www.genocation.com nació hace ya más de trece años, era una página de fondo negro, enmarcada en dibujos de fantasía. La segunda versión empezó a tener palabras. La tercera se tiñó de blanco, se volvió serena y empezó a viajar. La cuarta intentó adaptarse a un nuevo lugar, a un nuevo idioma. Esta versión 5.0 se adapta a mí.

Me llamo Gen, tengo distintos hogares, muy distantes entre ellos, y dedico mi vida a quererlos y odiarlos al mismo tiempo, a aprenderlos y a buscar territorio común. Me enfado con el mundo, a veces, busco cosas que rara vez encuentro, duermo poco y dibujo a ratos. También tengo trabajos, claro, pero esos van cambiando. Y por si a alguien se le ocurriera ofrecerme un cambio, aquí dejo todas mis formas de contacto. Bienvenidos

Cortes de pelo, billetes de avión.

No soy supersticiosa, sí un poco maniática.

Y con maniática no quiero decir que camine por la calle evitando pisar las líneas que forman los adoquines, o que cierre, abra, cierre con llave tres veces ántes de un exámen. No. Pero sí es verdad que he ido creando ritos, costumbres, que – a veces sin querer, otras queriendo – tienden a repetirse en ciertos episodios de mi vida.

Fue de adolescente cuando empecé a cortarme el pelo yo misma: antes lo solía hacer mi madre, con algunas – pocas – excepciones de peluquería. Años más tarde, ya de guapa y feliz universitaria, solía llevar el pelo muy largo, rizado, caótico.

En algún momento igual de caótico – algún punto de inflexión, probablemente, uno de esos momentos decisivos, un “ya está bien” -, me metí en el baño, tijera en mano, y empecé a cortar. Al principio con control, cortes bien pensados, esto más corto que esto, misma medida aquí que allá. Pero se me fue calentando la mano. Ahora era yo frente al espejo, agarrando mechón por mechón – uno, ¡zas!, otro, ¡zis! ¡zas! – y cortando sin compasión. Qué más da si meto la pata: teniendo el pelo rizado los trasquilones no se notan.

Recuerdo aquella primera vez como algo extático – mejillas sonrosadas y el cigarrito de después. Recuerdo pensar “pues ya está, fue un buen comienzo, ahora podemos cambiar todo lo demás”. Recuerdo saberme con fuerzas para todo, como si yo fuera el anti-Sansón. “Cortarme el pelo me da el poder”. Como una purga necesaria, como si fueran las dudas y las inseguridades las que se deslizan por cada pelo hasta las puntas, abriéndolas y clareándolas, puntas que pesan y me enmarañan la cabeza.

Sé que soy maniática con el simbolismo. Pero sirvió de mucho aquella vez, y siempre sirve. Desde entonces hubo muchos cortes. Algunos más radicales – de melena que cubre la espalda a melena que muestra la nuca – y otros menos.

Y luego, el algún momento, empezaron los viajes. El billete de avión se convirtió en el símbolo de una intención encubierta de cambiar las cosas y alejarme por un tiempo de todas esas dudas que me crecían en las puntas.

Reviso el historial de viajes y cambios de look. Veo el patrón: uno siempre viene después del otro.

Ayer, pasaba por el baño y me lavaba las manos. Pensaba en mis cosas, me quedé mirando al espejo y entonces, una certeza inmediata, como un vuelco al corazón: Tengo que cortarme el pelo. Muy corto. ¿Quizás por encima de los hombros? Voy. Las tijeras. Voy.

Es fácil reconocer esos momentos, declararme maniática me ha ayudado a descifrarlos. Y no es por no cortar; cortar siempre es bueno. Pero está bien saber que algo más tenemos que hacer. Esta vez pasó, dejé las tijeras en su sitio y volví al puesto de trabajo con varias incógnitas en la cabeza:

¿Cuándo será necesario el corte?
¿Pronto viajaré?

Gen.

Me fui, y no me di cuenta.

Han pasado seis meses que parecieron seis días. El 23 de Diciembre él me acercaba, por primera vez, en su coche al aeropuerto. La lista de reproducción de siempre sonaba por los altavoces del coche, él con los ojos clavados en la carretera y la mandíbula apretada, yo eligiendo canciones que quería escuchar una última vez en ese coche.

“Es curioso”, le dije tras varios kilómetros de silencio, “no me siento nada extraña”. Y era verdad. Eran las mismas calles, las mismas aceras rotas, la misma polvareda que, al paso de los coches, entierra perros callejeros. Los mismos semáforos que no funcionan, las obras que nunca acaban. Era lo que había visto todos los días durante los últimos cuatro años, y todo permanecía inerte, con una hiriente seguridad de que volvería a ser visto al día siguiente.

Me daba cuenta de que, de alguna manera ingenua y estúpida, esperaba otra cosa para ese último viaje en coche. Un filtro sepia, un cámara lenta, que convirtiese las imágenes de la calle en nostalgia temprana, forzada.

“Quiero echarlo de menos”, pensaba, “y no se si voy a poder”.

Lo más difícil fue cruzar la calle y dejar el coche atrás, dejarle a él con las manos en los bolsillos e intentando sonreír y pasar la primera entrada al aeropuerto. Salían vuelos a Dubai y a Qatar. Se notaba porque la entrada estaba abarrotada de mujeres con burka y niños pequeños, mujeres que lloraban, que ya habían empezado a esperar a que quizás, dentro de un año o dos, quizás… Era una hora difícil para los de seguridad aeroportuaria. Revisaban los pasaportes de los que entraban mientras intentaban mantener fuera a todas esas mujeres, que empujaban hacia dentro.

El portátil lo cambio de maleta y ya pesan lo justo, su carta de embarque, que tenga un buen viaje. Gracias. El control de inmigración es lo mas complicado, en los últimos años se han puesto duros con el tema de los papeles, y yo no tengo visado de salida. Tengo que contar que simplemente me voy de vacaciones, y que volveré: se lo creen, pero no es verdad.

No, no volveré. “Quizás más adelante”, me decía mientras esperaba en la cola del control de seguridad. Pero no, no es verdad. Mi móvil sonó: era un último mensaje de despedida.

Allí me di cuenta de que todo se había acabado. La certeza me embistió como una ola gigante, la realidad me agarró por los hombros y me zarandeó con fuerza. “Tengo el estómago del revés”, les explicaba a los policías del control de seguridad, que se preguntaban qué le habría pasado a esa white girl para correr hasta la papelera y vomitar.

Han pasado seis meses tan rápido como seis días, y ya no me acuerdo de lo que cuesta una comida en rupias.

Me acuerdo, sin embargo, de todas las canciones escuchadas en ese coche, de mi terraza las noches de calor, de los ojos marrones cómplices (uno más grande que el otro), de las lluvias que inundan la terraza y nos dejan atrapados en casa. Y en ninguno de esos momentos estaba sola.

Qué cosas.

Gen.

Hindustan Times.

Supongo que me gustó, que se quedaron demasiadas cosas allí por hacer – igual que se quedaron en Buenos Aires, igual que se quedarán cuando vuelva, igual que se quedarán en cada sitio – que la música se metió dentro de mí. O que quizas pertenezca, por el momento, a la tierra donde todo viene escrito en un cuento (Saraswati vigilando a su esposo desde las alturas).

Supongo que me gustó, que no pude soportar la idea de darle un final tan pronto. Así que mañana a estas horas estaré sobrevolando el Mar Arábigo, mirando desde arriba cómo se recorta la costa Oeste del país que será mi casa durante los próximos meses.

Quién sabe. Me voy con alas en la maleta, con un cuaderno en blanco y una varilla de incienso para decirle a Ganesha: “Namaste. Qué tal. Volví antes de lo previsto”.

Gen.

La estupidez del insomnio.

Me di cuenta anoche de que la razón por la que no podía dormir era el extremo calor que sentía en el pulgar de la zurda. Tras 720º de vueltas sobre mí misma, opté por cambiar de posición. Los pies hacia el cabecero de la cama. La cabeza donde los pies.

Y desde esa perspectiva descubrí un mundo nuevo. La luz rosa de la noche madrileña – familiar, como siempre, mía – convirtió el ático de enfrente, cuadrado y plagado de chimeneas y ventanucos circulares, en la cubierta de un barco de carga, que zarpaba, siguiendo la paralela del marco de mi ventana. Cuando me agotó el vaivén de las olas, presté atención a las tres estrellas gigantes de papel que cuelgan en mi techo.

– Desde los pies se ven mejor – pensé.

Descubrí, también, que no me hace falta variar mi posición para soplar fuerte y perderme en sus giros – que se tocan las puntas, que se chocan, que se mecen o se detienen.

Soplo un par de veces más hasta que me canso.

Después me percaté de que el giro lento, agotado, de una de ellas, si logro ignorar el siempre presente factor de la perspectiva, se convierte en un puntiagudo pez bidimensional que va abriendo la boca y cerrando las aletas, despacio.

Incluso antes de cansarme de mirar el pez me doy cuenta de que en el dedo gordo de mi mano izquierda sigue sintiéndose calor.

Creo que al revés dormiré mejor. Por lo menos acabaré durmiendo a pesar de los nervios que tengo por irme, por segunda vez, a vivir a la India.

Gen.

El Tercer Continente.

Como en un trampolín, desde Sudamérica ya vislumbro el siguiente viaje. Este es el año de los tres continentes, vivo en Argentina siendo europea, y en escasos dos meses estaré haciendo la maleta para marchar a mi siguiente cruz en el mapa.

Me voy al sur de Asia, al sur de mi idolatrada India, a una pequeña ciudad tranquila y apacible a trabajar, o estudiar, o ambas, bajo el yugo de una novísima y enorme empresa de Tecnología de la Información y la Comunicación.

Lo bueno es que nos juntamos muchos en la misión de explorar el universo. Aún nadie salió del planeta, pero por el momento ya somos dos en Asia, dos en África y otros dos en América, norte y centro.

Mientras tanto, los peces vuelven a flotar sobre mi cabeza. Les estaba extrañando, chicos.

Gen.

Plácida como una vaca. Dulce como una ciruela.

Tengo que contar que, hace casi un par de semanas, me di un buen susto.

Cuando miré el calendario y taché el 28 de Marzo se me cayó el boli al suelo pensando que ya se había cumplido el mes. Fui corriendo a darme una ducha fría, para pensar mejor. Qué demonios hago, carajo, llevo un mes en Argentina y apenas lo conzco. Aún no fui a Boca a recorrer las míticas calles multicolores de Caminito, todavía no he probado el mate, no he comido alfajores. No he ido al teatro Colón, no he visto un buen espectáculo de tango en directo. ¡Ni siquiera he conocido gauchos a caballo! Qué angustia.

Por fortuna el duendecillo bueno de mi casa se metió en mi ducha y me dijo “dejate de boludeces”. Me dijo, “pasó un mes pero ya tenés un departamento espectacular, te mudaste, te adaptaste, te hiciste un hueco en un despacho de una universidad nueva y leiste cientos de artículos sobre todas esas historias en las que trabajás”.

Me dijo “dejate de estreses, ahora que vos estás bien adaptada, ahora es cuando toca empezar a moverse”.

Y así fue como el duendecillo hizo su tarea y, sin quererlo ni beberlo, se nos apareció la primera visita de la temporada.

Pedro y Paola son novios desde hace muchos años. Casi casi desde que ella y su familia decidieron abandonar su pueblo, un lugar llamado La Banda, y cruzar el charco para llegar a vivir en España. La Banda se quedó en Argentina, a unos 1200 kilómetros de Buenos Aires, en una provincia llamada Santiago del Estero. Allí se quedó también la casa donde todos se criaron, se quedaron Gladis la abuelita india, la blanca abuelita Clota, se quedaron tíos y tías, hermanos, primos, hijos, amigos, vecinos, muebles, alfombras, costumbres y la hora del mate, que es la que los reunía a todos.

En España Paola conoció a Pedro y la nostalgia por todas aquellas cosas hizo que, poco después, la pareja se convirtiera en viajante habitual del país.

Cuando Paola y Pedro se conocieron, él ya sufría la mayor locura de la carrera de Ingeniería Informática, las prácticas. Su compañero de prácticas, Jose, poco después de acabar la carrera, se echó una novia loca. Ella quería marchar a Argentina y Jose se fue con ella. Este cuento ya os lo sabéis.

Unos vienen y otros se van. Como siempre me dicen los taxistas porteños, “vos venís a Argentina, y por acá están todos re-locos por marchar para allá”.

La coincidencia, el mundo pequeño, el mundo pañuelo, hizo que todos acabáramos en este país durante la última semana. Les tocaba hacer la visita ritual a toda la gran porción de vida que se había dejado Paola por aquí y, de paso, nos ofrecieron unos días de adopción santiagueña.

Plácida como una vaca, dulce como una ciruela. Así era Santiago del Estero cuando Gombrowicz la describía en su Diario, en torno a los 50. Y así sigue siendo décadas después, la ciudad, sus pueblos, su gente, su viento, sus costumbres. Y plácidos como vacas vivimos nosotros durante tres días en los que comimos asado y degustamos tortas (o tartas) junto a nuestros tios, tías, primos, abuelas, vecinos y amigos adoptivos.

Si sólo pudiera describir el sosiego de cada uno de los minutos en las sillas de metal de la galería que da al jardín, de cada una de las vueltas que dan las hélices del ventilador de techo, de ese colibrí que aletea despacio, despacio… Los besos de la Negrita, las palabras argentinas de Ramón cuando habla de su juventud en la marina. Los ojos del joven indio cuando sueña con viajar a España, “sacáte el pasaporte, Indio, sacátelo ya, ché”, le dice su prima.

Después de esos tres días, el autobús nos devolvió a Capital en doce horas. De plácidas vacas pasamos a ser turistas en pleno furor. De tomar mate en el porche viendo circular constelaciones, pasamos a la locura del colectivo, a las miles de fotos en las calles de Caminito, al paseo por Costanera Sur, por Puerto Madero, la cerveza y el tango en la Plaza Dorrego, la visita nocturna a la Plaza de Mayo, el calor del Subte y los Bosques de Palermo.

Entonces se acabó la semana, Paola y Pedro se fueron, y nosotros nos volvimos a quedar solos en casa. Pero ahora el duendecillo, sentado esta noche a mi lado, en el sofá sobre el cojín naranja, me dice “¿viste?, para qué tanto agobio”.

Me dice “ché, empezaste re-bien el mes de Abril,

¿viste?”.

Gen.

Ciento cuarenta y cuatro.

– En guardia

Lo dice con el ceño fruncido, como segura, aunque es ella quien se adentra en el campo de minas.

Ha pasado tanto tiempo que ya ni se podría decir que está olvidado. Ya no entra en los “te acuerdas de aquello”, simplemente quedó escrito. Quizás en una servilleta, o en algún cuaderno color humo.

En aquel entonces él se había enamorado de Shangai. Quizás con alguna razón, probablemente por haber agotado ya las demás cosas de las que enamorarse. Me iré a Shangai, dijo. Y no lo prometió porque intuyó que aquello de las promesas no iba a ser su fuerte.

Ella tampoco prometió seguirle, aún así lo pensó.

Ni siquiera lo dijo. Tampoco lo pensó una segunda vez, para no convertirlo ya en una forma de promesa.

Lo pensó una
sola
vez.

Años después, igual que tantas otras promesas, todo quedó escrito, sólamente escrito y más que olvidado.

Él nunca volvió a recordar, ni siquiera cuando una carta de ella aterrizó, de sorpresa, en su buzón. (Buzón, por cierto, muy lejos de Shangai). Ella lo recordó tarde, mucho después de que la casualidad hiciera su parte, cuando un billete de avión lo mostró por escrito. Madrid Shangai.

Madrid Shangai dice algo más que cualquier otro destino. Ya solo con decirlo, Shangai empieza y termina volando, como las historias que se olvidan. Shangai tiene cien historias en siete letras, al menos una tiene que ser de ella.

Ah, cierto, ahora recuerdo.

Entonces ese recuerdo se convierte en una chispa y toda la cama de franela sobre la que parecían dormir las no promesas resulta estar cubierta de pólvora. Total, que prende.

– En guardia.
– ¿En guardia, dices? ¿No eres tú quien entra en campo de minas?

Y lo que prende se extiende al ritmo lento de la cuenta atrás más certera de su vida. Quedan ciento cuarenta y cuatro días.

Gen.

[Qué difícil es volver cuando no hay conflictos.]

Por qué me voy.

Learning agreement. Escriba en el siguiente espacio de doce por dieciocho unas líneas que expliquen su motivación académica y profesional para solicitar esta beca de estudios en Latinoamérica.

Veamos, hablo de números, de prestigio, de relaciones internacionales. Hablo de estudios, proyectos, de colaboración con empresas. Hablo, todo esto suena muy bien.

Student motivation, academic proposal.

Hablo, hablo, hablo. Relleno huecos de doce por dieciocho. Lo leerá una funcionaria que pondrá un sello, lo leerá otra que lo meterá en un sobre. Lo leerá el último que afirmará complacido con un leve movimiento de cabeza.

Cuéntenos, querido estudiante universitario, ¿por qué se va?.

Pregúntamelo, Burocracia, pregúntamelo una vez más, y entonces te diré la verdad.

Cuénteme, próspero y excelente alumno, por qué se va.

Pues mira, me voy por amor.

Me voy porque hace unos años me enamoré de una tierra en la que los colores eran diferentes. Porque sentir en aquella tierra era como si cada poro de tu piel fuera del tamaño de una aceituna. Me voy porque allí la música lo cubre todo y explica atardeceres, montañas, noches de fuego. Porque allí las aguas cantan, las gentes cantan, los ojos cantan.

Me voy allí porque el arte se convierte en un grito de socorro, un intento de expresar en voz todavía más alta. Porque allí las historias son más verdaderas, y las invenciones más inventadas, porque las creencias tienen sentido, las tradiciones son explicables, y los misticismos son necesarios. Me voy a esa tierra porque allí la historia es ineludible, te persigue, te inunda a cada paso que das. Emerge de cada baldosa, cada piedra, cada símbolo.

Porque las cosas buenas son mejores, porque las cosas malas son aún peores. Las fiestas son verdaderas, el trabajo vale más. Me voy porque estar allí es como estar en casa, y aún así es diferente a cualquier otro lugar que hayas conocido. Porque hay bosques de piedras, cuadros de tierra, carretera en el desierto, barcos en las montañas.

Allí puedes subir a un tejado y parar el tiempo mirando la Cruz del Sur. Me voy porque allí el tiempo no mide nada; es un habitante más. Porque allí no sólo los espejos te reflejan.

Por eso me enamoré. Por eso me voy.

Gen.