www.genocation.com nació hace ya más de trece años, era una página de fondo negro, enmarcada en dibujos de fantasía. La segunda versión empezó a tener palabras. La tercera se tiñó de blanco, se volvió serena y empezó a viajar. La cuarta intentó adaptarse a un nuevo lugar, a un nuevo idioma. Esta versión 5.0 se adapta a mí.

Me llamo Gen, tengo distintos hogares, muy distantes entre ellos, y dedico mi vida a quererlos y odiarlos al mismo tiempo, a aprenderlos y a buscar territorio común. Me enfado con el mundo, a veces, busco cosas que rara vez encuentro, duermo poco y dibujo a ratos. También tengo trabajos, claro, pero esos van cambiando. Y por si a alguien se le ocurriera ofrecerme un cambio, aquí dejo todas mis formas de contacto. Bienvenidos

Mi Casa.

Hace muchos años hice mía una muy mala costumbre. O buena, o regular, no sé. Digamos que me construí mi propio método de terapia para decepciones y depresiones varias. El método consistía en navegar por internet y buscar piso. Así de simple.

No importaba la ciudad, la intención o el grado de realidad que pudiera tener la búsqueda. Incluso a veces no importaba ni el precio. Sólo el piso, el barrio, el aspecto, el tejado. La posible vida que pudiera llevar yo allí. Me pasaba días mirando anuncios, mirando fotos, y me iba a la cama con mil sueños.

He de decir que a veces me arrepentía de pasar tantas horas en mi absurda búsqueda, viajando de nube en nube, tardes enteras. Un día se lo conté a una de las mujeres más apasionantes de mi vida. Ella conducía, miraba al frente y asentía. No le sorprendió, me dijo que ella hacía lo mismo.

– Bueno quizás no sea lo mismo, yo busco casa. Con jardín. Y luego además llamo. Y pregunto el precio.

Sea como sea, lo había hecho tantas veces, que cuando busqué piso de verdad, apenas noté la diferencia.

Hoy domingo cumplo dos semanas en mi piso. Son las siete de la tarde por aquí, el calor y la humedad son insoportables pero, por lo menos, ya empieza a refrescar. Es el momento perfecto para beber jugo de manzana, que no zumo, y tirarme en mi sitio a visitar mi fracción de internet.

Y es que ya tengo algo parecido a mi sitio plantado en cierto punto del sofá.

Ya hay cosas que podría decir que hago siempre. Las cosas empiezan a tener su función, empiezan a ser irremplazables. El cojín naranja es cómodo para la cabeza, el verdoso es perfecto para ir a dormir, el rojo pequeño es donde apoyo el portátil en momentos como este.

Por la mañana caliento agua, la tetera de aluminio pierde su contenido gota a gota. Cuando hierve, hago el café, medio litro, para desayunar y para el resto del día. El café es suave, así que a veces hasta lo tomo solo. Mi taza es naranja, la de Jose roja. Mi despertador lo oigo, el de Jose no suena nunca. La ducha es caliente o fría cuando quiere (normalmente fría con Jose y caliente conmigo).

En la puerta de la nevera un imán sujeta el teléfono y la carta de nuestro Chino de cabecera. Lo más rico, los arrolladitos primavera, los fideos de arroz saltados (que no salteados), la carne saltada con salsa Sa-Tza. Lo trae un chino en moto que habla poco español con un curioso y marcado acento argentino. Tengo en el barrio ciertos sitios frecuentes, como la parrilla donde el chorizo está exquisito y que se llena cuando hay partido del Boca. O la tienda de enfrente donde hornean empanadas de carne picante y la mejor pizza napolitana del mundo.

Tengo un balcón perfecto, grande, con unas vistas de las que ya he hablado demasiado. Pero no puedo evitar seguir hablando. Un balcón donde caben sillas y una mesa con unas copas y unos panchitos. Y unos amigos. Delante del balcón, tengo un suelo infinito lleno de edificios de mil ciudades, altos rascacielos rodeados de casas de muñecas, rodeadas de azoteas donde vuelan las sábanas, rodeadas de fachadas de ladrillo viejo, rodeadas de altos rascacielos. Encima tengo un cielo más infinito, con nubes de todos los colores, que cuando quieren son temibles. Con lo que a mí me gustan las nubes.

Tengo parques cerca, montones. Uno japonés, otro con lagos y cabezas de poetas, otro con árboles centenarios, otro plagado de hormigas y familias los fines de semana. Otro de jugadores de voley, otro de perros futbolistas, uno de ancianos jugadores de ajedrez.

Mi casa es mía. En el primero de estos catorce días conquisté la terraza, luego la tetera, más tarde la ducha, el sofá, el helado. Luego la tienda de empanadas y pizzas, el chino, las vistas, el café, un cojín naranja para la cabeza, naranja como mi taza. Después conquisté parrillas, parques, perros y alguna que otra calle.

Aún me queda mucho por conquistar pero, por ahora, lo que ya es mío, me gusta.

Y bueno, tengo también un calendario con fotos de todos los que me lo regalaron, donde apunto visitas, futuras visitas, anheladas visitas, visitas que echamos mucho (mucho) de menos.

Gen.

Primeras Impresiones.

Hay tantas canciones que hablan de Buenos Aires, que uno no sabe qué esperar. No sabe ni siquiera si debe esperar. ¿Por qué hay tanta gente enamorada de esta ciudad y a mí aún no me ha atrapado? fue una de las preguntas que me hice la primera noche, antes de dormir.

Al día siguiente nada era lo mismo, uno sale a la calle cada día dispuesto a rehacer sus primeras impresiones. Cada esquina es una ciudad distinta, cada cuadra tiene una frutería, cada cruce es el reino de un perro. Poco a poco voy sacando rasgos, como el que agarra un lapiz a distancia de un brazo, para ir pintando un boceto de ciudad. Es la ciudad cambiante, la ciudad universal.

Hace casi dos semanas que estoy aquí y no soy consciente ni de la velocidad a la que pasó el tiempo. Casi fue ayer cuando estábamos aterrizando, y me cuesta pensar que el contrato de mi hogar lo firmé hace tan solo cinco días.

Ahora tirada en el sofá, con la cocina repleta de las pruebas de una cena típica argentina, pienso. Estoy bien, contenta de haber venido. Vivo en una casa que dificilmente hubiera podido imaginar, un séptimo, naranja, que mira hacia el Oeste para no perderse ningún día los mejores atardeceres sobre el suelo más heterogéneo. Una casa preciosa donde sus paredes, naranjas, ya tienen las fotos de todos aquellos que nos faltan por aquí.

Y ya que estreno ciudad y casa, qué mejor que renovarse del todo y reestrenar esta segunda casa. Me tomé mi tiempo para plantar un nuevo árbol y pintarlo todo a juego con mi salón.

Ahora me voy a la cama, mañana toca conocer una ciudad desde cero, como cada día.

Saludos y besos a los que estáis lejos. Creedme que no me he equivocado, que estoy en mi sitio. Ya se ocupó de avisarme mi pequeño y gracioso dios cuando al llegar a mi piso, lo único que tenía era cortinas naranjas y una botella vacía de Bombay.

Gen.

Ciento cuarenta y cuatro.

– En guardia

Lo dice con el ceño fruncido, como segura, aunque es ella quien se adentra en el campo de minas.

Ha pasado tanto tiempo que ya ni se podría decir que está olvidado. Ya no entra en los “te acuerdas de aquello”, simplemente quedó escrito. Quizás en una servilleta, o en algún cuaderno color humo.

En aquel entonces él se había enamorado de Shangai. Quizás con alguna razón, probablemente por haber agotado ya las demás cosas de las que enamorarse. Me iré a Shangai, dijo. Y no lo prometió porque intuyó que aquello de las promesas no iba a ser su fuerte.

Ella tampoco prometió seguirle, aún así lo pensó.

Ni siquiera lo dijo. Tampoco lo pensó una segunda vez, para no convertirlo ya en una forma de promesa.

Lo pensó una
sola
vez.

Años después, igual que tantas otras promesas, todo quedó escrito, sólamente escrito y más que olvidado.

Él nunca volvió a recordar, ni siquiera cuando una carta de ella aterrizó, de sorpresa, en su buzón. (Buzón, por cierto, muy lejos de Shangai). Ella lo recordó tarde, mucho después de que la casualidad hiciera su parte, cuando un billete de avión lo mostró por escrito. Madrid Shangai.

Madrid Shangai dice algo más que cualquier otro destino. Ya solo con decirlo, Shangai empieza y termina volando, como las historias que se olvidan. Shangai tiene cien historias en siete letras, al menos una tiene que ser de ella.

Ah, cierto, ahora recuerdo.

Entonces ese recuerdo se convierte en una chispa y toda la cama de franela sobre la que parecían dormir las no promesas resulta estar cubierta de pólvora. Total, que prende.

– En guardia.
– ¿En guardia, dices? ¿No eres tú quien entra en campo de minas?

Y lo que prende se extiende al ritmo lento de la cuenta atrás más certera de su vida. Quedan ciento cuarenta y cuatro días.

Gen.

[Qué difícil es volver cuando no hay conflictos.]

Por qué me voy.

Learning agreement. Escriba en el siguiente espacio de doce por dieciocho unas líneas que expliquen su motivación académica y profesional para solicitar esta beca de estudios en Latinoamérica.

Veamos, hablo de números, de prestigio, de relaciones internacionales. Hablo de estudios, proyectos, de colaboración con empresas. Hablo, todo esto suena muy bien.

Student motivation, academic proposal.

Hablo, hablo, hablo. Relleno huecos de doce por dieciocho. Lo leerá una funcionaria que pondrá un sello, lo leerá otra que lo meterá en un sobre. Lo leerá el último que afirmará complacido con un leve movimiento de cabeza.

Cuéntenos, querido estudiante universitario, ¿por qué se va?.

Pregúntamelo, Burocracia, pregúntamelo una vez más, y entonces te diré la verdad.

Cuénteme, próspero y excelente alumno, por qué se va.

Pues mira, me voy por amor.

Me voy porque hace unos años me enamoré de una tierra en la que los colores eran diferentes. Porque sentir en aquella tierra era como si cada poro de tu piel fuera del tamaño de una aceituna. Me voy porque allí la música lo cubre todo y explica atardeceres, montañas, noches de fuego. Porque allí las aguas cantan, las gentes cantan, los ojos cantan.

Me voy allí porque el arte se convierte en un grito de socorro, un intento de expresar en voz todavía más alta. Porque allí las historias son más verdaderas, y las invenciones más inventadas, porque las creencias tienen sentido, las tradiciones son explicables, y los misticismos son necesarios. Me voy a esa tierra porque allí la historia es ineludible, te persigue, te inunda a cada paso que das. Emerge de cada baldosa, cada piedra, cada símbolo.

Porque las cosas buenas son mejores, porque las cosas malas son aún peores. Las fiestas son verdaderas, el trabajo vale más. Me voy porque estar allí es como estar en casa, y aún así es diferente a cualquier otro lugar que hayas conocido. Porque hay bosques de piedras, cuadros de tierra, carretera en el desierto, barcos en las montañas.

Allí puedes subir a un tejado y parar el tiempo mirando la Cruz del Sur. Me voy porque allí el tiempo no mide nada; es un habitante más. Porque allí no sólo los espejos te reflejan.

Por eso me enamoré. Por eso me voy.

Gen.

El cuarto pie del gato.

A París que me voy, con tres pies de gato que me esperan por allí.

Gen.

Un homenaje sin querer.

Primero disculpas, cosas de la tecnología lo de no poder contar todo esto hace una semana, cuando lo tuve que contar.

Hoy la cosa va de ciudades. Otra vez, de una en concreto. Parece que llevo un tiempo con un súbito ataque de nostalgia anticipada. Quizás sean las ganas de largarme de aquí, quizás las ganas de volver. O quizás las ganas de irme para sentir por primera vez en mi vida que pertenezco mínimamente a algún lugar. La cuestión es que esta ciudad me ha dado la vida, me ha dado a mí misma, y ahora que veo la opción de girar la esquina y tirar por otro lado, de hacer de traidora y simularme porteña, o carioca, la siento con más ternura que nunca.

Hace ya cosa de mes y medio escribí en un papelito lo que quería en mi despedida. Una tarde en el Retiro, un café en la Filmoteca, una noche en la Coquette, una comida en el chino de Plaza de España, un atardecer en el Templo de Debod, un paseo por la Gran vía, un rato sentada en Atocha, y unos cuantos rituales más. Sucedió que sin darme cuenta, la despedida perfecta vino sola. El día 28 de octubre conseguí que nos juntáramos catorce nosotros, cada uno con sus cosas, con catorce cámaras, para hacer tremendo recorrido fotográfico por el centro de la ciudad. Desde las once de la mañana hasta una última caña a las ocho de la tarde duró la salida. Acabamos destrozados y satisfechos, ninguno de nosotros marchó sin preguntar en alto un “¿cuándo repetimos?”.

Desde Opera hasta Retiro hasta Plaza de España pasando por nuevemil rincones, con un mago, una cámara que disparaba de cuatro en cuatro, muchas nacionalidades, provincias también, un estupendo anecdotario, la letra de una canción de Sabina en el bolsillo y un número par de ojos ilusionados. Al menos dos, los míos.

Me di cuenta yo sola, aquello se había convertido en un homenaje particular, en una promesa a Mi Madrid, en un deseo personal de compartir algo importante. Me di cuenta yo sola, sin siquiera pensarlo, hice la mejor despedida que podía haber hecho. Regalar mi ciudad.

Desde aquí gracias a los que os dejasteis, os espero en la segunda parte.

Gen.

Canción de anoche.

Madrid por la noche es un arma blanca en la que el filo y el mango no se distinguen.
Madrid por la noche te arrastra siempre hacia el lado contrario. Madrid por la noche te atrapa y te traiciona.
Madrid por la noche tiene alma propia, un alma que seguramente ya ofreció al mismísimo diablo. Y él no la quiso por perversa.
Madrid por la noche es una mujer con sombrero y cigarrillo negro. En la barra de algún tugurio bebe whisky y destapa cartas de una extraña baraja mientras sonríe a medias.Cuando Madrid me mira con esos ojos de puta, cuando me besa y me envenena, yo no puedo evitar pensar en aquellos hombres que alguna vez le pusieron máscara a una noche como ésta. Ayer agarré el arma por el filo, y hoy me toca cantar.

Resumo. Esto es una canción a los hombres y a las ciudades fetiche. Ninguno podría existir sin el otro.

Esto es una canción a los hoteles con terraza, al reloj de neón rojo en el que miro la hora mientras te espero, a encontrarnos en un templo los días impares sin siquiera haber hablado de ello. Es una canción a los portales sin llave, al jazz que se abre paso entre el humo de ese antro, al no querer subir a tu piso y arrepentirme durante años. Es una canción a las casualidades que parecen no serlo, o a hacerte el amor mientras te odio.

Esto es una canción que no te mereces.

Es una canción a ese pacto que hice con no recuerdo qué dios. Yo cedo cachitos de cordura, tú me haces sentir más que a otros.

Gen.

Momentos de Debod.

Vuelvo de madrugada de uno de esos largos paseos por la ciudad de viernes a medianoche. Se me ocurrió, bajando ya a casa, que por qué no pasar por el Templo de Debod, que no recordaba haber estado allí de madrugada. Se podría decir que este ha sido el verano de Debod. Contigo allí, llorando allí, peleando allí, emociones allí, momentos allí, personajes allí, respirar sólo allí. Muchas horas allí, allí siempre el final de tantas horas caminando sin rumbo, o el principio. Pero nunca de madrugada.

Subía las escaleras del parque pensando si dejarán iluminado el templo durante toda la noche. No creo, qué derroche. Cuando llegué a la cima lo vi en rojo. Dos torres de focos se lo pasaban de madre haciendo pruebas con el templo. El templo pasaba a lila, el templo en azul, no ese azul, el otro. Luego rosa, rojo de nuevo, el templo en naranja, el templo en amarillo, el templo en blanco. Ahora azul por aquí, rojo por allá. Así que, sin importarme la palabrería que intercambiaban los técnicos a base de altavoz entre torre y torre, allí me senté, como quien mira fuegos artificiales, a ver el templo de todos los colores.

Este lugar es increíble, pensaba, jamás conocí un sitio que almacenara para sí, en exclusividad, tantos momentos. Acabadas las pruebas, me tuve que quedar allí. Este es el mejor lugar para estar a las tres de la madrugada en Madrid, decidí.

Allí por las tardes se junta la gente, sin quererlo, para ver el atardecer más bonito. A las ocho y media todo el mundo mira en la misma dirección. Yo prefiero sentarme más atras, donde sólo veo siluetas de gente recortadas sobre un fondo rojo: todos ellos mirando al cielo forman parte de mi paisaje favorito. Ese es uno de los momentos.

El otro es cuando, una hora después, se enciende la iluminación del templo. Aún no ha oscurecido del todo, pero no hay luz del sol que devore la piedra. La gente ya empieza a retirarse, y aparece milagrosamente, a pie de templo, un ejército de fotógrafos aprovechando el momento del disparo perfecto.

De madrugada no se ve nada. No hay nadie. Sólo hay un templo ligeramente iluminado reflejado en lo que parece un charco, y un segurata que hace sombras contra la pared del templo cuando se asoma a comprobar que, en efecto, sigue estando solo. Al fondo, infinitas luces pequeñitas y una luna enorme y amarilla sobre lo que parece un recortable de muchos lugares mezclados. Y precisamente hoy, un templo que iba cambiando de color. Ese fue el tercer momento.

Primero rojo, luego lila, luego azul.

Comparaciones.


Mi relación con Madrid me recuerda a tí.

Porque amo Madrid.
Porque sé que Madrid nunca desaparece, aunque te des la vuelta.
Porque sé que siempre quedarán reencuentros.
Porque hay lugares de Madrid que nunca, nunca dejarán de ser míos.
Porque sé que Madrid siempre hará que sienta más intenso que ninguna otra.

Porque hará que sienta tanto que me dolerá.
Porque Madrid me duele, también.

Y porque sé que si intentara quedarme aquí con ella,
para siempre, fracasaría.

Fracasaría porque ya estoy deseando irme a buscar a otro lado.
Porque volver a Madrid, regresar a Madrid tras haber partido,
es algo demasiado bueno como para no repetirlo.

Y porque para volver hay que irse, reñir, gritar, odiar.
Olvidar. Añorar.

Porque pasaré toda mi vida buscando en otros lugares
todo aquello que Madrid no me da
y me encontraré con que nadie me da
lo que me da Madrid.

Por eso Madrid me recuerda a tí.

Gen.

Los barrios prometidos.

Hace poco menos de un año decidí que mi ciudad estaba en un país allá por el norte del norte de Europa. Una ciudad donde la noche es mucho más larga de lo normal, perfecta para personajes olvidados y noctámbulas voluntarias o involuntarias (aún no tengo muy claro a qué grupo pertenezco). Una ciudad donde la oscuridad es tan familiar que los portales se adornan con dos velas de queroseno a la altura del suelo, permanentemente encendidas, y las ventanas con los contraluces de figuras de gatos recortados en cartón.

Entonces, paseando en el anochecer de después de comer, descubrí en Gamla Stan el barrio en el que quisiera vivir. Esto es perfecto, me dije. Calles de adoquines, cuestas, escaleras por las que perderse, puentes y callejuelas, cafeterías donde volver a entrar en calor, donde el café se sirve en tazones sin asa y con dibujos de canela. Todo tenía vida por allí, hasta los escaparates por la noche.

Hoy vuelvo a viajar por allí cuando por fin me decido a llevar a revelar una caja entera de carretes olvidados. Hace poco menos de un año, mirando desde un puente los tejados de un Estocolmo nocturno, me prometí que a estas alturas aquel sería ya mi barrio. Y hoy sigo aquí, en Madrid (mi Madrid), otra vez haciendo planes para otros barrios de ciudades más lejanas (mi Buenos Aires querido), y envidiando con cariño a las desertoras que ya hicieron de los barrios-mito algo propio y real.

Sólo me queda añadir Gamla Stan a la lista de espera de lugares donde alguna vez quise buscar mi sitio. Se va llenando poco a poco, cada año con uno o dos intentos nuevos: el Raval de Barcelona, el barrio judío de Cracovia, el Ataba en El Cairo, San Telmo en Buenos Aires, algún lugar en París, algún otro en San Francisco, y tantas otras ciudades donde prometí buscar un barrio.

Pero no me apresuro, Madrid me sigue cuidando, como siempre ha hecho durante los últimos cuatro años. Siempre me regaló calles nuevas cuando necesité perderme, vistas desde las alturas en momentos precisos, edificios, leyendas, personajes de esos que a mí me gustan, magias, casualidades, encuentros, farolas, tristeza gris y amarilla por la noche, miradas. Al fin y al cabo, todo lo que necesito para subsistir.

Pero este año es diferente. Tendré que ir despidiéndome, porque es el último.