La obra
Introducción del autor
Reparto
Dirección
Equipo tecnico
Una comedia pugilística en seis asaltos y medio.
Combate a seis asaltos por el titulo domestico de los pesos medios. Pelean por el título: Marcelo "El tigre de la web", Director de sección de administración bajo el entrenamiento de Marcos, Director de sección de Estrategia e Inversiones; contra Marina "Labios de Hielo", Subsecretaria de sección de Gestión Económica bajo el entrenamiento de Martirio, Subdirectora de sección de Estrategia e Inversiones. Hagan apuestas.
Todo un reto: meter en el ring de las pasiones –pero menos- al hombre y a la mujer, y sus respectivos y eternos móviles (el amor, la ambición, la subida de sueldo, su nokia de última generación) y organizar un combate de guante blanco y lencería sexy.
En el principio fue la sonrisa, pero desde que el mono y la mona –tanto mona, mona tanto- dejaron de chillar entre dientes el descojone selvático y lo sustituyeron por la verticalidad civilizada, esto ha sido un continuo devenir de ovarios y huevos revueltos.
La guerra de los mundos, la guerra de los sexos.
Por que con el pack del descubrimiento del fuego venían incluidos una rueda y la primera mueca de tristeza.
Todo empezó por ahí: primero fue el hombre o la hembra, que empezaron a llevarse la contraria, por romper la monotonía de "lo que tú quieras, cariño" y mientras uno reía con su desinhibición natural simiesca, la otra, por ejemplo improvisó, de repente, un fruncimiento de ceño. O fue al revés, no sé: puede que ella sonriera sin esfuerzo y hasta dolor, una curva descendente en los pliegues de su cara. Entonces se miraron largamente. Algo estaba pasando que congelaba el silencio.
Aquella mueca era muy parecida a la del estreñimiento.
El estreñimiento del alma, sentenció el gurú de la tribu.
Después, ella o él (no sé por qué pero me inclino a pensar que fue la cromañona) apretó con fuerza los ojos una noche de luna llena y la tristeza se hizo lágrima: una gota mágica que se deslizaba por la piel y le hacía llover.
Lo demás fue coser –al cabo de un millón de años- y cantar.
Cantar el hambre, el hombre, la hembra, el dolor, la muerte, la miseria, el egoísmo, las guerras del Peloponeso y la invención del velcro. Y de vez en cuando cantar también los sueños, el amor y otras mentiras que se fueron incorporando al pack del mono sapiens.
Acababa de nacer una rara especie de la especie humana: los escritores. O las escritoras.
Y entre ellos, una subespecie muy especial y lunática que escribía teatro. Teatro viene del griego. Significa crisis, creo, aunque su etimología diga otra cosa. El teatro siempre ha sido eso: una crisis de nieves perpetuas y de gente que esquía sobre ellas consciente de que no sirve para nada y, sin embargo, es necesario. Año de nieves, año de bienes (culturales). Y una miedra, que diría papa Ubú.
De mil obras de teatro que los dramaturgos –y las dramaturgas, pocas, para qué pasarse de madre- escribieron, pongamos por caso, novecientas cincuenta eran una invitación a la lagrima. Entre las restantes cincuenta, la mayoría era experimental y dos o tres intentaban resucitar el estado primigenio del homo risueño.
A esa minoría genérica se le llamó comedia. Un subgénero demasiado complicado que tenía mucho de alquimia y misión imposible. Consistía en hacer reír de forma inteligente a tus conciudadanos. ¿Reír? ¿Inteligencia? ¿Conqué? Palabras demasiado ambiguas lejos del alcance de lo humano.
Porque poco a poco habíamos comprendido que en este mundo tan chato era más fácil ponerse triste que reír y, por ende –Michael- era más fácil provocar el llanto que la sonrisa. Y sólo unos cuantos dramaturgos, y dramaturgas, escritores todos, se arriesgaron a rescatar la sonrisa de sus semejantes.
La tortilla del tiempo seguía revuelta, para variar. Por ello escribir para la carcajada era como darle la vuelta a la tortilla.
Con lo fácil que resultaba meter en la probeta la miseria humana, agitarla adecuadamente y servirla en adecuadas cápsulas de drama.
Había quien, sin embargo, prefería nadar a contracorriente y zambullirse en busca de la cosquilla perdida.
Como el imbécil que suscribe estas líneas.
Todo un reto: meter en el ring de las pasiones –pero menos- al hombre y a la mujer, y sus respectivos y eternos móviles (el amor, la ambición, la subida de sueldo, su nokia de última generación) y organizar un combate de guante blanco y lencería sexy.
Una cosquilla vale más que mil dramas.
Al menos, merece la pena intentarlo. Digo.
Aunque planee siempre la gran duda de la frustración:
¿Quién le busca las cosquillas al Homo Tristens?
Marcelo: Jaime Nuche Bascón
Marina: Nélida Knumu-Mbomio Ada
Marcos: Jorge González García
Martirio: Belén Cañón Riesco
Árbitro: Andres Alfonso Caurcel Díaz
Sergio Gayoso Fernández
Luces: Francisco Javier Hernán Zeo
Sonido: Sergio Arroyo Cuevas
Escenografía y Vestuario: Histrión
Fotografía y Diseño: Genoveva Galarza Heredero
Webmaster of the Universe: Stefano Chiesa
Trailer: Javier Bustamante Pérez