www.genocation.com nació hace ya más de trece años, era una página de fondo negro, enmarcada en dibujos de fantasía. La segunda versión empezó a tener palabras. La tercera se tiñó de blanco, se volvió serena y empezó a viajar. La cuarta intentó adaptarse a un nuevo lugar, a un nuevo idioma. Esta versión 5.0 se adapta a mí.

Me llamo Gen, tengo distintos hogares, muy distantes entre ellos, y dedico mi vida a quererlos y odiarlos al mismo tiempo, a aprenderlos y a buscar territorio común. Me enfado con el mundo, a veces, busco cosas que rara vez encuentro, duermo poco y dibujo a ratos. También tengo trabajos, claro, pero esos van cambiando. Y por si a alguien se le ocurriera ofrecerme un cambio, aquí dejo todas mis formas de contacto. Bienvenidos

Nunca nos faltará la sed.

Los que vivimos en esta ciudad del regreso, que no se llama Madrid sino otro nombre distinto, los hijos pródigos, las hijas valientes, todos conocimos al monstruo de las aguas. Es inmenso, nos acecha en nuestros sueños y hace que nos despertemos con sed.

Nos dicen que suenan los ríos, que vienen las lluvias, que arrasan las olas, pero nos engañan. Este monstruo no existe pero pisotea todo lo construído, el ladrillo, el asfalto, arrastra los coches Gran Vía abajo. A nosotros nos moja los calcetines, nos deja en pie de guerra.

Líate el dupatta a la cabeza, me aconsejan desde el espejo, se acerca la sequía. Conviértete en zahorí, escarba con los dedos, ensúciate las uñas, encuentra tierra mojada. La piel se nos fue, hace ya muchos años, ahora se nos queman las mejillas.

No hay descanso, caigo en la cama derrotada y las sábanas son un desierto que suena como el papel. Me difumino como un borrón para dibujarme en mis sueños, de color azul y espuma blanca. Esta noche arrasa ciudades, levanta árboles de cuajo, los animales ya salieron corriendo hace trece horas. El monstruo de las aguas se hace más grande a cada noche, y más pequeño a cada día.

Dicen que la sed nos hace volvernos locos, que vemos gotas condensadas al otro lado de los cristales, en las yemas de los dedos. Dicen que hay trajes en Arrakis que nos permiten bebernos la humedad de nuestros cuerpos.

Pero eso a nosotros no nos sirve, a nosotros sólo se nos sacia cuando se nos lleva la ola.

A nosotros, que nunca nos faltó el agua, ya nunca nos faltará la sed.

Gen.

Lista de errores que cometo en los días malos.

Pensar en los intentos como fracasos.
Pensar en las huídas como fracasos.
Pensar en las experiencias como fracasos.
Pensar en los fracasos como fracasos.

Que rodearme de gente increíble sólo sirva para hacerme pequeña.
Que no ser pequeña sólo sirva para tener sueños grandes.

Mirarme al espejo y no sonreír.
Empujarme a sonreír y sólo ver dientes torcidos.
Que mis ojos, que son grandes y están llenos, no puedan más que arrastrar ojeras secas.
Que me crezcan esas arrugas que sólo lucen bien en otras personas.

Ver en mi espalda un árbol borroso.
Que la madera sea porosa, que las ramas y raíces no se inviertan, que los versos de Tagore dejen de tener sentido, que lo relativo no lo sea tanto.
Que todo lo aprendido sólo parezcan excusas.
Que ese desierto negro me aterrorice sólo a mí.

Poner en fila india los recuerdos de abandonos.
Recordar los ataques y amenazas, las miradas repulsivas.
Recordar los besos sucios que vuelan desde el chai wallah.
Pensar en el deseo como algo trágico.
Revivir las frases que rompen en pedazos, los “estás sucia”, “te lo has ganado”, “yo, así, no te quiero”.
Pensar que una vez todos tuvieron razón.

Buscar en Google, con nombres y apellidos, los tiempos en los que sólo había grandes opciones.
(Y encontrarlos, nada desaparece de Internet)
Recordar a una niña que era distinta, que pintaba con letras y jugaba con fuego.
Darme cuenta de que ya me hice mayor y ahora tengo la edad que hace 5 años me dijeron que aparentaba.
Pensar que todo esto es inevitable.

Hacer una lista de errores.

Buscar trabajo.

(Por lo menos, siempre hay música que acompaña, siempre hay lápices con punta, no se acaban las hojas en blanco)

Gen.

Turn up the volume, turn down the noise.

(Me llamaste “puta” cuando pasé por tu lado y te rechacé. No miré hacia atrás, ¿no pudiste dejarlo estar? Me llamaste “puta”, y te ignoré en vez de dejarme llevar por este huracán de asco y odio. Hice un esfuerzo, me controlé, no miré hacia atrás.

No me di cuenta: no mirar fue mayor insulto que el rechazo. Me llamaste “puta” y, aunque mis manos se transformaron – pegadas a mis muslos te mostraban el dedo medio – no te hice caso, y entonces fui peor: una puta altiva.

El insulto te hizo cambiar de rumbo y el “puta” no bastó. “Te vas a enterar”, quizás pensabas, “ahora verás”. Y con mis manos escondidas, la mirada fija en el suelo, yo aceleraba el paso. Hubiera mirado atrás te habría visto seguirme, ofendido, dañado, víctima de un eco – insuficiente – de “puta” en los ojos. Pero no miré por un buen rato, por miedo, por no querer salir corriendo, por no querer saber. Pero sabiendo.

Sólo miré hacia atrás minutos después, cuando mi llave estaba, por fin, entrando en la cerradura del portal.

Te vi a 10 metros.

Ahora entro en casa y escribo esto y me iré a la cama sin encender las luces – mi casa es un octavo exterior.

Pero me voy a la cama pensando “Mierda, nada cambia”.)

Gen.

Casi Alcanzando.

Lecciones que nos enseñaron a las mujeres.

En 2009 llegué a India creyéndome persona, en 2013 me fuí de allí sabiéndome mujer.

Lo aprendí poco a poco, lección tras lección. Cada día las calles, las historias, las noticias, ¡mis amigos! me mandaban el mismo mensaje: “Eres una mujer, vive como una mujer, comportate como se comportan las mujeres, no esperes más de lo que una mujer debe esperar”.

La primera lección se la debo a Sruthi, inocente, dulce, niña de pueblo. Llegó nueva a la empresa y – pobrecilla – fue asignada a trabajar conmigo sin tener ninguna experiencia o interés en el área. Su familia era humilde; de algún modo se las habían ingeniado para que ella estudiara una carrera. Sruthi, sin ser tampoco muy espabilada, había conseguido un puesto de trabajo que pretendía mantener hasta que encontrara un marido. Su problema, decía, es que todos los que su padre encontraba pedían más dinero por ella que lo que su padre se podía permitir. “Por eso, tener un buen trabajo cuenta bastante, quizás ahora alguno diga que sí, que vale”.

Llegó Sruthi a la oficina cargada con una mochila, decenas de recipientes de cocina hechos de aluminio, y embutida en un salwar kameez de manga larga pese a los 48 grados de Mayo. “Esta noche me voy al pueblo a visitar a mi familia”, me explicó, “con un poco de suerte podré hablar con mi padre”.

“Con un poco de suerte”, tuve la sospecha de que no debía preguntar pero, escondida tras la seguridad de la ignorancia extranjera, me importó un pimiento. Abrió mucho sus ojos almendra y me arrinconó mientras vigilaba que ningún compañero pudiera oirnos: “Mi periodo, está a punto de llegar, no puedo hablar con mi padre si estoy menstruando, soy impura”.

Sruthi. En su familia los puros comen primero, las impuras esperan y comen lo que sobre, nunca usando los mismos platos o cubiertos, sin entrar en las salas comunes ni en la cocina y, sobre todo, sin acercarse a los templos. Su padre quería hablar con ella, se lo había dicho por teléfono, así que Sruthi cogía el tren nocturno que en siete horas paraba en su pueblo. “No le puedo decir que no voy, le ofendería. Tampoco le puedo decir que pronto me vendrá la regla, y si me viene mañana, me tendré que pasar el fin de semana aislada y sin hablar con él”.

La solución me parecía muy fácil: “Bueno, pues si te viene, no se lo digas a nadie”. “No, no lo entiendes. Es que soy impura”

La primera lección me la dio Sruthi: soy impura por naturaleza.


Imagen de la maravillosa película de Nina Paley, Sita Sings the Blues

Hubo más lecciones.

La tercera me la dio el Ramayana. Considerado, junto con el Mahabharata, uno de las grandes poemas épicos hundúes, el Ramayana cuenta la historia del dios Rama. Era el hijo predilecto de su padre, el rey de Ayodhya, pero en el momento de heredar el trono fue condenado al exilio durante 14 años. Rama aceptó las órdenes de su padre y, obediente, se fue a vivir al bosque seguido por su esposa Sita, con la que llevaba 12 años casado. Rama y Sita, ejemplos de la virtud y del amor incondicional, vivieron alejados de su reino hasta que las cosas se pusieron feas. Un señor con muchas cabezas que resultó ser el Rey de Sri Lanka se encaprichó de Sita y decidió raptarla y llevársela a su isla. Meses más tarde, con la ayuda de Hanuman el Dios Mono, el virtuoso Rama encontró a su esposa, derrotó al malvado Rey de diez cabezas, y se la trajo de vuelta a casa.

El resto de la historia cuenta cómo Rama vuelve a su reino tras aquellos moviditos 14 años de exilio. El final es feliz: regresa el virtuoso Rama, se le corona Rey de Ayodhya, Sita tiene dos hijos, Rama es justo, Rama es bueno, Rama es el Rey perfecto. Rama es virtuoso: hoy se le reza con ahínco, al querido dios Rama, uno de los más venerados entre los 33 millones de dioses. Todavía, musulmanes e hindúes se pegan palizas por el derecho a venerar Ayodhya como lugar sagrado, porque claro, Rama nació allí – o eso dictaminó un tribunal supremo hace cuatro años después de un largo juicio.

No tardé mucho en enterarme de que los versos cuentan otra historia distinta a la de los rezos de la gente.

Los versos cuentan que Sita perdía el culo por su marido, y por mucho que el de las cabezas insistiera, a ella no le apetecía otro hombre. Se dedicó a rezar a Rama, Rama, Rama. Y entonces Rama viene, la rescata, se la lleva para casa, y la repudia. “Has vivido en la casa de otro hombre, eres tan guapa que no me puedo creer que ese señor no te haya tocado: ya no te mereces ser mi mujer”. Sita, desolada, le pedía clemencia, porque te amo, porque nunca amaré a nadie más. Rama se lo pensó y decidió comprobar que Sita era pura. ¿Cómo? Fácil: lanza tu mujer al fuego.

Sita salió intacta de la hoguera. Fue la prueba de su pureza. Años después, ya siendo reyes de Ayodhya, Rama escuchó los rumores de su pueblo: “Menudo Rey imbécil, tiene una mujer que vivió con otro hombre”. Así que el Rey justo y bueno la repudió de nuevo y, embarazada de gemelos, Sita fue desterrada.

En un bosque muy lejano, Sita crió a sus dos hijos, educándolos en las virtudes de su papá, Rey. Muchos años después su padre se encontró con ellos. “Se me parecen”, dijo, y descubrió que eran sus muchachos. Visto lo visto, Rama quiso volver a aceptar a Sita como su virtuosa esposa. “Pero antes”, dijo, “deberás pasar un test de pureza: Al fuego otra vez”

Habían pasado muchos años, muchos exilios, muchas hogueras, muchos repudios. “No”, dijo ella, “ahora vas a ver si soy pura”. “Si siempre te he sido fiel, si siempre te he querido y venerado” clamaba, “que se me trague la tierra”.

Y la tierra se la tragó.

La tercera lección me la dio el Ramayana: que se me trague la tierra.


Otra imagen de la película de Nina Paley, Sita Sings the Blues

Gen.

Dos mitades no hacen uno.

quizás algún día resultaré ser algo?

Dos mitades no hacen uno.

En el mundo lógico

—mundo de paper a doble columna, mundo que entienden las que sólo somos poetas de palabras reservadas, if, switch, break, repleto de colocados que se reían de los falsos adalides que reinventan diccionarios, mundo que ha vuelto a ser plano, mundo de mapas invertidos, proyecciones en cilindros, mundo threshold

En el que las palabras son tan sencillas como números
Los reales: las ideas, incontables—no se cuentan ni se cuentan—Los discretos.

Las personas como yo, al igual que las palabras, nos redondeamos hacia abajo.

No, dos mitades no hacen uno.

Pues yo, aquí en este cruce por el que paso un poco tarde—this crossroad without its devil—no me conformo con ser cero.

Gen.

El Grito del Índigo

Peces en la Cabeza.

¿Me haré vieja? ¿Dónde me haré vieja?

Siempre tuve claro que la inestabilidad fue un camino elegido voluntariamente. Sonreí y tiré para alante. Ahora, otra vez, vuelvo a estar en el mismo punto en el que estuve recién acabada la carrera. El mismo pero más mayor, con un peinado distinto, un poco más de estilo para seleccionar ropa, más tranquila. Un poco más herida y mucho más sana.

Nunca tuve pájaros en la cabeza. Peces, quizás. Y ahí siguen.

Bueno, pues eso, ¿y ahora qué?

Gen.

A lo largo de cuatro Diwalis

Este es el cuarto Diwali que paso en la India.

El primero fue en el 2009. No había vivido más de tres semanas en este país y ya estaba preparada para sobrevivir el primer Festival de las Luces, mi primer Año Nuevo Hindú. Tenía 24 años y me embriagaba la idea de los Rangolis dibujados con mil colores en el suelo, los constantes petardazos y fuegos artificiales, las lámparas de fuego despegando lentamente, convirtiéndose en estrellas. En mi ignorancia, viajé a Goa, y lo único que me recordó a la idea del Diwali que la Wikipedia me había dado fue un grupo de niños corriendo por la playa con bengalas en las manos. En aquel entonces, la India era un lugar gigantesco, inimaginable. Hasta el mínimo detalle de la cultura despertaba mi curiosidad, mil preguntas, cien libros. El cine me interesaba, las canciones abundaban en mi reproductor de mp3. Eran tres meses en total los que planeaba pasar en Mysore, aquel encantador pueblo al sur de la India, así que no tuve ningún problema en dejarme llevar por esa sensación del recién llegado, esa excitación por lo nuevo. Al fin y al cabo, son sólo tres meses, me dije. Y todo me parecía estupendo.

El segundo Diwali fue inesperado, Octubre 2010 fue el mes con más cambios de mi vida. Con un contrato indefinido recién firmado en una gran empresa, un piso recién alquilado con sólo un colchón en el suelo y una nevera con bandejas de jamón envasadas al vacío, intactas, me acababa de plantar en Hyderabad, una ciudad que ni siquiera me gustaba. Tenía 25 años y muchas ganas de demostrar al primero que pasara que yo era la dueña de mi vida, que ninguna decepción ni ninguna lucha me podían hundir. Aquellos primeros meses en Hyderabad fueron un mosaico de personas con necesidades parecidas, personas que huían, personas que buscaban, personas que querían saltar fuera pero que no encontraban el impulso. Aquel Diwali fue un extraño intento de convertir seis mujeres de seis países distintos en una improvisada familia. Embutidas en saris y kurtas, disfrutamos de Biryiani casero, pintamos un precioso Rangoli rodeado de Diyas y pasamos la noche en la terraza estallando fuegos y petardos.

Sin embargo no tengo recuerdo alguno de Diwali 2011. No sé dónde lo pasé ni con quién, no recuerdo qué hice. Y no lo recuerdo porque lo odiaba. No entendía mi decisión de instalarme en este país, tenía 26 años y sentía que estaba tirando mi tiempo a la basura. La India era cruda realidad, era una sociedad enferma, llena de odio hacia el otro, hacia el de fuera, hacia el de abajo, hacia el del otro templo, hacia las mujeres. Ya había aprendido a ignorar las mentiras que maquillan las realidades cuando las percibe el extranjero. Cuando llegó aquel Diwali yo ya era una inmigrante.

Me quería largar, eso sí que lo recuerdo. Pocas cosas hubo que me ataron a Hyderabad, pero fueron fuertes: ya había conocido a los que habían empezado a ser mi pequeña familia en esta ciudad, los que me salvaban del odio y del rechazo, haciéndolo todo más sencillo. Había grandes momentos, estaba la sensación de no parar de aprender y de cambiar, y había un hombre con el que compartía mil sueños y algún que otro proyecto.

Pero durante este Diwali sentí paz. El año 2012 me había dado terribles momentos y una espantosa sensación de pérdida, pero el festival llegó durante la calma que siempre sucede a la tormenta. Hubo muchos cambios de planes, cambios de energía, siempre siguiendo un aleatorio movimiento Browniano, como una partícula flotando en el agua. Tengo 27 años y sigo en la misma ciudad, que aún sin cambiar demasiado ya ha sido tantos sitios distintos. Desde el tejado de un undécimo piso veo los fuegos artificiales y me siento bien, la ciudad, y el mundo por extensión, parecen convertirse en un océano de posibilidades en el que todos los caminos me pueden llevar a ser yo misma, sentirme libre, estar tranquila.

El Diwali de este año es, para mí, el verdadero Festival de las Luces, el Año Nuevo en el que he encontrado lo que buscaba cuando me planté en este lugar, exactamente cuatro Diwalis atrás.

Gen.

And I wish it wasn’t.

But it is.



Anger is what I feel when you ignore my words and make me born mute. Hate. I wish it was not disdain when I want to love and you dont let me.

When I knock down a few bricks of the wall you had built, and when your response is to make it stronger, deeper. I wish I could silence my rage.

I wish it wasn’t sorrow, when you don’t let me be.

But it is.

Gen.

[Against the gender violence, in All its ways; here, there and everywhere.]