www.genocation.com nació hace ya más de trece años, era una página de fondo negro, enmarcada en dibujos de fantasía. La segunda versión empezó a tener palabras. La tercera se tiñó de blanco, se volvió serena y empezó a viajar. La cuarta intentó adaptarse a un nuevo lugar, a un nuevo idioma. Esta versión 5.0 se adapta a mí.

Me llamo Gen, tengo distintos hogares, muy distantes entre ellos, y dedico mi vida a quererlos y odiarlos al mismo tiempo, a aprenderlos y a buscar territorio común. Me enfado con el mundo, a veces, busco cosas que rara vez encuentro, duermo poco y dibujo a ratos. También tengo trabajos, claro, pero esos van cambiando. Y por si a alguien se le ocurriera ofrecerme un cambio, aquí dejo todas mis formas de contacto. Bienvenidos

Ombligo Santo.

Me despierto esta mañana – más bien tarde – y lo primero que hago es buscar los pinceles y abrir el cuaderno, buscar hojas limpias que no hayan traspasado – tanto rollo con el Moleskine, pero luego…

Ya sabemos que yo siempre empiezo mis dibujos por los ojos, pero esta vez tuve que empezar por el ombligo. Anoche lo vi bailar, en el centro del cuerpo de Marina. Bailaba con la respiración y con el silencio, bailaba con la quietud, con la tensión de lo que está a punto de estallar. Bailaba con los ojos, bailaba a gritos.

Anoche me quedé clavada en mi butaca mientras la frase “bailando con todo su cuerpo” cobraba un nuevo significado para mí.

Solo diré que fue emocionante, y que deseé tener un cuaderno y todo el tiempo del mundo para pintar todo lo que vi.

Gen.

[Álzate, oh día, álzate alto, más alto,
que la luz del sol deshaga el gris de la noche.

Allá lejos está mi madre.
Aquella que me llevó en su vientre yace ahora sobre el musgo,
sobre el regazo de los árboles tenues y lejanos,
al borde de una larga nube.

Oh, hogar del inframundo,
el cielo es mi abuelo,
y mi abuela es la tierra.
Oh, cielo, oh, tierra.
Oh, tierra.

Álzate, oh día, álzate alto, más alto,
que la luz del sol deshaga el gris de la noche.]

Relaciones de Mentat.

A Mentat is a human in Frank Herbert’s fictional Dune universe who has been specially trained to mimic the cognitive and analytical ability of electronic computers. […] Mentats cultivate “the naïve mind”, the mind without preconception or prejudice, so as to extract essential patterns or logic from data and deliver useful conclusions with varying degrees of certainty.

Porque a veces resulta más sencillo pensar que no llevamos el mismo estándar ISO, o que no estoy actualizada y no soporto tu protocolo. Discutimos, y pienso que es un problema de variables, quizás sean de un tipo distinto. Uno es entero de 32 bits, la otra es de coma flotante: en la conversión perdemos datos. O si no, ¿es el mapa de caracteres lo que falla?

Los días malos se los achaco a la arquitectura. Soy un MVC mal implementado, me digo. Mi Controlador se intenta saltar el protocolo de la Vista. No quiero la distorsión de una interfaz de usuario contigo, pienso, e intento comunicarme con tu backend. Pero claro, no hay manera, no tienes API, ni documentación que me ayude.

Luego intento figurar tus funciones por mi cuenta, pero tu código es ofuscado y no hay comentarios. Maldigo a tus programadores por un rato. Pero al final, ¡Eureka!, encuentro tus funciones – son casi iguales que las mías. Eso sí, privadas, todas privadas, inaccesibles, no responden a mi llamada. Unexpected Error, me dices, la función no existe.

¿Por qué no habrá ningún entorno de desarrollo especial para nosotros?

Todo esfuerzo es inútil. Cierro mi Vim (:q!) y me siento a esperar a que algún día decidas migrar tu código. Y yo, mientras tanto, me vuelvo recursiva.

Gen.

Las señales que hacemos en los mapas.

En mis cuadernos de viaje no abundan las palabras, sí las imágenes.

Por suerte, hay compañeras de vida (y de viaje) que tienen palabras para todas nosotras. Desde hace ya más de diez años no hay camino, ni frontera, ni regreso, sin que los versos de Laura se abran paso entre el amasijo de imágenes encontradas y me acompañen de un modo tan sincero que acaban siendo fulminantes.

Este último regreso tan abrupto no podía ser menos. Volvía yo a Madrid al mismo tiempo que se publicaba el tercer poemario, maravilloso, de Laura Casielles: Las señales que hacemos en los mapas.

Aún no lo he soltado.

Aunque el libro nace de sus dos años viviendo en Marruecos, sus poemas hablan de todos los cuadernos de viaje. Incluso de aquellos que, como los míos, sólo pudieron hablar en imágenes.

KENITRA
Estación de Kenitra, un minuto de parada

Para seguir llamándonos extranjeros
tuvieron una gran idea:
entintar las ventanas de nuestros autobuses.

Podemos mirar
pero podemos permitirnos que no nos vean.
Cuando algo se parece al horror
podemos hacer un juego de luces y no verlo más.
Podemos llegar a creer
que en el fondo esto es solo otra película.

Pero, espera,
hay una consecuencia inesperada.

En una parada de apenas un minuto,
me estaba mirando distraída en el cristal-espejo
cuando mis ojos se alinearon con los de ella,
que desde afuera se miraba distraída en el cristal-espejo.

Ahora en este viaje ya no logro ver nada
sin confundirlo con mi propio cuerpo.

* * *

Las señales que hacemos en los mapas, Laura Casielles
2014, Sevilla, editorial Libros de la Herida

Las señales que hacemos en los mapas se queda en mi mesilla de noche, junto a la botella de agua, el ibuprofeno, y alguna foto que últimamente siempre duerme boca abajo. Aquí siempre hay un poema para una imágen, o unas palabras para curar la confusión:

Desde el punto de vista de los nómadas, regresar es una palabra que no existe.

Ni tú ni el viejo cerro sois el mismo

* * *

Gen.

Mi padre es un pirata.

Tras unas copas de vino y la alegría de una comida deliciosa, la sobremesa se relaja y el cielo sobre mi padre se llena de figuras borrosas mientras él habla. Todos escuchamos y mi madre ríe, mi padre viaja 35 años atrás y recuerda historias de las selvas del Congo. Cuenta historias de pirata, historias de mercenarios cubanos y rusos montando gresca en tabernas africanas, del asesinato de Marien Ngouabi. Historias de un cañón antiguo abandonado en una playa con el que su compañero – otro pirata – quiso jugar, historias de los militares que le interrogaron sobre la procedencia de aquel cañón. Cazas fallidas de elefantes, estados de sitio burlados a base de botellas de cerveza.

Mi padre es un pirata. Nunca tuvo barco, aunque siempre nos juró que en cuanto sus hijos nos fuéramos de casa, recorrería el mundo con mi madre en un velero. Nos reíamos sin saber que aquel barco tomaría más tarde la forma de cualquier cosa. La forma de unos ojos, o de una moto quizás. Forma de perro, de huerto con cebollas.

No hubo barcos, pero hubo motos. Motos restauradas, motos rugiendo en puertos de montaña con mi madre de paquete. Él con un casco naranja que lucía su bandera, el logotipo del Pura Vida Racing Team que Alberto García-Alix rescató de un tatuaje antiguo de Ben Corday: una niña pirata, los brazos cruzados y paz en los ojos. Una niña que, quizás apoyada en la proa de un barco, nunca recuerda historias que pasaron sino todas las que pasarán. Y bajo ella un himno de dos palabras: Pura Vida.

Cuando cumplí los veinte mi madre me hizo el regalo más bonito del mundo: un cuaderno lleno de poesías que ella asociaba a su vida y a la mía. Le hizo al cuaderno una cubierta de cuero con un arbol tallado en la portada, un árbol con ramas y raíces. A mitad del cuaderno, la Canción del Pirata de Espronceda, encabezada por las palabras de mi madre:

Lo que viene a continuación es la canción del pirata, en homenaje a papá. Él os la recitaba cuando érais pequeños, aunque fueran unos cuantos versos y le gustaba mucho. Yo creo que va mucho con él, con su carácter, pues es un poco pirata en estos tiempos, siempre luchando contra el “enemigo”

En aquella sobremesa llena de historias congoleñas tuve miedo: yo no conocía estas historias. ¿Cuántas más habrá? ¿Cuántos cientos de relatos me perderé? ¿Cuántos miles de personajes distintos recuerda él con total claridad? ¿Cómo lo hago?. Escuché atentamente, apunté los nombres para no olvidarlos nunca, y quise diseñar una estrategia para exprimir de mi padre todos los cuentos posibles.

Días después me tranquilicé. Sólo hay una historia que resuma todas las demás, es la historia escondida en los ojos de la niña pirata y su himno: Pura Vida. La historia es única, es la que mi padre me enseñó desde pequeña. Es la historia de nacer pirata, de vivir pirata, de respirar el viento, de navegar las tormentas.

Dibujo a color la niña de Alix y Corday como un guiño a mi padre. Digo, “me has enseñado a entender tu vida, tus historias no se pueden perder”. También digo, “Gracias. Yo también canto, sonriente, la canción del pirata”

Gen.

Mecanismo esencial para encontrar tu retrato.

Pintar un retrato como si estuviera conociéndote despacio.
La inquietud de la hoja en blanco, la ansiedad de aún no saber. Y entonces, la sorpresa del primer trazo.

Primero un esbozo, un contorno a lápiz duro. Luego, con un lápiz más blando, acariciar el papel con sombras, borrar, correr el grafito con los dedos. Desdibujar.

Después los pinceles: colores, matices, agua. Mucho agua. Encontrar más azules, naranjas, verdes casi transparentes. Mojar el papel, mordisquear la madera del pincel de pelo fino, entornar los ojos y descubrir tantos – tantos – tonos de fondo.

Y luego un pincel preciso – si me dejas – diluyendo apenas los colores, encontrar tonos exactos y pintar, pintar, pintar. Pintar labios, y lunares, y pezones: encontrar por fin el preciso color carne.

Aunque yo suelo acabar antes de tiempo: suelo conformarme con caras de ojos blancos. Firmo con fecha, cuelgo la hoja, guardo colores, seco pinceles, cierro los botes y miro el retrato: es suficiente.

Pero siempre al comienzo lo pienso:
“Quizás esta vez, con tinta, pueda pintar tus pupilas”

Gen.

Dos mitades no hacen uno.

quizás algún día resultaré ser algo?

Dos mitades no hacen uno.

En el mundo lógico

—mundo de paper a doble columna, mundo que entienden las que sólo somos poetas de palabras reservadas, if, switch, break, repleto de colocados que se reían de los falsos adalides que reinventan diccionarios, mundo que ha vuelto a ser plano, mundo de mapas invertidos, proyecciones en cilindros, mundo threshold

En el que las palabras son tan sencillas como números
Los reales: las ideas, incontables—no se cuentan ni se cuentan—Los discretos.

Las personas como yo, al igual que las palabras, nos redondeamos hacia abajo.

No, dos mitades no hacen uno.

Pues yo, aquí en este cruce por el que paso un poco tarde—this crossroad without its devil—no me conformo con ser cero.

Gen.

Me fui, y no me di cuenta.

Han pasado seis meses que parecieron seis días. El 23 de Diciembre él me acercaba, por primera vez, en su coche al aeropuerto. La lista de reproducción de siempre sonaba por los altavoces del coche, él con los ojos clavados en la carretera y la mandíbula apretada, yo eligiendo canciones que quería escuchar una última vez en ese coche.

“Es curioso”, le dije tras varios kilómetros de silencio, “no me siento nada extraña”. Y era verdad. Eran las mismas calles, las mismas aceras rotas, la misma polvareda que, al paso de los coches, entierra perros callejeros. Los mismos semáforos que no funcionan, las obras que nunca acaban. Era lo que había visto todos los días durante los últimos cuatro años, y todo permanecía inerte, con una hiriente seguridad de que volvería a ser visto al día siguiente.

Me daba cuenta de que, de alguna manera ingenua y estúpida, esperaba otra cosa para ese último viaje en coche. Un filtro sepia, un cámara lenta, que convirtiese las imágenes de la calle en nostalgia temprana, forzada.

“Quiero echarlo de menos”, pensaba, “y no se si voy a poder”.

Lo más difícil fue cruzar la calle y dejar el coche atrás, dejarle a él con las manos en los bolsillos e intentando sonreír y pasar la primera entrada al aeropuerto. Salían vuelos a Dubai y a Qatar. Se notaba porque la entrada estaba abarrotada de mujeres con burka y niños pequeños, mujeres que lloraban, que ya habían empezado a esperar a que quizás, dentro de un año o dos, quizás… Era una hora difícil para los de seguridad aeroportuaria. Revisaban los pasaportes de los que entraban mientras intentaban mantener fuera a todas esas mujeres, que empujaban hacia dentro.

El portátil lo cambio de maleta y ya pesan lo justo, su carta de embarque, que tenga un buen viaje. Gracias. El control de inmigración es lo mas complicado, en los últimos años se han puesto duros con el tema de los papeles, y yo no tengo visado de salida. Tengo que contar que simplemente me voy de vacaciones, y que volveré: se lo creen, pero no es verdad.

No, no volveré. “Quizás más adelante”, me decía mientras esperaba en la cola del control de seguridad. Pero no, no es verdad. Mi móvil sonó: era un último mensaje de despedida.

Allí me di cuenta de que todo se había acabado. La certeza me embistió como una ola gigante, la realidad me agarró por los hombros y me zarandeó con fuerza. “Tengo el estómago del revés”, les explicaba a los policías del control de seguridad, que se preguntaban qué le habría pasado a esa white girl para correr hasta la papelera y vomitar.

Han pasado seis meses tan rápido como seis días, y ya no me acuerdo de lo que cuesta una comida en rupias.

Me acuerdo, sin embargo, de todas las canciones escuchadas en ese coche, de mi terraza las noches de calor, de los ojos marrones cómplices (uno más grande que el otro), de las lluvias que inundan la terraza y nos dejan atrapados en casa. Y en ninguno de esos momentos estaba sola.

Qué cosas.

Gen.

Los Idiomas Comunes.

Estamos de enhorabuena, de celebración. Ayer me enteré de que, de la mano de la editorial Hiperión, ya esta llegando a las librerias el XIII Premio de Poesia Joven Antonio Carvajal. Lo importante es que ese libro va firmado con el mejor de los nombres, que es Laura Casielles, el gato de tres pies, el duende pecoso. Mi Lau.



Y es que todos deberíis leer “Los Idiomas Comunes” porque, como ella misma cuenta,

Los idiomas comunes es una exploración de cómo se deshacen las convicciones que solían acompañarnos, un baile con los rostros que hay bajo las máscaras de las convenciones. En nuestras vidas irrumpe a cada paso lo diferente, lo inesperado, lo extranjero. Estos encuentros tienen la reveladora virtud de darle la vuelta a lo aprendido, dejándonos desamparados en un paisaje en que nada nos es familiar. El lenguaje, el amor, las raíces, la Historia: todo queda entonces en nuestras manos para que lo modelemos de nuevo, dibujando el lugar en que queremos vivir. Los idiomas comunes es la pregunta acerca de qué tenemos para comenzar esa tarea.

Y para daros una pista, os dejo uno de los poemas del libro, uno de mis favoritos.

GEOGRAFÍA POLÍTICA

Los doctores llevan siglos equivocándose:
el corazón se sitúa más bien a la derecha,
tiende siempre a posturas conservadoras.
No sé por qué,
pero he visto más de mil ejemplos,
lleva a la gente a decir casa, mío, patria.

El corazón
no tiene sitio fijo pero tiende,
ya digo,
a la derecha.
No importa lo que pienses.
Él cree en la propiedad y llora por celos,
busca estabilidad,
lo olvida todo
por una certeza falsa de calor;
defiende el país, la familia,
y en cuanto te descuidas
se lanza a veleidades con anillos.

Y ahí nosotros, siempre en lucha
por demostrar que sigue estando,
como afirman los latidos,
a la izquierda.

Laura Casielles
[Los Idiomas Comunes, 2010]

Gen.

Algunas Noches en Vela.

Os Presento, Un Artista.

El primer día de clase de pintura, volví a casa enfadada.

Me imaginaba un aula enorme, todos con caballete y lienzo, y un profesor dando vueltas, mirando, dando consejos, enseñando técnicas, haciendo nuevas propuestas. La realidad del primer día se me hizo muy distinta. Un profesor alabando lo abstracto muy por encima de lo figurativo, eliminando cualquier rastro de objetos o caras reconocibles de un cuadro para dejarlo todo en un mejunje de colores, rayitas, circulitos. Un profesor que convertía lindas propuestas de alumnos en una de esas pinturas que generalmente ignoro en un museo.

Era extraño, ya había investigado la pintura del profesor y me fascinaron sus cuadros. Lejos de encontrarme una ristra de abstractos porque sí y sin sentido, dí con una paleta de colores maravillosa y un imaginario extraño e inquietante; de esas cosas que me gustan a mí, juguetes, perros, vacas soñando mariposas, reuniones bizarras, batallas de ajedrez y platos llenos de objetos absurdos. Sin embargo en clase la cosa era diferente.

Lo bueno es que en esa clase conocí a un gran artista. Entre pinturas negruzcas y siniestras, Rodrigo me dejó ver su cuaderno, quizás no tan negruzco pero sí igual de siniestro. Su dibujo era la perfeccion, el trazo exacto, la sombra perfecta, lo hiperrealista de lo surrealista. Entre bromas comentábamos esa obsesión por lo abstracto que no entendíamos ninguno de los dos.

Pero un día Gabriel, entre vino y patatas fritas, explicó el por qué de tanto abstracto.

“Si te enseño a poner guías, medir, pintar con exactitud, crecerás limitado. Si hacés exactamente lo que sabés hacer, seguirás limitado. Sin embargo si vos te volvés loco y jugás con cosas con las que jamás jugaste, usás el color, te olvidás de esa perfección, si vos te dejás llevar, quizás encuentres algo más aparte de lo que ya sabés, algo que también forme parte de tí pero que aún esté por conocer.”

Y Rodrigo quedó parcialmente satisfecho con la explicación. Mientras tanto, yo hice uso de mis lápices de colores para retratarle.

Pero, hoy por hoy, aún no lo hizo.

Gen.