracasos.
Pensar en los fracasos como fracasos.

Que rodearme de gente increíble sólo sirva para hacerme pequeña.
Que no ser pequeña sólo sirva para tener sueños grandes.

Mirarme al espejo y no sonreír.
Empujarme a sonreír y sólo ver dientes torcidos.
Que mis ojos, que son grandes y están llenos, no puedan más que arrastrar ojeras secas.
Que me crezcan esas arrugas que sólo lucen bien en otras personas.

Ver en mi espalda un árbol borroso.
Que la madera sea porosa, que las ramas y raíces no se inviertan, que los versos de Tagore dejen de tener sentido, que lo relativo no lo sea tanto.
Que todo lo aprendido sólo parezcan excusas.
Que ese desierto negro me aterrorice sólo a mí.

Poner en fila india los recuerdos de abandonos.
Recordar los ataques y amenazas, las miradas repulsivas.
Recordar los besos sucios que vuelan desde el chai wallah.
Pensar en el deseo como algo trágico.
Revivir las frases que rompen en pedazos, los “estás sucia”, “te lo has ganado”, “yo, así, no te quiero”.
Pensar que una vez todos tuvieron razón.

Buscar en Google, con nombres y apellidos, los tiempos en los que sólo había grandes opciones.
(Y encontrarlos, nada desaparece de Internet)
Recordar a una niña que era distinta, que pintaba con letras y jugaba con fuego.
Darme cuenta de que ya me hice mayor y ahora tengo la edad que hace 5 años me dijeron que aparentaba.
Pensar que todo esto es inevitable.

Hacer una lista de errores.

Buscar trabajo.

(Por lo menos, siempre hay música que acompaña, siempre hay lápices con punta, no se acaban las hojas en blanco)

Gen.

Welcome.

I guess my world just had one language before.

Some months ago it started growing, like a bubble, and swallowing different worlds with other words. Now my days are in English and my nights in Spanish. My friends are in both languages, my memories started having words that cannot be translated.

This has always been my home, my mirror and my rest. And now, as I’m changing, my virtual world has to do it as well.

Welcome to www.Genocation.com in its new version, 4.0 already. Welcome to this attempt in two languages.

Gen.

Mi Casa.

Hace muchos años hice mía una muy mala costumbre. O buena, o regular, no sé. Digamos que me construí mi propio método de terapia para decepciones y depresiones varias. El método consistía en navegar por internet y buscar piso. Así de simple.

No importaba la ciudad, la intención o el grado de realidad que pudiera tener la búsqueda. Incluso a veces no importaba ni el precio. Sólo el piso, el barrio, el aspecto, el tejado. La posible vida que pudiera llevar yo allí. Me pasaba días mirando anuncios, mirando fotos, y me iba a la cama con mil sueños.

He de decir que a veces me arrepentía de pasar tantas horas en mi absurda búsqueda, viajando de nube en nube, tardes enteras. Un día se lo conté a una de las mujeres más apasionantes de mi vida. Ella conducía, miraba al frente y asentía. No le sorprendió, me dijo que ella hacía lo mismo.

– Bueno quizás no sea lo mismo, yo busco casa. Con jardín. Y luego además llamo. Y pregunto el precio.

Sea como sea, lo había hecho tantas veces, que cuando busqué piso de verdad, apenas noté la diferencia.

Hoy domingo cumplo dos semanas en mi piso. Son las siete de la tarde por aquí, el calor y la humedad son insoportables pero, por lo menos, ya empieza a refrescar. Es el momento perfecto para beber jugo de manzana, que no zumo, y tirarme en mi sitio a visitar mi fracción de internet.

Y es que ya tengo algo parecido a mi sitio plantado en cierto punto del sofá.

Ya hay cosas que podría decir que hago siempre. Las cosas empiezan a tener su función, empiezan a ser irremplazables. El cojín naranja es cómodo para la cabeza, el verdoso es perfecto para ir a dormir, el rojo pequeño es donde apoyo el portátil en momentos como este.

Por la mañana caliento agua, la tetera de aluminio pierde su contenido gota a gota. Cuando hierve, hago el café, medio litro, para desayunar y para el resto del día. El café es suave, así que a veces hasta lo tomo solo. Mi taza es naranja, la de Jose roja. Mi despertador lo oigo, el de Jose no suena nunca. La ducha es caliente o fría cuando quiere (normalmente fría con Jose y caliente conmigo).

En la puerta de la nevera un imán sujeta el teléfono y la carta de nuestro Chino de cabecera. Lo más rico, los arrolladitos primavera, los fideos de arroz saltados (que no salteados), la carne saltada con salsa Sa-Tza. Lo trae un chino en moto que habla poco español con un curioso y marcado acento argentino. Tengo en el barrio ciertos sitios frecuentes, como la parrilla donde el chorizo está exquisito y que se llena cuando hay partido del Boca. O la tienda de enfrente donde hornean empanadas de carne picante y la mejor pizza napolitana del mundo.

Tengo un balcón perfecto, grande, con unas vistas de las que ya he hablado demasiado. Pero no puedo evitar seguir hablando. Un balcón donde caben sillas y una mesa con unas copas y unos panchitos. Y unos amigos. Delante del balcón, tengo un suelo infinito lleno de edificios de mil ciudades, altos rascacielos rodeados de casas de muñecas, rodeadas de azoteas donde vuelan las sábanas, rodeadas de fachadas de ladrillo viejo, rodeadas de altos rascacielos. Encima tengo un cielo más infinito, con nubes de todos los colores, que cuando quieren son temibles. Con lo que a mí me gustan las nubes.

Tengo parques cerca, montones. Uno japonés, otro con lagos y cabezas de poetas, otro con árboles centenarios, otro plagado de hormigas y familias los fines de semana. Otro de jugadores de voley, otro de perros futbolistas, uno de ancianos jugadores de ajedrez.

Mi casa es mía. En el primero de estos catorce días conquisté la terraza, luego la tetera, más tarde la ducha, el sofá, el helado. Luego la tienda de empanadas y pizzas, el chino, las vistas, el café, un cojín naranja para la cabeza, naranja como mi taza. Después conquisté parrillas, parques, perros y alguna que otra calle.

Aún me queda mucho por conquistar pero, por ahora, lo que ya es mío, me gusta.

Y bueno, tengo también un calendario con fotos de todos los que me lo regalaron, donde apunto visitas, futuras visitas, anheladas visitas, visitas que echamos mucho (mucho) de menos.

Gen.

Horas de un Sábado.

16:34
Calma. El sol ha dejado de ser agresivo, tiembla, dibuja sombras como si de un juego impresionista se tratara. Despacio. Todo parece ir más despacio, aunque las hojas rayen el parque siguiendo el curso de un viento que cualquier otro día parecería agresivo. Pero hoy no.

17:09
Paz. Hablamos de momentos de paz. Ahora recuerdo ríos turquesa, siestas a la sombra de un árbol. Mañana escribiré sobre hoy, hablaré de que las nubes cambian demasiado para lo despacio que van. Sosiego.

18:52
Quietud. La que llega después de la tormenta. La respiración es demasiado pausada, mucho más de lo que cabría esperar para haber dejado de correr hace todavía pocos instantes. Qué importa, estoy respirando así que decido no pensar. Y respiro.

19:12
Tranquilidad. Tengo tiempo para contar todos esos tonos de azul. Cuando la mano se eleva para hacer de muro entre mis ojos y el sol, un contorno amarillo y rojizo se forma entre sus dedos. Me gusta este fotograma, ahora todo va más lento. Voy viajando por ese contorno, tuerce, se ensancha, corta. Pero es sencillo, todo va más lento.

20:31
Serenidad. Ahora tan sólo una farola me ancla a lo real.

Gen.

Cansancio.

Cuando salía esta noche de la biblioteca, la nausea me apretaba la garganta. De reojo vi que el cielo era del mismo color que el ladrillo de las universidades, la carretera estaba mojada, los árboles estaban secos, y yo estaba cansada.

Tan cansada, que ni siquiera me paré a mirar.

Minutos más tarde, mirando entre los reflejos de decenas de nadies sobre las ventanas del metro, uno familiar me preguntaba: ¿dónde estoy?. Genoveva, ¿dónde estás, que ni siquiera tienes fuerzas de pararte a mirar cómo gira el mundo?.

Y es que en mi vida estuve tan cansada, pero por fortuna mañana ya acabo los exámenes. Curiosamente, jamás tuve tantas ganas como hoy. Y la culpa de esto la tienen prácticamente dos personas: Un duende pecoso con espíritu de plomo. Y un sombrerero loco, loco, loco.

Y una sorpresa, quizás, a un hermano.

Gen.