www.genocation.com nació hace ya más de trece años, era una página de fondo negro, enmarcada en dibujos de fantasía. La segunda versión empezó a tener palabras. La tercera se tiñó de blanco, se volvió serena y empezó a viajar. La cuarta intentó adaptarse a un nuevo lugar, a un nuevo idioma. Esta versión 5.0 se adapta a mí.

Me llamo Gen, tengo distintos hogares, muy distantes entre ellos, y dedico mi vida a quererlos y odiarlos al mismo tiempo, a aprenderlos y a buscar territorio común. Me enfado con el mundo, a veces, busco cosas que rara vez encuentro, duermo poco y dibujo a ratos. También tengo trabajos, claro, pero esos van cambiando. Y por si a alguien se le ocurriera ofrecerme un cambio, aquí dejo todas mis formas de contacto. Bienvenidos

Entre vertederos

Cuando aterricé en Hyderabad, mi ántes socio y ahora “co-founder” RJ me esperaba en el aeropuerto, mismo sitio en el que nos habíamos visto por última vez casi dos años atrás. Tras los momentos de incredulidad, el hotel, la ducha y la ropa limpia, fuimos a ver el piso que una semana antes habíamos apalabrado, sin ni siquiera yo verlo. “Confío en tu criterio”, le había dicho yo a la persona más desastre de la tierra.

Me podía imaginar a lo que me enfrentaba: hay pocas sorpresas en esta ciudad con las que no me haya cruzado ya. He buscado piso, he visto zulos aterradores; sé que aquí no hay cocinas decentes, ni baños salubres. Sé que la fauna dentro de un piso es, por lo general, más prolífica que fuera. Lo sabía todo. O eso creía.

Llegamos esa tarde a mi nuevo barrio: no sólo aquel piso sería nuestra oficina, sino que se convertiría en mi casa durante los siguientes seis meses.

Desde la calle, por primera vez, miro hacia arriba y contemplo el edificio, esta vez rodeada de todas aquellas cosas que no salen en las fotos. Una ristra de sombras negras camina hacia nosotros por la cuesta empinadísima que llega hasta mi casa, veo sus ojos a través del niqab y adivino sus risas. Se agarran las unas a las otras mientras desaceleran el paso y comentan algo al verme sacar del bolso las llaves de mi nueva casa. Probablemente algo como “¡Mira, una firaangi!”. Luego se ríen, y pasan rápido por detrás de nosotros, derechas hacia el “basti”, que es como se le llama al barrio de chabolas que se extiende de mi edificio en adelante.

Es un barrio musulman, lo adivino viendo a la gente que me rodea, y me invade una extraña sensación de familiaridad. Me pregunto dónde estarán las mezquitas más cercanas, y si sonará bien su llamada a la oración.

La masa de ramas y hojas y verde que en las fotos enmarca la casa ahora tiene otra pinta. La parcela vacía sobre la cual se alza mi edificio es, en realidad, un vertedero. No es oficial, claro, pero en esta ciudad la gestión de los desechos es una tarea tan súmamente titánica que algunos barrios son simplemente ignorados. Los bastis entran en esa clasificación, aquí la gente humilde se gestiona su propia basura. Recién aterrizada, el hedor es evidente.

Subimos a la casa por unas escaleras de construcción. “¿Esto lo van a terminar algún día?” pregunto yo, y mi compañero se ríe: “Lo dudo”.

Llegamos al segundo piso, y la terraza es preciosa. Un jardín de tejados y áticos se extiende por el valle, más allá del basti: es una vista familiar de la que jamás me cansé.

La casa está abierta y vacía. Las paredes están amarillentas y sucias, la pintura se cae a cachos, el polvo marrón de la India lo invade todo. La cocina es un desastre, los armarios están rotos y la madera podre de la humedad. Todo está pegajoso. Los baños son impenetrables, los azulejos no se ven detrás de los churretes de suciedad.

Me asomo al balcón del que será mi cuarto desde donde veo la parte trasera del edificio. Otro vertedero adorna un terreno vacío. Es este segundo vertedero, humeante, el que impregna el barrio de ese inconfundible olor a basura quemada.

Cierro las ventanas y mis manos ya están marrones. Todos los grifos que pruebo escupen una suerte de lodo marrón rojizo.

– ¿Bueno? ¿Qué te parece?
– Tiene… potencial.

Siempre he sido una persona con una imaginación exepcional, vívida. En medio del amplio salón de mi nueva casa hago un esfuerzo inhumano para imaginarme las paredes pintadas, los muebles reconstruidos. Varias mesas de trabajo, una aquí, dos allá, esta balda para los trofeos, y en esa pared, quizás, un cuadro.

Lo confieso, no lo conseguí. Nos fuimos de allí rápido, con las manos en la cabeza, pensando que quizás tomamos la decisión demasiado rápido. Quizás este no es el sitio con el que hemos soñado tan intensamente. Quizás este no es mejor lugar para vivir. Quizás todo esto sea un error.

La inseguridad nos acompañó durante las dos semanas siguientes. Intentamos buscar otro piso que nos hiciera más felices, pero nada. Decidimos darle una oportunidad a éste y rápidamente comenzamos con las obras.

Esto funciona así: tal persona conoce a tal otra, que tiene un cuñado que vende botes de pintura en el basti de al lado. El cuñado le vende a un amigo que dice que pinta bien. El amigo tiene a su vez varios amigos, uno de ellos hace carpintería, otro es electricista. Su primo tiene varios chavales que se dedican a limpiar pisos en profundidad. Poco a poco y a golpe de teléfono, llenamos el piso de muchachos trabajadores, olor a pintura, y cajas, y plásticos, y herramientas. Y facturas, muchas facturas.

No vimos la magia hasta dos semanas después, cuando el último muchacho barría hacia fuera el agua sucia, despejando un brillante suelo de mármol.

En medio de una oficina de ensueño, RJ y yo nos abrazamos. Él tiene los ojos muy abiertos, mira a su alrededor y sonríe. A mí se me escapa una lágrima de emoción y me atrevo a pronunciar las palabras que ambos estamos pensando:

– Esto lo hemos creado nosotros.

Luego, claro está, vino la odisea de los muebles, y las sorpresas, los fuegos incontrolados, las inundaciones del tejado, las plagas de hormigas. Pero, oye, sin todo eso esto no sería la India.

Gen.

De la empresita a la start-up

Llevo toda la semana escribiendo. No recuerdo haber sido tan productiva en mi vida, y aún así no he podido sacar un rato para dejar huella por aquí.

Hoy, después de dos entrevistas, un artículo sobre start-ups y el guión para un loco video-blog, me traigo el portátil a la cama y recupero mi espacio.

Hace casi dos años que dejé mi ático de Hyderabad, vendí mis muebles, regalé mi ropa y embarqué tres grandes cajas de libros, regalos y recuerdos de vuelta a Madrid. Abandonar Hyderabad fue un alivio, aunque regresar a Madrid fue tremendamente dificil: Durante casi dos años trabajé como una condenada y me dejé la piel en la empresa que había creado y dejado en Hyderabad. Durante varios meses tuve la oportunidad de desafiarme más todavía y trabajar en un proyecto con el que jamás conseguí sentirme en plena comunión.

Y entonces, un día, todo cambió.

Yo la llamo mi empresita, aunque eso hoy en día está mal visto. Me adapté a la terminología rápido, y pasé de ser empresaria a ser emprendedora, de tener una empresita a ser co-fundadora de una start-up. De no tener ni un duro, a vivir del bolsillo del inversor.

Otra vez me vi en la embajada, rellenando los papeles que había rellenado tantas otras veces, pero con muchas más ganas. Luego me vi en el aeropuerto, tomando la tradicional caña de despedida, pero con unas ganas locas de aterrizar, de nuevo, en Hyderabad.

¡Aquí estoy! Tras un mes de trabajo intenso, ya puedo decir que estoy asentada. En el último mes he dejado en pausa mi vida en Madrid – ¿o en Europa? – y he volado al subcontinente para montar una oficina start-up en un piso e instalarme en una de sus habitaciones. Por fin mi empresita ha echado a andar.

Os lo cuento, pero por capítulos.

Porque hay demasiado. Tengo que hablar de pisos y vertederos, de inundaciones en los tejados, de empresarios apagando incendios. Os hablaré también de las sorpresas que me llegan por mensajería y de la luz que inunda mis noches. No me quedará más remedio que hablar también del trabajo intenso y de las entrevistas surreales. Del aislamiento voluntario y del tiempo valiosísimo.

De los que quizás se conviertan en los meses más intensa de mi vida.

Pero, por ahora, me despido. Me voy a redactar contratos inviolables, a calcular acciones y a pagarme, por fin, mi propio sueldo.

Gen.

Nunca nos faltará la sed.

Los que vivimos en esta ciudad del regreso, que no se llama Madrid sino otro nombre distinto, los hijos pródigos, las hijas valientes, todos conocimos al monstruo de las aguas. Es inmenso, nos acecha en nuestros sueños y hace que nos despertemos con sed.

Nos dicen que suenan los ríos, que vienen las lluvias, que arrasan las olas, pero nos engañan. Este monstruo no existe pero pisotea todo lo construído, el ladrillo, el asfalto, arrastra los coches Gran Vía abajo. A nosotros nos moja los calcetines, nos deja en pie de guerra.

Líate el dupatta a la cabeza, me aconsejan desde el espejo, se acerca la sequía. Conviértete en zahorí, escarba con los dedos, ensúciate las uñas, encuentra tierra mojada. La piel se nos fue, hace ya muchos años, ahora se nos queman las mejillas.

No hay descanso, caigo en la cama derrotada y las sábanas son un desierto que suena como el papel. Me difumino como un borrón para dibujarme en mis sueños, de color azul y espuma blanca. Esta noche arrasa ciudades, levanta árboles de cuajo, los animales ya salieron corriendo hace trece horas. El monstruo de las aguas se hace más grande a cada noche, y más pequeño a cada día.

Dicen que la sed nos hace volvernos locos, que vemos gotas condensadas al otro lado de los cristales, en las yemas de los dedos. Dicen que hay trajes en Arrakis que nos permiten bebernos la humedad de nuestros cuerpos.

Pero eso a nosotros no nos sirve, a nosotros sólo se nos sacia cuando se nos lleva la ola.

A nosotros, que nunca nos faltó el agua, ya nunca nos faltará la sed.

Gen.

Me fui, y no me di cuenta.

Han pasado seis meses que parecieron seis días. El 23 de Diciembre él me acercaba, por primera vez, en su coche al aeropuerto. La lista de reproducción de siempre sonaba por los altavoces del coche, él con los ojos clavados en la carretera y la mandíbula apretada, yo eligiendo canciones que quería escuchar una última vez en ese coche.

“Es curioso”, le dije tras varios kilómetros de silencio, “no me siento nada extraña”. Y era verdad. Eran las mismas calles, las mismas aceras rotas, la misma polvareda que, al paso de los coches, entierra perros callejeros. Los mismos semáforos que no funcionan, las obras que nunca acaban. Era lo que había visto todos los días durante los últimos cuatro años, y todo permanecía inerte, con una hiriente seguridad de que volvería a ser visto al día siguiente.

Me daba cuenta de que, de alguna manera ingenua y estúpida, esperaba otra cosa para ese último viaje en coche. Un filtro sepia, un cámara lenta, que convirtiese las imágenes de la calle en nostalgia temprana, forzada.

“Quiero echarlo de menos”, pensaba, “y no se si voy a poder”.

Lo más difícil fue cruzar la calle y dejar el coche atrás, dejarle a él con las manos en los bolsillos e intentando sonreír y pasar la primera entrada al aeropuerto. Salían vuelos a Dubai y a Qatar. Se notaba porque la entrada estaba abarrotada de mujeres con burka y niños pequeños, mujeres que lloraban, que ya habían empezado a esperar a que quizás, dentro de un año o dos, quizás… Era una hora difícil para los de seguridad aeroportuaria. Revisaban los pasaportes de los que entraban mientras intentaban mantener fuera a todas esas mujeres, que empujaban hacia dentro.

El portátil lo cambio de maleta y ya pesan lo justo, su carta de embarque, que tenga un buen viaje. Gracias. El control de inmigración es lo mas complicado, en los últimos años se han puesto duros con el tema de los papeles, y yo no tengo visado de salida. Tengo que contar que simplemente me voy de vacaciones, y que volveré: se lo creen, pero no es verdad.

No, no volveré. “Quizás más adelante”, me decía mientras esperaba en la cola del control de seguridad. Pero no, no es verdad. Mi móvil sonó: era un último mensaje de despedida.

Allí me di cuenta de que todo se había acabado. La certeza me embistió como una ola gigante, la realidad me agarró por los hombros y me zarandeó con fuerza. “Tengo el estómago del revés”, les explicaba a los policías del control de seguridad, que se preguntaban qué le habría pasado a esa white girl para correr hasta la papelera y vomitar.

Han pasado seis meses tan rápido como seis días, y ya no me acuerdo de lo que cuesta una comida en rupias.

Me acuerdo, sin embargo, de todas las canciones escuchadas en ese coche, de mi terraza las noches de calor, de los ojos marrones cómplices (uno más grande que el otro), de las lluvias que inundan la terraza y nos dejan atrapados en casa. Y en ninguno de esos momentos estaba sola.

Qué cosas.

Gen.

A lo largo de cuatro Diwalis

Este es el cuarto Diwali que paso en la India.

El primero fue en el 2009. No había vivido más de tres semanas en este país y ya estaba preparada para sobrevivir el primer Festival de las Luces, mi primer Año Nuevo Hindú. Tenía 24 años y me embriagaba la idea de los Rangolis dibujados con mil colores en el suelo, los constantes petardazos y fuegos artificiales, las lámparas de fuego despegando lentamente, convirtiéndose en estrellas. En mi ignorancia, viajé a Goa, y lo único que me recordó a la idea del Diwali que la Wikipedia me había dado fue un grupo de niños corriendo por la playa con bengalas en las manos. En aquel entonces, la India era un lugar gigantesco, inimaginable. Hasta el mínimo detalle de la cultura despertaba mi curiosidad, mil preguntas, cien libros. El cine me interesaba, las canciones abundaban en mi reproductor de mp3. Eran tres meses en total los que planeaba pasar en Mysore, aquel encantador pueblo al sur de la India, así que no tuve ningún problema en dejarme llevar por esa sensación del recién llegado, esa excitación por lo nuevo. Al fin y al cabo, son sólo tres meses, me dije. Y todo me parecía estupendo.

El segundo Diwali fue inesperado, Octubre 2010 fue el mes con más cambios de mi vida. Con un contrato indefinido recién firmado en una gran empresa, un piso recién alquilado con sólo un colchón en el suelo y una nevera con bandejas de jamón envasadas al vacío, intactas, me acababa de plantar en Hyderabad, una ciudad que ni siquiera me gustaba. Tenía 25 años y muchas ganas de demostrar al primero que pasara que yo era la dueña de mi vida, que ninguna decepción ni ninguna lucha me podían hundir. Aquellos primeros meses en Hyderabad fueron un mosaico de personas con necesidades parecidas, personas que huían, personas que buscaban, personas que querían saltar fuera pero que no encontraban el impulso. Aquel Diwali fue un extraño intento de convertir seis mujeres de seis países distintos en una improvisada familia. Embutidas en saris y kurtas, disfrutamos de Biryiani casero, pintamos un precioso Rangoli rodeado de Diyas y pasamos la noche en la terraza estallando fuegos y petardos.

Sin embargo no tengo recuerdo alguno de Diwali 2011. No sé dónde lo pasé ni con quién, no recuerdo qué hice. Y no lo recuerdo porque lo odiaba. No entendía mi decisión de instalarme en este país, tenía 26 años y sentía que estaba tirando mi tiempo a la basura. La India era cruda realidad, era una sociedad enferma, llena de odio hacia el otro, hacia el de fuera, hacia el de abajo, hacia el del otro templo, hacia las mujeres. Ya había aprendido a ignorar las mentiras que maquillan las realidades cuando las percibe el extranjero. Cuando llegó aquel Diwali yo ya era una inmigrante.

Me quería largar, eso sí que lo recuerdo. Pocas cosas hubo que me ataron a Hyderabad, pero fueron fuertes: ya había conocido a los que habían empezado a ser mi pequeña familia en esta ciudad, los que me salvaban del odio y del rechazo, haciéndolo todo más sencillo. Había grandes momentos, estaba la sensación de no parar de aprender y de cambiar, y había un hombre con el que compartía mil sueños y algún que otro proyecto.

Pero durante este Diwali sentí paz. El año 2012 me había dado terribles momentos y una espantosa sensación de pérdida, pero el festival llegó durante la calma que siempre sucede a la tormenta. Hubo muchos cambios de planes, cambios de energía, siempre siguiendo un aleatorio movimiento Browniano, como una partícula flotando en el agua. Tengo 27 años y sigo en la misma ciudad, que aún sin cambiar demasiado ya ha sido tantos sitios distintos. Desde el tejado de un undécimo piso veo los fuegos artificiales y me siento bien, la ciudad, y el mundo por extensión, parecen convertirse en un océano de posibilidades en el que todos los caminos me pueden llevar a ser yo misma, sentirme libre, estar tranquila.

El Diwali de este año es, para mí, el verdadero Festival de las Luces, el Año Nuevo en el que he encontrado lo que buscaba cuando me planté en este lugar, exactamente cuatro Diwalis atrás.

Gen.

¿Vivira Maulah en esas calles?

Os hable de Janeshvar, que iba dormido, hermoso, redondito.

Y estoy segura de que todos pensabais, mientras leiais, que Janeshvar era un niño. Y a no ser por el frondoso mostacho que le adorna el labio superior, podria serlo perfectamente. Pero no, Janeshvar trabaja en el Departamento de Inmigracion de mi empresa, tiene unos 35 años y me acompañaba, por tercera vez, a la Comisaria de Policia, Cuartel de Extranjeria, para que me dieran por fin mi permiso de residencia.

La Comisaria que me toca esta en la zona de Charminar – char es cuatro, minar viene de minaretes, y es el monumento mas caracteristico de la ciudad -, dominio musulman por excelencia. Meterse por estas calles es cambiarse de pais, viajar por una India que nunca hubiera pensando dentro de la India. Los carteles en arabe invaden las calles, ya no se ven caracteres del alfabeto Devanagari, ni siquiera los retorcidos y barrigudos caracteres del Telugu. A veces me detengo a pensarlo, y me parece increible que mucha gente de esta ciudad domine, no solo cuatro idiomas, sino cuatro alfabetos distintos. Los que lo lograron, aprendieron a leer cuatro veces, a escribir otras cuatro.

Por esas calles los rasgos de la gente son distintos, gorrito de croche blanco y barbas sin bigote, ellos vestidos de blanco, con la piel de ceniza amarilla en vez de negro rojizo, cara alargada y narices en gancho. No tienen ojos de estatua asiatica, pero sonrien igual.



[foto: Aijaz Rahi]

Son ellas las que mas asustan por su diferencia. Es simple, chador negro hasta los pies, completo; solo se ven unos ojos bien enmarcados.

Eso pensaba.

Unos pies oscuros asoman por debajo del chador, las sandalias doradas, la pedicura perfecta, pintadas de algun color bonito, algun rosa brillante con purpurina. Los tobillos bien adornados con cascabeles dorados y ahi asomando, bien apretaditos, unos churidar de colores – los pantalones mas ceñidos, mas presumidos -. Tan colorida, por dentro, tan India, que la diferencia se evapora.

Aqui la gente sabe cuando decir Namaste y cuando Salam Alaikum. Y aun sabiendo cuando hablar de Allah y cuando referirse a Sri Rama, aqui muchos piensan que lo mismo da.

Hace casi un mes hubo un juicio. No cualquier juicio. El juicio.

Un caso que lleva complicando la relacion entre hindues y musulmanes durante los ultimos 60 anios.

Empezo la cosa hace 500 años, cuando durante el reinado de Babar se construyo una mezquita sobre las ruinas de un templo hindu donde curiosamente, habia nacido el dios Sri Ram. Siglos despues los hindues se sintieron ofendidos, en 1949 aparecio milagrosamente un idolo de Ram y empezo la disputa. Desde entonces ha habido, entre unos y otros, protestas, derrumbamientos de mezquita, atentados, motines, matanzas y mil historias horribles de violencia e incomprension.

En un pais donde la media de edad es de 25 años, despues de 60 monzones dandole vueltas al asunto, varias generaciones ya pasadas, la gente esta harta del tema, pocos tienen ya algo que ver con eso. Toda la esperanza estaba puesta en un veredicto que, un 30 de Septiembre, 2010, pusiera un punto y final en esta historia.

Muchas empresas de IT declararon el dia libre, se preveian conflictos, la policia en alerta roja, dispositivos preparados para cualquier cosa, especialmente en ciudades mayoritariamente musulmanes, como esta. No salgas a la calle hoy, me decian mis amigos. Asi que me trague, en la tele, el veredicto completo.

Y vi algo que nunca pense que veria. Un juicio en el cual se decide que, efectivamente, tal dios nacio en tal lugar.

El veredicto final fue la reparticion del templo en tres partes, dos de ellas para comunidades hindues, la tercera para una institucion musulmana. Y como a los partidos politicos religiosos no les importa demasiado cumplir las expectativas de la gente, el veredicto no fue aceptado por la parte musulmana.

Yo preguntaba y preguntaba. Queria saber que opinaban mis compañeros de trabajo, gente de mi edad, gente musulmana o hindu o de lo que sea.

Y entonces Suryakalyan me dijo:

“Mandhir to ban jaayega par Ram kahase laaoge?
Us masjid ki deewaron ko kya pak kabhi kar paaoge?
Jis chaukhat par log jale Ram waha naa jayenge,
Jin galiyon me khoon gira, kya Maulah wahan reh paayenge?”

Un templo sera construido, pero ¿como hacer que Lord Ram lo habite?
¿Como limpiar las paredes de la Mezquita?
Ram no vivira en el lugar donde gente fue quemada.
¿Vivira acaso Maulah (Allah) en las calles donde la sangre fue derramada?

Curiosamente mi nueva casa esta en dominio musulman. Las voces entonando poojas (rezos hindues) me despiertan por la mañana, y la llamada al rezo desde la mezquita me recibe al llegar a casa.

Y aun me quedan tantas cosas por entender.

Gen.

Fotografias (I)

Mi casa aun esta en obras.

Faltan las barras de los armarios, las baldas del salon, colgadores en los baños y la ventana de uno de ellos. Un trozo de marmol negro en la cocina y, por ultimo – para cerrar – el pomo de la entrada.

Entonces todas las llaves seran mis llaves, comprare, amueblare y decorare, pero lo mas importante, deshare, por fin, la maleta – llevo casi tres semanas viviendo en un receptaculo de 80x40x30. Hasta entonces, mis cosas son mas mis que cosas. Habitan encerradas, poseidas bajo llave – porque nunca se sabe -, mas poseidas que usadas.

Por eso, hasta ahora, mi camara no ha capturado ninguna imagen. Y no precisamente por falta de imagenes, porque en mi cabeza se van guardando a miles.



Amanece pronto y atardece tambien pronto. Pero el atardecer es increible. Se puede mirar de frente al Sol, rojo como un tomate, gracias a la nube densa de polvo que envuelve los tejados y que, como una tela, se tiñe con la luz. A esta hora – pronto – el cielo toma el color de todas las cosas. De las rocas, de los saris, de la piel rojiza y antigua.

Janeshvar duerme en el asiento de alante. Es hermoso, con esos ojos asiaticos como de estatua ancestral, y un tilak rojo – color cielo – entre sus cejas, marcando un punto de luz en su cara oscura. Es tan pequeño, redondito, y con una sonrisa tan sincera, tan bonita, con esos dientes tan blancos. Pero ahora Janeshvar no sonrie, duerme en el asiento de alante mientras que, a su derecha, el taxista hace maniobras suicidas entre acelerones y frenazos. Lo mejor es que mientras conduce a lo cafre, tararea una melodia lenta, como tranquila. Como una nana.

Fotografia.

A base de pitidos, mi taxista advierte que adelanta. Una moto con tres ocupantes se echa a un lado. Tan normales, tres, bien apretaditos. Al pasar a su lado los observo: Tres muchachos jovenes, con bigote los tres, se dirigen a la comisaria. El conductor, seriecisimo, firme, lleva como una percha un traje de policia. Parece que no viviera en una ciudad tan caotica, sucia y contaminada como esta, de lo blanca y planchada que luce su camisa. Tambien, planchado y limpito, en la cola de la moto va sentado otro policia.

Su muñeca izquierda va esposada a la muñeca del muchacho que se sienta entre los dos polis. Con los pantalones llenos de barro y una sucia camisa de cuadros que al principio fue blanca y ahora es de aquel color rojizo – el de todas las cosas -, apoya su cara llena de polvo en el omoplato del policia conductor. Como un niño, indefenso, el caco llora mientras se lo llevan.

Fotografia…

Gen.

El Filtro.

Al principio decia, esta lluvia no me deja ver. De tan espesa.

Pero hoy me he percatado de que, en realidad, es al reves. Esta lluvia actua como un filtro contra lo mentido, lo inventado y lo soñado, limpia la realidad y te la deja ver, como recien salida de un lavacoches, impoluta. Reluciente.

Las cosas se ven mucho mejor tras una cortina de lluvia monzonica. Estos tres meses son, por lo tanto, una epoca delatadora, les deja expuestos. Los colores se convierten en gris y marron, el sol se oculta rapido y los contrastes son menores. Todos estamos, a la vez, manchados de barro el mismo tramo de pierna. Todos caminamos descalzos por las riadas.

La espiritualidad hace ya mucho tiempo que deje de verla, y ahora lo exotico se difumina. Me sorprende darme cuenta de que, detras de esa loca secuencia de fonemas nasales con los que el conductor habla Telugu por telefono, en realidad se esconde la conversacion mas trivial y previsible de las que se escucharon hoy en la linea 6 de metro, Principe Pio-Moncloa.

Quizas es la epoca del año pero, maldita sea, somos todos tan iguales.

Mientras disfruto de la lluvia, me desespero buscando piso. Y desde el unico internet que tengo, escribo aqui, por primera vez, sin musica y con una foto sacada de Internet. Hasta pronto.

Gen.

Cuentos por Dibujos.

Aquí los meses pasan rápido.

Me despisté un instante y ya se cumplieron cuatro meses desde que estoy aquí. Vinieron visitas, con el muchacho de la maleta y demás amigos viajé al Sur. Se fueron las visitas. Vinieron otras, que viajaron por el Norte sin nosotros. Y mientras tanto, la ciudad sigue diciéndome cosas. Hoy en día no puedo contar muchos avances. Simplemente, el trabajo bien, la casa perfecta, el invierno recién llegado, los amigos escasos pero geniales, el futuro incierto, y los planes, miles, y todos apetecibles.

La pintura, el descubrimiento del año. Así que voy a cambiar los cuentos por dibujos, al menos mientras me siga costando tanto saber qué contar. Por ahora, una foto de mi improvisado taller de pintura.

Gen.

Plácida como una vaca. Dulce como una ciruela.

Tengo que contar que, hace casi un par de semanas, me di un buen susto.

Cuando miré el calendario y taché el 28 de Marzo se me cayó el boli al suelo pensando que ya se había cumplido el mes. Fui corriendo a darme una ducha fría, para pensar mejor. Qué demonios hago, carajo, llevo un mes en Argentina y apenas lo conzco. Aún no fui a Boca a recorrer las míticas calles multicolores de Caminito, todavía no he probado el mate, no he comido alfajores. No he ido al teatro Colón, no he visto un buen espectáculo de tango en directo. ¡Ni siquiera he conocido gauchos a caballo! Qué angustia.

Por fortuna el duendecillo bueno de mi casa se metió en mi ducha y me dijo “dejate de boludeces”. Me dijo, “pasó un mes pero ya tenés un departamento espectacular, te mudaste, te adaptaste, te hiciste un hueco en un despacho de una universidad nueva y leiste cientos de artículos sobre todas esas historias en las que trabajás”.

Me dijo “dejate de estreses, ahora que vos estás bien adaptada, ahora es cuando toca empezar a moverse”.

Y así fue como el duendecillo hizo su tarea y, sin quererlo ni beberlo, se nos apareció la primera visita de la temporada.

Pedro y Paola son novios desde hace muchos años. Casi casi desde que ella y su familia decidieron abandonar su pueblo, un lugar llamado La Banda, y cruzar el charco para llegar a vivir en España. La Banda se quedó en Argentina, a unos 1200 kilómetros de Buenos Aires, en una provincia llamada Santiago del Estero. Allí se quedó también la casa donde todos se criaron, se quedaron Gladis la abuelita india, la blanca abuelita Clota, se quedaron tíos y tías, hermanos, primos, hijos, amigos, vecinos, muebles, alfombras, costumbres y la hora del mate, que es la que los reunía a todos.

En España Paola conoció a Pedro y la nostalgia por todas aquellas cosas hizo que, poco después, la pareja se convirtiera en viajante habitual del país.

Cuando Paola y Pedro se conocieron, él ya sufría la mayor locura de la carrera de Ingeniería Informática, las prácticas. Su compañero de prácticas, Jose, poco después de acabar la carrera, se echó una novia loca. Ella quería marchar a Argentina y Jose se fue con ella. Este cuento ya os lo sabéis.

Unos vienen y otros se van. Como siempre me dicen los taxistas porteños, “vos venís a Argentina, y por acá están todos re-locos por marchar para allá”.

La coincidencia, el mundo pequeño, el mundo pañuelo, hizo que todos acabáramos en este país durante la última semana. Les tocaba hacer la visita ritual a toda la gran porción de vida que se había dejado Paola por aquí y, de paso, nos ofrecieron unos días de adopción santiagueña.

Plácida como una vaca, dulce como una ciruela. Así era Santiago del Estero cuando Gombrowicz la describía en su Diario, en torno a los 50. Y así sigue siendo décadas después, la ciudad, sus pueblos, su gente, su viento, sus costumbres. Y plácidos como vacas vivimos nosotros durante tres días en los que comimos asado y degustamos tortas (o tartas) junto a nuestros tios, tías, primos, abuelas, vecinos y amigos adoptivos.

Si sólo pudiera describir el sosiego de cada uno de los minutos en las sillas de metal de la galería que da al jardín, de cada una de las vueltas que dan las hélices del ventilador de techo, de ese colibrí que aletea despacio, despacio… Los besos de la Negrita, las palabras argentinas de Ramón cuando habla de su juventud en la marina. Los ojos del joven indio cuando sueña con viajar a España, “sacáte el pasaporte, Indio, sacátelo ya, ché”, le dice su prima.

Después de esos tres días, el autobús nos devolvió a Capital en doce horas. De plácidas vacas pasamos a ser turistas en pleno furor. De tomar mate en el porche viendo circular constelaciones, pasamos a la locura del colectivo, a las miles de fotos en las calles de Caminito, al paseo por Costanera Sur, por Puerto Madero, la cerveza y el tango en la Plaza Dorrego, la visita nocturna a la Plaza de Mayo, el calor del Subte y los Bosques de Palermo.

Entonces se acabó la semana, Paola y Pedro se fueron, y nosotros nos volvimos a quedar solos en casa. Pero ahora el duendecillo, sentado esta noche a mi lado, en el sofá sobre el cojín naranja, me dice “¿viste?, para qué tanto agobio”.

Me dice “ché, empezaste re-bien el mes de Abril,

¿viste?”.

Gen.