www.genocation.com nació hace ya más de trece años, era una página de fondo negro, enmarcada en dibujos de fantasía. La segunda versión empezó a tener palabras. La tercera se tiñó de blanco, se volvió serena y empezó a viajar. La cuarta intentó adaptarse a un nuevo lugar, a un nuevo idioma. Esta versión 5.0 se adapta a mí.

Me llamo Gen, tengo distintos hogares, muy distantes entre ellos, y dedico mi vida a quererlos y odiarlos al mismo tiempo, a aprenderlos y a buscar territorio común. Me enfado con el mundo, a veces, busco cosas que rara vez encuentro, duermo poco y dibujo a ratos. También tengo trabajos, claro, pero esos van cambiando. Y por si a alguien se le ocurriera ofrecerme un cambio, aquí dejo todas mis formas de contacto. Bienvenidos

Maletas y una Pista.

Cuando Ojos de Papel decidió marcharse, los años ya le habían convertido en un hombre capaz de llevar Maleta.

Parecía una tontería, pero él sabía que aquello no era tan sencillo, como llevar un macuto, ni siquiera como llevar un petate. Llevar maleta acarreaba una responsabilidad mayor. Evidentemente no se trataba de una maleta cualquiera. En aquel entonces las maletas eran de cuero marrón, con refuerzos en las esquinas. De esas maletas que alguna vez llegaron a convertirse en musas de ciertos artistas, maletas de viajante. Moverse acarreando una de aquellas maletas implicaba demasiadas cosas: uno no podía viajar con algo así si no tenía algo que contar.

La maleta de Ojos de Papel era vieja, heredada, posiblemente de su abuelo, después de su padre. La conocía desde muy pequeño, cuando desaparecía de su casa con su padre, repleta de rencores matrimoniales, promesas incumplidas, esperanzas en futuros ficticios y corbatas de seda. La volvió a conocer cuando regresó con camisas arrugadas, añoranzas y deudas. A partir de entonces la maleta se quedó en casa, siempre a la vista, apoyada en una pared cerca de la puerta de entrada. Ojos de Papel la dibujaba de forma obsesiva, le gustaba cómo su sombra la anclaba violentamente a cualquier lugar, como si ese fuera el definitivo. Una maleta así podía construir, allá donde fuera, hogares de decorado de lo más creíbles.

Cuando Ojos de Papel decidió marcharse, ya había vuelto muchas veces antes. Su madre sacó la maleta de su eterno hueco en la puerta de entrada y la vació por primera vez en quince años. Toma, llévatela en tu búsqueda, un hombre como tú ya empieza a necesitar un cacharro de estos.

Cuando Ojos de Árbol entró en el quinto anticuario del Rastro, vio lo que estaba buscando.

– Esa, necesitamos esa. Es preciosa, cuero marrón, antigua pero restaurada. Es la maleta que buscábamos para Jonathan Harker, ¿no te parece?. ¿Cuánto cuesta?
– ¿Esa? Podría dejártela en ciento cincuenta.
– ¿Qué?
– Verás bonita, una maleta de principios de siglo, auténtica, restaurada. ¿Tú sabes el trabajo que cuesta arreglar eso? Los refuerzos son fuertes, cosidos a mano, el cierre funciona perfectamente, el cuero no tiene manchas, el forro es nuevo y está limpio. Es una maravilla y cuesta lo que cuestan las maravillas.
– Pues yo no tengo tanto dinero.
– ¿Cuánto tienes?
– Veinte euros.

El dueño del anticuario soltó una sonora carcajada. Veinte euros, qué insulto. Aquella imbécil quería una maleta de cuero restaurada y ofrecía veinte miserables euros.

– Perdona, pero no tengo nada aquí para tí.

Cuando Ojos de Árbol salió del quinto anticuario, el dueño decidió probar con algo diferente.

– ¡Espera! Quizás esto te interese. Está demasiado vieja, destrozada, restaurarla no sale rentable. Los cierres están rotos, tendrás que arreglarlos con una cuerda, el cuero está estropeado por la humedad y el forro es feo y malo. Si te la llevas, te llevas también todos los trastos que tiene dentro; está llena de mierda. Es tuya por treinta euros.
– Tengo veinte.
– ¿Veinticinco?
– Me la llevo.

Cuando Ojos de Fuego leyó sobre maletas, pensó que aquello podría ser la pista que buscaba.

Recordó haber visto una vieja maleta marrón olvidada en lo alto de algún armario del almacen de su grupo de teatro. Había leído que las maletas así sólo podían contener historias, sólo podían escupir magia. Era curioso que nunca se le hubiera ocurrido abrirla para curiosear dentro, pero ahora que Ojos de Fuego buscaba una pista, era el momento de hacerlo.

Colocó una silla bajo el armario para alcanzarla, la bajó y la apoyó despacio sobre la mesa; había que tener cuidado, si era la del relato los cierres habrían de estar rotos.

Cuando Ojos de Fuego abrió la vieja maleta, entre polvo y decenas de objetos absurdos… encontró una historia.

Gen.

Historias verdaderas.

Para todo hay una historia verdadera. También la hay para ella.

La Reina Carmesí vive en un castillo al suroeste de su reino. El Rey Carmesí vive en otro, al noreste. En los terrenos de la Reina crecen los Bosques de las Ciencias rodeados por los Prados de las Artes. Ese es el único lugar en el que se pueden encontrar ovejas ojirrubinas, una especie criada por una tribu autóctona de gran prestigio en el reino, los pastores reflejo. Los pastores se ocupan del trasquilado de las ojirrubinas cuando éstas cumplen tres años de edad. Esa lana virgen viaja directamente al castillo de la Reina, donde cientos de hilanderas trabajan una semana cada tres meses para convertirla en ovillos y ovillos que se van almacenando en las torres. Esa lana es especial, nunca es del mismo color, nunca de la misma suavidad. A veces rojiza o con reflejos dorados, a veces ruda y blanquecina. Todo depende de ella, de la Reina Carmesí. Ella es la única que utiliza la lana que hilan las hilanderas, que traen los pastores reflejo, que trasquilan de las ovejas ojirrubinas, que se crían en los Prados de las Artes. La Reina Carmesí se sienta en el suelo de su castillo sin amueblar, elige un ovillo y comienza. Con esa lana, la Reina es capaz de tejer finales de cuento para todas las historias. Y además, disfruta haciéndolo.

– ¿Qué te pasa, Gen? Hoy estás como ausente.
– Nada. No te preocupes demasiado, que te vas a saltar otro semáforo.
– Perdóname por preocuparme, es la costumbre. Venga va, suelta ya qué es lo que te ocurre.
– Tan sólo pensaba en un invento… una idea, un sistema, como quieras llamarlo…
– Sigue.
– Pensaba en la manera de convertir historias verdaderas en cuentos con magia. La manera de que siempre haya un final de cuento, una interpretación de érase una vez, o una moraleja o un misterio o una promesa.
– No entiendo. ¿Convertirlos en la realidad o sólo en tu mente?
– ¿Acaso no es lo mismo?
– No.
– Sí.
– … Pareces salida de una comedia romántica.
– Anda, no me hables.

Gen.

Felicidades Viejo.

Felicidades, viejo, hoy es tu cumpleaños.

Como es tu cumpleaños y no te mereces regalos, he decidido darme un homenaje y acabar con nuestros sueños. Hoy, como regalo de cumpleaños, convierto un susurro en una realidad y formalizo mi intención de irme, lejos de mí y lejos de tí. Hoy me regalo una nueva terraza, distinta a la de nuestros sueños, mucho mejor en realidad. Es una terraza donde quedará la mesa sin recoger tantas, tantas noches, una terraza donde sonreir sin tí.

Felicidades, viejo, me voy a un lugar en el que ya no me puedes encontrar.

Pero antes, me hago unos cuantos regalos más por tu cumpleaños. Desgarro tu imágen en mi mente. Podría romper tus fotos pero ya lo hice una vez, y lo único para lo que sirvió fue para no poderlas volver a romper. También me apropio de un jardín de árboles con formas y colores, porque lo planté y lo regué y te lo dí, pero tú no lo quieres. Además reconquisto mi cuerpo al completo, incluso el hueco que hay entre mis clavículas. Ya no es tuyo.

Tú celebra el día de hoy, que te haces viejo, te enfrías, te conviertes en una figura en tono de grises y además pierdes las cosas.

[Mi abuelo, de viejo, tenía un muñeco de una pantera rosa que no me dejaba tocar, porque yo tan sólo era una niñita.]

Felicidades, viejo, algún día tú también tendrás uno.

Pero yo me largo.

Gen.

El Regalo Menos Esperado.

– Y a tí, ¿qué te han traído los Reyes Magos?
– Un par de tebeos, y algún disco raro.

Cada año somos más niños, cada vez los regalos vienen envueltos en un papel diferente. Los regalos vienen en días extraños, camuflados a veces en sonrisas, a veces en ideas, otras en símbolos.

Este año leo tranquila mis tebeos, escucho mi disco raro, miro desde mi octavo todas las fotos que ya he hecho alguna vez. Mientras disfruto de mis regalos, pienso. El año pasado terminó siendo muy extraño. Ahora tomé una determinación, este mes toca reinventarse, me convenzo, agarro aguja de ganchillo e ideo nuevos puntos para tejer ilusiones. Aquí había agujero, o pata de gallo. Ya no, ahora toca nudo. Y así todos los minutos, me reinvento.

Entonces, en un huracán de frases ensayadas ántes de dormir, va ese muchacho y aparece. ¿Y ahora qué hago yo con tu vida rara y mi vida rara?, me digo. Así que antes siquiera de pensar tácticas de batalla, voy y me rindo. Ahí te quedas, muchacho, yo no me atrevo.

Pero ya lo dije antes, que cada vez los regalos vienen en días más inesperados, envueltos en las cosas más absurdas. Estaba yo reinventando, por eso, cuando llegó mi Reina Maga.

– Mira, los compré en el chino de Vitoria, el que está cerca de la Plaza Lovaina, pensé que este te gustaría.

Y lo puso sobre mi mesa.

A veces hay que buscar señales levantando baúles, abriendo buzones ajenos de forma desesperada. Otras veces esas señales te miran a los ojos, fruncen el ceño y te sueltan tremenda bofetada.

Sobre mis apuntes brilló el verdoso caparazón de cristal de un insecto a lunares. Es así como lo pensé hace unos meses, idéntico. Es él, el auténtico bicho de la Oportunidad, un cuento que escribí y que se ha hecho real para traerme este año el regalo que necesitaba.

– Gracias mamá, de verdad, me encanta.

Gen.

Mareando la Perdiz.

Adelita y Generouse tuvieron un follón, de esos que claman al cielo y son punto de partida de toda conversación durante cierto tiempo. Eso fue hace muchos años, cuando Generouse aún no había vivido demasiado y Adelita era más o menos igual que ahora. Generouse era tecnocientifista y Adelita dedicaba su vida a las artes de la escribiduría. Tenían sus puntos en común, todos lo sabían, pero se podría decir que, entre sí, tan sólo eran muchachas tangentes.

La historia entre ellas tuvo su final cuando Generouse marchó de vuelta a su tierra, cuatro continentes más a la derecha de donde todo ocurrió. Continuando con su trabajo de tecnocientifista, Generouse recorrió nuevas tierras, conoció nuevos personajes, vivió nuevas aventuras y se escribieron cientos de historias sobre ella. Adelita se quedó en su casa y pensó que lo mejor que podía hacer era fundamentar su oficio en la escribiduría exprimiendo hasta el cansancio aquel follón que tan estupendo le pareció.

Por cierto que de aquel follón salió Adelita victoriosa, quedándose para gozo particular al muchacho que ambas se habían sorteado con inexplicable ardor. Sin embargo la pobre Adelita cayó en la desgracia y fue incapaz de saborear su áurea victoria, ya que tuvo la feliz idea de engordar aquel follón con piensos compuestos para ganado caprino, para luego disecarlo y conservarlo tal cual, como un trofeo, en lo más alto de la cabecera de su cama. Pasaron los años y el follón disecado la seguía mirando, fijamente, todas las noches impares. Así fue que Adelita incubó un espantoso insomnio que la dejó traspuesta y medio gilipollas.

Mientras tanto, Generouse corría aventuras viajando por Lilliput, por Ítaca, por la nueva Utopía. De vez en cuando recordaba historias pasadas, las contaba a los nietos de sus amigos y después todos aplaudían y tomaban chocolate caliente con especias.

A veces sucedían cosas curiosas. Adelita metía el follón disecado en su vieja maleta e iba en busca de Generouse. Se lo mostraba, decía “verás, este bicho me mira todas las noches, no me deja dormir”, a lo que Generouse contestaba “pero Adelita, mujer, si el bicho está muerto”.

“Sí, pero su fantasma me sigue mirando”

A base de fantasmas siguieron pasando los años, hasta que Generouse, a quien le empezó a parecer todo un exceso de fantasmadas, decidió mandar un telegrama a modo de toque de atención. Utilizó Generouse dos lenguajes diferentes, por si acaso, el de los tecnocientifistas y el de los poetas errantes de la escribiduría.

Y el telegrama decía así:

“Deja de joder. STOP
A ver si lo pillas así. STOP
La perdiz se marea, qué tendrá la perdiz?
Los suspiros escapan de su pico de…
STOP”

Gen.

Sobre Carmelo Buenqueso.

Carmelo Buenqueso es un buen ratón, pero a veces se comporta de forma estúpida. Carmelo Buenqueso no es modesto, ni honrado, ni honesto. Carmelo Buenqueso es un ratón destinado a hacer grandes cosas, pero hace sentir a los demás peores ratones que él. Carmelo Buenqueso a veces se acobarda.

A pesar de todo, yo quiero a Carmelo Buenqueso.

¿Por qué lo quieres?
– Porque a veces es como un niño. A veces es cruel, otras es suave. Sea como sea, a veces es sincero y entonces lo entiendes…
¿El qué entiendes?
– Que Carmelo Buenqueso es su peor enemigo.

Hay algo que me ocurre cuando Carmelo Buenqueso está presente.
– ¿Qué es?
Que me siento una ratona muy pequeña. Una ratona de campo, poco lista y pisoteable. Conforme él se acerca, yo me voy sintiendo más y más pequeñita.
– Lo sé, a todos los demás también nos pasa.
¿Y por qué lo quieres?
– Porque a veces es como un niño.

¿Por qué se fue?
– Íbamos a embarcarnos en un transatlántico de madera, como ratones polizón.
– Eso era una locura, ¿en qué estabais pensando?
– Pensábamos en aventuras y nuevos paisajes. Pensábamos en balcones, en la mesa sin quitar. Pensábamos, pero se nos olvidó pensar en algo que era importante.
¿Qué es?
– Que le tiene pánico a las olas del mar, dice. “No quiero marearme en el trayecto”, dice. “No quiero marearme con las olas del mar”.
¿Huyó?
– Sin avisar.
¿Y cuando vuelva le perdonarás?
– No volverá el mismo Carmelo Buenqueso. No sin cambiar.
¿Y cambiado le querrás?
– Claro. A veces será como un niño.

¿Estás triste?
– Sí.
¿Y enfadada?
– También.
¿Y por qué no lo olvidas?
– Porque olvidarle es la forma más fácil de que vuelva a aparecer.
¿Y qué harás entonces?
– Le odiaré todo lo que no he podido odiarle ahora.
¿Pero le odiarás de verdad?
– Le odiaré lo más rápido posible, para poder empezarle a querer de nuevo.

Gen.

Canción de anoche.

Madrid por la noche es un arma blanca en la que el filo y el mango no se distinguen.
Madrid por la noche te arrastra siempre hacia el lado contrario. Madrid por la noche te atrapa y te traiciona.
Madrid por la noche tiene alma propia, un alma que seguramente ya ofreció al mismísimo diablo. Y él no la quiso por perversa.
Madrid por la noche es una mujer con sombrero y cigarrillo negro. En la barra de algún tugurio bebe whisky y destapa cartas de una extraña baraja mientras sonríe a medias.Cuando Madrid me mira con esos ojos de puta, cuando me besa y me envenena, yo no puedo evitar pensar en aquellos hombres que alguna vez le pusieron máscara a una noche como ésta. Ayer agarré el arma por el filo, y hoy me toca cantar.

Resumo. Esto es una canción a los hombres y a las ciudades fetiche. Ninguno podría existir sin el otro.

Esto es una canción a los hoteles con terraza, al reloj de neón rojo en el que miro la hora mientras te espero, a encontrarnos en un templo los días impares sin siquiera haber hablado de ello. Es una canción a los portales sin llave, al jazz que se abre paso entre el humo de ese antro, al no querer subir a tu piso y arrepentirme durante años. Es una canción a las casualidades que parecen no serlo, o a hacerte el amor mientras te odio.

Esto es una canción que no te mereces.

Es una canción a ese pacto que hice con no recuerdo qué dios. Yo cedo cachitos de cordura, tú me haces sentir más que a otros.

Gen.

El bicho de la Oportunidad.

La Oportunidad es un insecto del mundo moderno. No se come los geranios, se reproduce con dificultad, y cuando aparece suele ser infalible. Es un insecto grandote, torpón, verde, a topos y con patas largas. Y en Asia meridional se los comen los osos panda. La Oportunidad es un insecto importante.

Pero además, la Oportunidad no aparece así como así, siempre que uno quiere. No. Existen pocas Oportunidades en el mundo. A veces aparece, como quien no quiere la cosa. De repente se oyen sus patitas, verdes a topos, tamborileando contra el cristal doble de un octavo piso. A veces pasan meses sin que aparezca, a veces años, cinco, o más. Pero cuando aparece la Oportunidad, lo difícil es que no se escape.

Ejemplo práctico:

Hace dos años salí de un autobús con una frase escrita en una servilleta. Esa frase apareció mágica en mi frente mientras dibujaba de memoria el perfil de aquel que se sentaba a mi lado. Era un completo desconocido, aunque yo deseaba que dejara de serlo mientras masticaba aquello que quería decirle:

“Préstame esta noche tu gesto de estatua griega”

Esas palabras que eran para él, se quedaron en mi mano cuando llegó mi parada y salí de allí. A cambio, su particular perfil, nariz recta y egregia, labios finos como dibujados sobre cuadrícula, sus rizos negros, se grabaron en mi mente. Mientras se alejaba, por el cristal del autobús correteaba un insecto.

Hace tres días reconocí la Oportunidad en el Metro, en uno de los asientos de enfrente. Era verde, a topos, con patas largas, y me miraba con sorna. Primero reconocí al insecto, luego reconocí el ángulo de la nariz por la que trepaba, luego los rizos negros, los labios finos. Desde allí arriba me miraba la Oportunidad, mientras aquellos rasgos griegos encajaban con aquel patrón que se me había quedado grabado a fuego. Cuando vi el perfil, supe que era él, dos años después.

En un trozo de papel que encontré en mi bolsillo volví a escribir la misma frase. Mi cerebro ordenó a mi cuerpo que se moviera para agarrar aquel insecto, pero no lo hizo, y mientras él se alejaba, la Oportunidad se reía de mí, y la frase seguía en mi mano.

En otras ocasiones el insecto es más grande de lo normal, más importante, y esas veces sólo se puede atrapar entre dos.

Ejemplo práctico:

La tipa y el tipo se lanzan a por el insecto, lo atrapan. Con cuidado se alzan del suelo, él con un puño cerrado. “Está aquí dentro, lo tengo”. La tipa sonríe, cierra los ojos en señal de alivio. Cuando los abre, el tipo tiene la mano abierta, vacía. La tipa llora, y él se disculpa:

“La abrí para ver si la Oportunidad se quedaba ahí, esperando”

Pero el bicho corrió, se acabó, a joderse.

Gen.

Vértices.

13:15
Tengo cincuenta euros y voy a cometer una locura.

16:07
Tengo cincuenta euros y podría cometer una locura.

19:52
Tengo cincuenta euros y no sé si cometer una locura.

Este ha sido exactamente mi día de hoy.

Gen.

Monstruos.