www.genocation.com nació hace ya más de trece años, era una página de fondo negro, enmarcada en dibujos de fantasía. La segunda versión empezó a tener palabras. La tercera se tiñó de blanco, se volvió serena y empezó a viajar. La cuarta intentó adaptarse a un nuevo lugar, a un nuevo idioma. Esta versión 5.0 se adapta a mí.

Me llamo Gen, tengo distintos hogares, muy distantes entre ellos, y dedico mi vida a quererlos y odiarlos al mismo tiempo, a aprenderlos y a buscar territorio común. Me enfado con el mundo, a veces, busco cosas que rara vez encuentro, duermo poco y dibujo a ratos. También tengo trabajos, claro, pero esos van cambiando. Y por si a alguien se le ocurriera ofrecerme un cambio, aquí dejo todas mis formas de contacto. Bienvenidos

Relaciones de Mentat.

A Mentat is a human in Frank Herbert’s fictional Dune universe who has been specially trained to mimic the cognitive and analytical ability of electronic computers. […] Mentats cultivate “the naïve mind”, the mind without preconception or prejudice, so as to extract essential patterns or logic from data and deliver useful conclusions with varying degrees of certainty.

Porque a veces resulta más sencillo pensar que no llevamos el mismo estándar ISO, o que no estoy actualizada y no soporto tu protocolo. Discutimos, y pienso que es un problema de variables, quizás sean de un tipo distinto. Uno es entero de 32 bits, la otra es de coma flotante: en la conversión perdemos datos. O si no, ¿es el mapa de caracteres lo que falla?

Los días malos se los achaco a la arquitectura. Soy un MVC mal implementado, me digo. Mi Controlador se intenta saltar el protocolo de la Vista. No quiero la distorsión de una interfaz de usuario contigo, pienso, e intento comunicarme con tu backend. Pero claro, no hay manera, no tienes API, ni documentación que me ayude.

Luego intento figurar tus funciones por mi cuenta, pero tu código es ofuscado y no hay comentarios. Maldigo a tus programadores por un rato. Pero al final, ¡Eureka!, encuentro tus funciones – son casi iguales que las mías. Eso sí, privadas, todas privadas, inaccesibles, no responden a mi llamada. Unexpected Error, me dices, la función no existe.

¿Por qué no habrá ningún entorno de desarrollo especial para nosotros?

Todo esfuerzo es inútil. Cierro mi Vim (:q!) y me siento a esperar a que algún día decidas migrar tu código. Y yo, mientras tanto, me vuelvo recursiva.

Gen.

Los primeros colonos espaciales.

La paradoja de los primeros colonos espaciales es un relato típico en la literatura de ciencia ficción. No recuerdo dónde la leí por primera vez, pero siempre me causó una cierta sensación de iquietud.

La historia cuenta que, tras décadas de investigación, los científicos de la Agencia Espacial Antártica (porque ya estamos todos muy hartos de que en todos los relatos futuristas los Americanos tengan un papel tan protagonista así que, ya que escribo yo la historia, pongamos que son los científicos mundiales, los más soñadores, esos que, por no estar atados, resbalaron por los meridianos hasta juntarse todos en el polo Sur) encuentran por fin un sistema planetario orbitando en torno a una estrella lejana de nuestra querida Vía Láctea. Hay planetas de gas, planetas de hielo, rebaños de asteroides, lunas enormes, pero también hay un planeta especial. Isabella, lo llaman, y es de roca y océano. Hay montañas, viento, arena, erosión. Hay ríos y mares, cúmulos y nimbos. Hay un 31% de oxígeno, y lo mejor de todo: no hay pobladores.

Así que los científicos Antárticos deciden mandar una primera partida de colonos hacia Isabella. Para ello diseñan una nave que viajará a una velocidad espeluznante y llegará a su destino en nada menos que 72 años, tiempo en el que sus tripulantes permacerán criogenizados.

Tras meses de construcción, selección de colonos – nada de ladrones y asesinos -, entrenamiento y demás preparativos, la nave, a la que bautizaron como Atahualpa, inicia su viaje.

En ese momento, los colonos despegaban de la tierra, de sus vidas, y para ellos todo se congelaba. El tiempo dejaba de existir y, allí abajo, a cámara rápida, la gente envejecía, moría, nacía. Las guerras terminaban, otras empezaban, las lenguas morían y, por supuesto, la ciencia avanzaba.

72 años después, los jóvenes colonos despertaban – cuando ya hubieran muerto sus hijos – y la nave Atahualpa aterrizaba en un puerto espacial construído en hormigón. Ellos miraban incrédulos por los cristales. Veían una grada repleta de gente que ondeaba cientos de banderitas de la Antártida. También un grupo de políticos con traje que sostenían ramos de flores rodeados de fotógrafos. A su lado, una gigantesca tela cubría lo que parecía ser una estatua.

“Hemos vuelto a la tierra”, pensaban los colonos, “algo ha sucedido y la nave ha dado media vuelta. Pero este no es mi Sol, aquellas no eran mis lunas”

Se oían aplausos mientras bajaban aterrorizados de la nave. Vitoreos. “¡Viva!” gritaban desde las gradas en su mismo idioma. “Bienvenidos a Isabella”, decía una de las políticas por un micrófono, “Llevamos cincuenta años esperándoos”.

“Diez años después de que Atahualpa partiera, la ciencia ya había avanzado lo suficiente para viajar aquí en siete años. Vinimos, construímos ciudades, puertos, minas. Pero la civilización Isabelliana os recuerda como los verdaderos héroes.”

“Salisteis los primeros y fuisteis los últimos en llegar”, y la tela dejó al descubierto una estatua de los tripulantes de la vieja y obsoleta nave.

La paradoja me inquieta, pero no sé muy bien por qué. ¿Quizás por la pérdida de propósito? ¿Qué hicieron cuando llegaron a una ciudad totalmente construída, 72 años por delante de su tiempo?

Su misión era llegar a un planeta vacío, su privilegio, poder poner el reloj a cero, pero llegaron a un mundo ya existente, un mundo en el que sus nietos eran adultos desconocidos en alguna parte de la galaxia. Los primeros colonos espaciales aterrizaron en ninguna parte, murieron el día en que su nave despegó de la tierra. Quizás decidieron viajar por el nuevo planeta, como los antiguos exploradores del planeta orígen. O quizás decidieron, simplemente, envejecer.

Hace un par de días soñé que una voz de nube me contaba esta misma historia por las ondas radiofónicas, pero con una ligera variación. Los primeros colonos espaciales, decía, tuvieron muy claro qué llevar en su equipaje: semillas y poemas.

¿Cómo cambia así la historia?

La verdad, no lo se. Pero ahora me causa mucha menos inquietud.

Gen.

El beso de la mala suerte.

‘I have this natural immunity against poisons, toxins, the pain and suffering of others. Go figure.’
Poison Ivy

Este dibujo se lo dedico a Milo Manara: gracias, machote, tu portada “alternativa” para Spider Woman es inspiradora.

Gen.

Nunca nos faltará la sed.

Los que vivimos en esta ciudad del regreso, que no se llama Madrid sino otro nombre distinto, los hijos pródigos, las hijas valientes, todos conocimos al monstruo de las aguas. Es inmenso, nos acecha en nuestros sueños y hace que nos despertemos con sed.

Nos dicen que suenan los ríos, que vienen las lluvias, que arrasan las olas, pero nos engañan. Este monstruo no existe pero pisotea todo lo construído, el ladrillo, el asfalto, arrastra los coches Gran Vía abajo. A nosotros nos moja los calcetines, nos deja en pie de guerra.

Líate el dupatta a la cabeza, me aconsejan desde el espejo, se acerca la sequía. Conviértete en zahorí, escarba con los dedos, ensúciate las uñas, encuentra tierra mojada. La piel se nos fue, hace ya muchos años, ahora se nos queman las mejillas.

No hay descanso, caigo en la cama derrotada y las sábanas son un desierto que suena como el papel. Me difumino como un borrón para dibujarme en mis sueños, de color azul y espuma blanca. Esta noche arrasa ciudades, levanta árboles de cuajo, los animales ya salieron corriendo hace trece horas. El monstruo de las aguas se hace más grande a cada noche, y más pequeño a cada día.

Dicen que la sed nos hace volvernos locos, que vemos gotas condensadas al otro lado de los cristales, en las yemas de los dedos. Dicen que hay trajes en Arrakis que nos permiten bebernos la humedad de nuestros cuerpos.

Pero eso a nosotros no nos sirve, a nosotros sólo se nos sacia cuando se nos lleva la ola.

A nosotros, que nunca nos faltó el agua, ya nunca nos faltará la sed.

Gen.

Las señales que hacemos en los mapas.

En mis cuadernos de viaje no abundan las palabras, sí las imágenes.

Por suerte, hay compañeras de vida (y de viaje) que tienen palabras para todas nosotras. Desde hace ya más de diez años no hay camino, ni frontera, ni regreso, sin que los versos de Laura se abran paso entre el amasijo de imágenes encontradas y me acompañen de un modo tan sincero que acaban siendo fulminantes.

Este último regreso tan abrupto no podía ser menos. Volvía yo a Madrid al mismo tiempo que se publicaba el tercer poemario, maravilloso, de Laura Casielles: Las señales que hacemos en los mapas.

Aún no lo he soltado.

Aunque el libro nace de sus dos años viviendo en Marruecos, sus poemas hablan de todos los cuadernos de viaje. Incluso de aquellos que, como los míos, sólo pudieron hablar en imágenes.

KENITRA
Estación de Kenitra, un minuto de parada

Para seguir llamándonos extranjeros
tuvieron una gran idea:
entintar las ventanas de nuestros autobuses.

Podemos mirar
pero podemos permitirnos que no nos vean.
Cuando algo se parece al horror
podemos hacer un juego de luces y no verlo más.
Podemos llegar a creer
que en el fondo esto es solo otra película.

Pero, espera,
hay una consecuencia inesperada.

En una parada de apenas un minuto,
me estaba mirando distraída en el cristal-espejo
cuando mis ojos se alinearon con los de ella,
que desde afuera se miraba distraída en el cristal-espejo.

Ahora en este viaje ya no logro ver nada
sin confundirlo con mi propio cuerpo.

* * *

Las señales que hacemos en los mapas, Laura Casielles
2014, Sevilla, editorial Libros de la Herida

Las señales que hacemos en los mapas se queda en mi mesilla de noche, junto a la botella de agua, el ibuprofeno, y alguna foto que últimamente siempre duerme boca abajo. Aquí siempre hay un poema para una imágen, o unas palabras para curar la confusión:

Desde el punto de vista de los nómadas, regresar es una palabra que no existe.

Ni tú ni el viejo cerro sois el mismo

* * *

Gen.

Lista de errores que cometo en los días malos.

Pensar en los intentos como fracasos.
Pensar en las huídas como fracasos.
Pensar en las experiencias como fracasos.
Pensar en los fracasos como fracasos.

Que rodearme de gente increíble sólo sirva para hacerme pequeña.
Que no ser pequeña sólo sirva para tener sueños grandes.

Mirarme al espejo y no sonreír.
Empujarme a sonreír y sólo ver dientes torcidos.
Que mis ojos, que son grandes y están llenos, no puedan más que arrastrar ojeras secas.
Que me crezcan esas arrugas que sólo lucen bien en otras personas.

Ver en mi espalda un árbol borroso.
Que la madera sea porosa, que las ramas y raíces no se inviertan, que los versos de Tagore dejen de tener sentido, que lo relativo no lo sea tanto.
Que todo lo aprendido sólo parezcan excusas.
Que ese desierto negro me aterrorice sólo a mí.

Poner en fila india los recuerdos de abandonos.
Recordar los ataques y amenazas, las miradas repulsivas.
Recordar los besos sucios que vuelan desde el chai wallah.
Pensar en el deseo como algo trágico.
Revivir las frases que rompen en pedazos, los “estás sucia”, “te lo has ganado”, “yo, así, no te quiero”.
Pensar que una vez todos tuvieron razón.

Buscar en Google, con nombres y apellidos, los tiempos en los que sólo había grandes opciones.
(Y encontrarlos, nada desaparece de Internet)
Recordar a una niña que era distinta, que pintaba con letras y jugaba con fuego.
Darme cuenta de que ya me hice mayor y ahora tengo la edad que hace 5 años me dijeron que aparentaba.
Pensar que todo esto es inevitable.

Hacer una lista de errores.

Buscar trabajo.

(Por lo menos, siempre hay música que acompaña, siempre hay lápices con punta, no se acaban las hojas en blanco)

Gen.

Mi padre es un pirata.

Tras unas copas de vino y la alegría de una comida deliciosa, la sobremesa se relaja y el cielo sobre mi padre se llena de figuras borrosas mientras él habla. Todos escuchamos y mi madre ríe, mi padre viaja 35 años atrás y recuerda historias de las selvas del Congo. Cuenta historias de pirata, historias de mercenarios cubanos y rusos montando gresca en tabernas africanas, del asesinato de Marien Ngouabi. Historias de un cañón antiguo abandonado en una playa con el que su compañero – otro pirata – quiso jugar, historias de los militares que le interrogaron sobre la procedencia de aquel cañón. Cazas fallidas de elefantes, estados de sitio burlados a base de botellas de cerveza.

Mi padre es un pirata. Nunca tuvo barco, aunque siempre nos juró que en cuanto sus hijos nos fuéramos de casa, recorrería el mundo con mi madre en un velero. Nos reíamos sin saber que aquel barco tomaría más tarde la forma de cualquier cosa. La forma de unos ojos, o de una moto quizás. Forma de perro, de huerto con cebollas.

No hubo barcos, pero hubo motos. Motos restauradas, motos rugiendo en puertos de montaña con mi madre de paquete. Él con un casco naranja que lucía su bandera, el logotipo del Pura Vida Racing Team que Alberto García-Alix rescató de un tatuaje antiguo de Ben Corday: una niña pirata, los brazos cruzados y paz en los ojos. Una niña que, quizás apoyada en la proa de un barco, nunca recuerda historias que pasaron sino todas las que pasarán. Y bajo ella un himno de dos palabras: Pura Vida.

Cuando cumplí los veinte mi madre me hizo el regalo más bonito del mundo: un cuaderno lleno de poesías que ella asociaba a su vida y a la mía. Le hizo al cuaderno una cubierta de cuero con un arbol tallado en la portada, un árbol con ramas y raíces. A mitad del cuaderno, la Canción del Pirata de Espronceda, encabezada por las palabras de mi madre:

Lo que viene a continuación es la canción del pirata, en homenaje a papá. Él os la recitaba cuando érais pequeños, aunque fueran unos cuantos versos y le gustaba mucho. Yo creo que va mucho con él, con su carácter, pues es un poco pirata en estos tiempos, siempre luchando contra el “enemigo”

En aquella sobremesa llena de historias congoleñas tuve miedo: yo no conocía estas historias. ¿Cuántas más habrá? ¿Cuántos cientos de relatos me perderé? ¿Cuántos miles de personajes distintos recuerda él con total claridad? ¿Cómo lo hago?. Escuché atentamente, apunté los nombres para no olvidarlos nunca, y quise diseñar una estrategia para exprimir de mi padre todos los cuentos posibles.

Días después me tranquilicé. Sólo hay una historia que resuma todas las demás, es la historia escondida en los ojos de la niña pirata y su himno: Pura Vida. La historia es única, es la que mi padre me enseñó desde pequeña. Es la historia de nacer pirata, de vivir pirata, de respirar el viento, de navegar las tormentas.

Dibujo a color la niña de Alix y Corday como un guiño a mi padre. Digo, “me has enseñado a entender tu vida, tus historias no se pueden perder”. También digo, “Gracias. Yo también canto, sonriente, la canción del pirata”

Gen.

Mecanismo esencial para encontrar tu retrato.

Pintar un retrato como si estuviera conociéndote despacio.
La inquietud de la hoja en blanco, la ansiedad de aún no saber. Y entonces, la sorpresa del primer trazo.

Primero un esbozo, un contorno a lápiz duro. Luego, con un lápiz más blando, acariciar el papel con sombras, borrar, correr el grafito con los dedos. Desdibujar.

Después los pinceles: colores, matices, agua. Mucho agua. Encontrar más azules, naranjas, verdes casi transparentes. Mojar el papel, mordisquear la madera del pincel de pelo fino, entornar los ojos y descubrir tantos – tantos – tonos de fondo.

Y luego un pincel preciso – si me dejas – diluyendo apenas los colores, encontrar tonos exactos y pintar, pintar, pintar. Pintar labios, y lunares, y pezones: encontrar por fin el preciso color carne.

Aunque yo suelo acabar antes de tiempo: suelo conformarme con caras de ojos blancos. Firmo con fecha, cuelgo la hoja, guardo colores, seco pinceles, cierro los botes y miro el retrato: es suficiente.

Pero siempre al comienzo lo pienso:
“Quizás esta vez, con tinta, pueda pintar tus pupilas”

Gen.

Dos mitades no hacen uno.

quizás algún día resultaré ser algo?

Dos mitades no hacen uno.

En el mundo lógico

—mundo de paper a doble columna, mundo que entienden las que sólo somos poetas de palabras reservadas, if, switch, break, repleto de colocados que se reían de los falsos adalides que reinventan diccionarios, mundo que ha vuelto a ser plano, mundo de mapas invertidos, proyecciones en cilindros, mundo threshold

En el que las palabras son tan sencillas como números
Los reales: las ideas, incontables—no se cuentan ni se cuentan—Los discretos.

Las personas como yo, al igual que las palabras, nos redondeamos hacia abajo.

No, dos mitades no hacen uno.

Pues yo, aquí en este cruce por el que paso un poco tarde—this crossroad without its devil—no me conformo con ser cero.

Gen.

El Grito del Índigo