www.genocation.com nació hace ya más de trece años, era una página de fondo negro, enmarcada en dibujos de fantasía. La segunda versión empezó a tener palabras. La tercera se tiñó de blanco, se volvió serena y empezó a viajar. La cuarta intentó adaptarse a un nuevo lugar, a un nuevo idioma. Esta versión 5.0 se adapta a mí.

Me llamo Gen, tengo distintos hogares, muy distantes entre ellos, y dedico mi vida a quererlos y odiarlos al mismo tiempo, a aprenderlos y a buscar territorio común. Me enfado con el mundo, a veces, busco cosas que rara vez encuentro, duermo poco y dibujo a ratos. También tengo trabajos, claro, pero esos van cambiando. Y por si a alguien se le ocurriera ofrecerme un cambio, aquí dejo todas mis formas de contacto. Bienvenidos

Los primeros colonos espaciales.

La paradoja de los primeros colonos espaciales es un relato típico en la literatura de ciencia ficción. No recuerdo dónde la leí por primera vez, pero siempre me causó una cierta sensación de iquietud.

La historia cuenta que, tras décadas de investigación, los científicos de la Agencia Espacial Antártica (porque ya estamos todos muy hartos de que en todos los relatos futuristas los Americanos tengan un papel tan protagonista así que, ya que escribo yo la historia, pongamos que son los científicos mundiales, los más soñadores, esos que, por no estar atados, resbalaron por los meridianos hasta juntarse todos en el polo Sur) encuentran por fin un sistema planetario orbitando en torno a una estrella lejana de nuestra querida Vía Láctea. Hay planetas de gas, planetas de hielo, rebaños de asteroides, lunas enormes, pero también hay un planeta especial. Isabella, lo llaman, y es de roca y océano. Hay montañas, viento, arena, erosión. Hay ríos y mares, cúmulos y nimbos. Hay un 31% de oxígeno, y lo mejor de todo: no hay pobladores.

Así que los científicos Antárticos deciden mandar una primera partida de colonos hacia Isabella. Para ello diseñan una nave que viajará a una velocidad espeluznante y llegará a su destino en nada menos que 72 años, tiempo en el que sus tripulantes permacerán criogenizados.

Tras meses de construcción, selección de colonos – nada de ladrones y asesinos -, entrenamiento y demás preparativos, la nave, a la que bautizaron como Atahualpa, inicia su viaje.

En ese momento, los colonos despegaban de la tierra, de sus vidas, y para ellos todo se congelaba. El tiempo dejaba de existir y, allí abajo, a cámara rápida, la gente envejecía, moría, nacía. Las guerras terminaban, otras empezaban, las lenguas morían y, por supuesto, la ciencia avanzaba.

72 años después, los jóvenes colonos despertaban – cuando ya hubieran muerto sus hijos – y la nave Atahualpa aterrizaba en un puerto espacial construído en hormigón. Ellos miraban incrédulos por los cristales. Veían una grada repleta de gente que ondeaba cientos de banderitas de la Antártida. También un grupo de políticos con traje que sostenían ramos de flores rodeados de fotógrafos. A su lado, una gigantesca tela cubría lo que parecía ser una estatua.

“Hemos vuelto a la tierra”, pensaban los colonos, “algo ha sucedido y la nave ha dado media vuelta. Pero este no es mi Sol, aquellas no eran mis lunas”

Se oían aplausos mientras bajaban aterrorizados de la nave. Vitoreos. “¡Viva!” gritaban desde las gradas en su mismo idioma. “Bienvenidos a Isabella”, decía una de las políticas por un micrófono, “Llevamos cincuenta años esperándoos”.

“Diez años después de que Atahualpa partiera, la ciencia ya había avanzado lo suficiente para viajar aquí en siete años. Vinimos, construímos ciudades, puertos, minas. Pero la civilización Isabelliana os recuerda como los verdaderos héroes.”

“Salisteis los primeros y fuisteis los últimos en llegar”, y la tela dejó al descubierto una estatua de los tripulantes de la vieja y obsoleta nave.

La paradoja me inquieta, pero no sé muy bien por qué. ¿Quizás por la pérdida de propósito? ¿Qué hicieron cuando llegaron a una ciudad totalmente construída, 72 años por delante de su tiempo?

Su misión era llegar a un planeta vacío, su privilegio, poder poner el reloj a cero, pero llegaron a un mundo ya existente, un mundo en el que sus nietos eran adultos desconocidos en alguna parte de la galaxia. Los primeros colonos espaciales aterrizaron en ninguna parte, murieron el día en que su nave despegó de la tierra. Quizás decidieron viajar por el nuevo planeta, como los antiguos exploradores del planeta orígen. O quizás decidieron, simplemente, envejecer.

Hace un par de días soñé que una voz de nube me contaba esta misma historia por las ondas radiofónicas, pero con una ligera variación. Los primeros colonos espaciales, decía, tuvieron muy claro qué llevar en su equipaje: semillas y poemas.

¿Cómo cambia así la historia?

La verdad, no lo se. Pero ahora me causa mucha menos inquietud.

Gen.

El beso de la mala suerte.

‘I have this natural immunity against poisons, toxins, the pain and suffering of others. Go figure.’
Poison Ivy

Este dibujo se lo dedico a Milo Manara: gracias, machote, tu portada “alternativa” para Spider Woman es inspiradora.

Gen.

Nunca nos faltará la sed.

Los que vivimos en esta ciudad del regreso, que no se llama Madrid sino otro nombre distinto, los hijos pródigos, las hijas valientes, todos conocimos al monstruo de las aguas. Es inmenso, nos acecha en nuestros sueños y hace que nos despertemos con sed.

Nos dicen que suenan los ríos, que vienen las lluvias, que arrasan las olas, pero nos engañan. Este monstruo no existe pero pisotea todo lo construído, el ladrillo, el asfalto, arrastra los coches Gran Vía abajo. A nosotros nos moja los calcetines, nos deja en pie de guerra.

Líate el dupatta a la cabeza, me aconsejan desde el espejo, se acerca la sequía. Conviértete en zahorí, escarba con los dedos, ensúciate las uñas, encuentra tierra mojada. La piel se nos fue, hace ya muchos años, ahora se nos queman las mejillas.

No hay descanso, caigo en la cama derrotada y las sábanas son un desierto que suena como el papel. Me difumino como un borrón para dibujarme en mis sueños, de color azul y espuma blanca. Esta noche arrasa ciudades, levanta árboles de cuajo, los animales ya salieron corriendo hace trece horas. El monstruo de las aguas se hace más grande a cada noche, y más pequeño a cada día.

Dicen que la sed nos hace volvernos locos, que vemos gotas condensadas al otro lado de los cristales, en las yemas de los dedos. Dicen que hay trajes en Arrakis que nos permiten bebernos la humedad de nuestros cuerpos.

Pero eso a nosotros no nos sirve, a nosotros sólo se nos sacia cuando se nos lleva la ola.

A nosotros, que nunca nos faltó el agua, ya nunca nos faltará la sed.

Gen.

La Parálisis del Sueño.

En una de mis muchas excursiones online en el tema del sueño y sus anomalías, llegué a leer sobre la parálisis del sueño.

La parálisis del sueño es una incapacidad transitoria para realizar cualquier tipo de movimiento voluntario que tiene lugar durante el periodo de transición entre el estado de sueño y el de vigilia […] Durante el episodio, la persona está totalmente consciente.
Aunque puede abrir los ojos, no es capaz de emitir sonido ni mover músculo alguno, lo cual le genera una considerable sensación de angustia […] Por si fuera poco, la persona suele padecer alucinaciones auditivas y visuales que generalmente coinciden en una intensa sensación de presencia y de movimiento en torno a su cuerpo indolente.

Un video lo explica de forma menos aburrida:

Tuve la suerte de haber visto esto ántes de que me pasara por primera vez.

Era Septiembre de 2013. Soñaba, aunque no recuerdo qué. Me desperté de golpe y abrí los ojos. Dormía en posición fetal, de cara a la ventana, vi las cortinas moverse con la brisa. De repente, un zumbido. Algo se movía: eran serpientes dentro del colchón. Las notaba bajo todo mi cuerpo, escuchaba cómo raspaban a su paso la superficie sobre la que dormía. Quise moverme, dar un brinco e incorporarme, gritar, volverme loca, tirarme de los pelos… y no pude. Estaba totalmente despierta, mis sentidos me mandaban señales claras, peligro, terror, y yo allí estaba, inmóvil. Una presión en mi pecho no me dejaba respirar.

Y a los pocos segundos, pude. Tomé una bocanada de aire y las serpientes dejaron de moverse y hacer ruido. Lo comprendí al instante y deseé que nunca jamás me volviera a pasar. Tardé en dormirme de nuevo.

Anoche volvió a suceder.

Soñaba también: una sirena enfadada, tumbada en una mesa redonda de madera maciza, me miraba. Quise pedirle perdón alargando mis brazos hacia ella. Al sentir la presión de sus manos en mis muñecas me desperté de repente.

Abrí los ojos.

Estaba tumbada boca arriba, con los brazos extendidos a ambos lados de mi cuerpo. Un zumbido creció fuerte en mis oídos, terrorífico, mientra algo tiraba de mis brazos hacia abajo. Sobre mi cuerpo vi cómo flotaba una figura gris y azulada: buceaba en el aire. Su cabeza calva y redonda miraba hacia otro lado y sus brazos, extendidos, agarraban mis muñecas. Agarraban fuerte y tiraban, tiraban, tiraban hacia abajo.

Y no me podía mover.

Pensaba: sé lo que está pasando. Tranquila. Tranquila. Si tratas de respirar te ahogarás. Supe que si aquella figura giraba su cara para mirarme sería mucho peor. Quise decirle “No Eres Nadie”. Lo intenté una vez, pero mis cuerdas vocales no respondían. Sigue intentándolo, me dije. Traté de decirlo una vez más. Y otra vez. Y nada.

Al quinto intento logré emitir sonidos quebrados de aire y miedo. Hicieron falta otros tres o cuatro “No Eres Nadie” para que, poco a poco, el zumbido se suavizara y la figura lentamente dejara de apretar mis muñecas. Se desvaneció mientras yo, por fin, pude enunciar perfectamente las palabras con las que me defendí de la angustia. “No Eres Nadie”

Tardé en dormirme.

Menuda putada de noche.

Gen.

El Grito del Índigo

Algunas Noches en Vela.

La estupidez del insomnio.

Me di cuenta anoche de que la razón por la que no podía dormir era el extremo calor que sentía en el pulgar de la zurda. Tras 720º de vueltas sobre mí misma, opté por cambiar de posición. Los pies hacia el cabecero de la cama. La cabeza donde los pies.

Y desde esa perspectiva descubrí un mundo nuevo. La luz rosa de la noche madrileña – familiar, como siempre, mía – convirtió el ático de enfrente, cuadrado y plagado de chimeneas y ventanucos circulares, en la cubierta de un barco de carga, que zarpaba, siguiendo la paralela del marco de mi ventana. Cuando me agotó el vaivén de las olas, presté atención a las tres estrellas gigantes de papel que cuelgan en mi techo.

– Desde los pies se ven mejor – pensé.

Descubrí, también, que no me hace falta variar mi posición para soplar fuerte y perderme en sus giros – que se tocan las puntas, que se chocan, que se mecen o se detienen.

Soplo un par de veces más hasta que me canso.

Después me percaté de que el giro lento, agotado, de una de ellas, si logro ignorar el siempre presente factor de la perspectiva, se convierte en un puntiagudo pez bidimensional que va abriendo la boca y cerrando las aletas, despacio.

Incluso antes de cansarme de mirar el pez me doy cuenta de que en el dedo gordo de mi mano izquierda sigue sintiéndose calor.

Creo que al revés dormiré mejor. Por lo menos acabaré durmiendo a pesar de los nervios que tengo por irme, por segunda vez, a vivir a la India.

Gen.

Aviso a Navegantes.

Cuando uno tiene un barco, se arriesga a ser abordado.

Son los peligros del marinero. Eso, los pulpos gigantes, los barcos fantasmas, los icebergs, los submarinos nucleares franceses, los submarinos nucleares ingleses y el triángulo de las bermudas.

Aunque, si de pequeño viste cientos de películas de piratería, siempre creiste que, desde luego, la vida pirata es la vida mejor, y además tienes amigas bucaneras con ganas de jugar, al final la idea de ser abordado llega a tener hasta cierto encanto.

Por eso comienza este inventado comunismo náutico. Acá todos los barcos son de todos.

O lo que es lo mismo. Mayo se presenta como el mes de las invasiones entre blogs, así que Los Ritos de Paso, vi230850, Mundo Iconoclasta, Este Jardín, El Cuaderno de Tigrida, Batman es Indio, Notas de Papel, Contemporáneos, Tres Pies del Gato y una servidora andaremos perdidos de barco en barco, abordándonos los unos a los otros.

Suerte.

Gen.

Ciento cuarenta y cuatro.

– En guardia

Lo dice con el ceño fruncido, como segura, aunque es ella quien se adentra en el campo de minas.

Ha pasado tanto tiempo que ya ni se podría decir que está olvidado. Ya no entra en los “te acuerdas de aquello”, simplemente quedó escrito. Quizás en una servilleta, o en algún cuaderno color humo.

En aquel entonces él se había enamorado de Shangai. Quizás con alguna razón, probablemente por haber agotado ya las demás cosas de las que enamorarse. Me iré a Shangai, dijo. Y no lo prometió porque intuyó que aquello de las promesas no iba a ser su fuerte.

Ella tampoco prometió seguirle, aún así lo pensó.

Ni siquiera lo dijo. Tampoco lo pensó una segunda vez, para no convertirlo ya en una forma de promesa.

Lo pensó una
sola
vez.

Años después, igual que tantas otras promesas, todo quedó escrito, sólamente escrito y más que olvidado.

Él nunca volvió a recordar, ni siquiera cuando una carta de ella aterrizó, de sorpresa, en su buzón. (Buzón, por cierto, muy lejos de Shangai). Ella lo recordó tarde, mucho después de que la casualidad hiciera su parte, cuando un billete de avión lo mostró por escrito. Madrid Shangai.

Madrid Shangai dice algo más que cualquier otro destino. Ya solo con decirlo, Shangai empieza y termina volando, como las historias que se olvidan. Shangai tiene cien historias en siete letras, al menos una tiene que ser de ella.

Ah, cierto, ahora recuerdo.

Entonces ese recuerdo se convierte en una chispa y toda la cama de franela sobre la que parecían dormir las no promesas resulta estar cubierta de pólvora. Total, que prende.

– En guardia.
– ¿En guardia, dices? ¿No eres tú quien entra en campo de minas?

Y lo que prende se extiende al ritmo lento de la cuenta atrás más certera de su vida. Quedan ciento cuarenta y cuatro días.

Gen.

[Qué difícil es volver cuando no hay conflictos.]

El Dios de las Pequeñas Bromas.

Ultimamente pienso mucho en dios. No pienso en si existe o no, eso es aburrido, ya tuve los 11 años para darle suficientes vueltas a ese asunto. Hace tiempo me di cuenta de que un concepto tan amplio como el de dios daba espacio para imaginar muchas, muchísimas cosas, tantas que me resultó estúpido no hacerlo. Lo divertido fue empezar a enriquecer aquel concepto a mi manera, como cuando en aquellos años de preescolar te daban una hoja en la que sólo había una sencilla silueta negra. Y sobre la mesa, montones de ceras de colores.

Esto es divertido, pensé, cada uno puede tener el dios que quiera. Incluso el que hubiera querido ser.

Mi dios, para empezar, no se llamaría Dios, ni tendría forma. Quizás sólo pudiera tener la forma de un gigantesco calamar metafísico, únicamente porque una noche soñé con aquello y me pareció un bicho curioso. Mi dios no tendría de eso que llaman ira. No lanzaría rayos ni truenos ni centellas como castigo. No perseguiría a los malos ni premiaría a los buenos con la idea del cielo, sino que dejaría que la gente muriera al morir. No le importaría que la gente no creyera en él, no tendría hijos en la tierra sobre los que se escribieran novelas, no necesitaría de profetas y demás interlocutores.

No sería un dios del terror, y pasaría también de todo ese asunto del amor. Para todo eso ya están los humanos, diría. Simplemente sería muy listo. Y con sentido del humor.

Sería el dios de las casualidades, ese que te pone mensajitos ocultos por el mundo sólo para ver qué cara pones. Un dios que se divierte gastando ese tipo de bromas. Sería irónico, sarcástico, cínico y certero. Un cachondo mental.

Diría, vamos a ver a quién podemos tocar las narices hoy. ¿Quién necesita que le recuerden algunas verdades?.

Seguramente todo cobraría más sentido, y desde luego un sentido mucho más gracioso. Cualquier encontronazo curioso, cualquier situación casual, cualquier señal, cualquier mensaje captado, acabaría en un mirar al cielo con ojos de reprobación. O un leve movimiento de cabeza, un chasquido, un ¿ya estmaos?, un pillín, para llegar hasta una sonrisa, o incluso una carcajada. Este dios, siempre con sus bromitas.

El otro día no podía dormir. En cuanto conseguía conciliar el sueño, una suerte de razones absurdas hacía que volviera a abrir los ojos. Un mosquito escandaloso, un sueño raro, el movil vibrando, una bandera del Perú sobre mi cara. Lo que no esperaba encontrar era cristales entre mis sábanas. ¿Cómo carajo he llegado a meter cristales en mi cama? ¿Cuándo? ¿De qué manera?. Lamentablemente aún no creía en este dios, el dios de las pequeñas bromas, porque todo habría acabado con una risita, un guiño de complicidad. Ay, pillín, qué cabroncete te pones cuando quieres.

Está bien que te eches unas risas, muy gracioso el truco de los cristales. Muy gracioso eso de “¿viste, muchacha?, metiste en tu cama cosas que te perjudicaron”. Muy gracioso, dios, esta vez te has lucido. Pero hazme un favor, ¿quieres?, para la próxima hazlo con algo que no pinche. Me hiciste un arañazo.

Y te rezo un padrenuestro, anda.

Gen.