www.genocation.com nació hace ya más de trece años, era una página de fondo negro, enmarcada en dibujos de fantasía. La segunda versión empezó a tener palabras. La tercera se tiñó de blanco, se volvió serena y empezó a viajar. La cuarta intentó adaptarse a un nuevo lugar, a un nuevo idioma. Esta versión 5.0 se adapta a mí.

Me llamo Gen, tengo distintos hogares, muy distantes entre ellos, y dedico mi vida a quererlos y odiarlos al mismo tiempo, a aprenderlos y a buscar territorio común. Me enfado con el mundo, a veces, busco cosas que rara vez encuentro, duermo poco y dibujo a ratos. También tengo trabajos, claro, pero esos van cambiando. Y por si a alguien se le ocurriera ofrecerme un cambio, aquí dejo todas mis formas de contacto. Bienvenidos

A lo largo de cuatro Diwalis

Este es el cuarto Diwali que paso en la India.

El primero fue en el 2009. No había vivido más de tres semanas en este país y ya estaba preparada para sobrevivir el primer Festival de las Luces, mi primer Año Nuevo Hindú. Tenía 24 años y me embriagaba la idea de los Rangolis dibujados con mil colores en el suelo, los constantes petardazos y fuegos artificiales, las lámparas de fuego despegando lentamente, convirtiéndose en estrellas. En mi ignorancia, viajé a Goa, y lo único que me recordó a la idea del Diwali que la Wikipedia me había dado fue un grupo de niños corriendo por la playa con bengalas en las manos. En aquel entonces, la India era un lugar gigantesco, inimaginable. Hasta el mínimo detalle de la cultura despertaba mi curiosidad, mil preguntas, cien libros. El cine me interesaba, las canciones abundaban en mi reproductor de mp3. Eran tres meses en total los que planeaba pasar en Mysore, aquel encantador pueblo al sur de la India, así que no tuve ningún problema en dejarme llevar por esa sensación del recién llegado, esa excitación por lo nuevo. Al fin y al cabo, son sólo tres meses, me dije. Y todo me parecía estupendo.

El segundo Diwali fue inesperado, Octubre 2010 fue el mes con más cambios de mi vida. Con un contrato indefinido recién firmado en una gran empresa, un piso recién alquilado con sólo un colchón en el suelo y una nevera con bandejas de jamón envasadas al vacío, intactas, me acababa de plantar en Hyderabad, una ciudad que ni siquiera me gustaba. Tenía 25 años y muchas ganas de demostrar al primero que pasara que yo era la dueña de mi vida, que ninguna decepción ni ninguna lucha me podían hundir. Aquellos primeros meses en Hyderabad fueron un mosaico de personas con necesidades parecidas, personas que huían, personas que buscaban, personas que querían saltar fuera pero que no encontraban el impulso. Aquel Diwali fue un extraño intento de convertir seis mujeres de seis países distintos en una improvisada familia. Embutidas en saris y kurtas, disfrutamos de Biryiani casero, pintamos un precioso Rangoli rodeado de Diyas y pasamos la noche en la terraza estallando fuegos y petardos.

Sin embargo no tengo recuerdo alguno de Diwali 2011. No sé dónde lo pasé ni con quién, no recuerdo qué hice. Y no lo recuerdo porque lo odiaba. No entendía mi decisión de instalarme en este país, tenía 26 años y sentía que estaba tirando mi tiempo a la basura. La India era cruda realidad, era una sociedad enferma, llena de odio hacia el otro, hacia el de fuera, hacia el de abajo, hacia el del otro templo, hacia las mujeres. Ya había aprendido a ignorar las mentiras que maquillan las realidades cuando las percibe el extranjero. Cuando llegó aquel Diwali yo ya era una inmigrante.

Me quería largar, eso sí que lo recuerdo. Pocas cosas hubo que me ataron a Hyderabad, pero fueron fuertes: ya había conocido a los que habían empezado a ser mi pequeña familia en esta ciudad, los que me salvaban del odio y del rechazo, haciéndolo todo más sencillo. Había grandes momentos, estaba la sensación de no parar de aprender y de cambiar, y había un hombre con el que compartía mil sueños y algún que otro proyecto.

Pero durante este Diwali sentí paz. El año 2012 me había dado terribles momentos y una espantosa sensación de pérdida, pero el festival llegó durante la calma que siempre sucede a la tormenta. Hubo muchos cambios de planes, cambios de energía, siempre siguiendo un aleatorio movimiento Browniano, como una partícula flotando en el agua. Tengo 27 años y sigo en la misma ciudad, que aún sin cambiar demasiado ya ha sido tantos sitios distintos. Desde el tejado de un undécimo piso veo los fuegos artificiales y me siento bien, la ciudad, y el mundo por extensión, parecen convertirse en un océano de posibilidades en el que todos los caminos me pueden llevar a ser yo misma, sentirme libre, estar tranquila.

El Diwali de este año es, para mí, el verdadero Festival de las Luces, el Año Nuevo en el que he encontrado lo que buscaba cuando me planté en este lugar, exactamente cuatro Diwalis atrás.

Gen.

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